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El emotivo diálogo fotográfico de un padre con su hijo autista

Las fotos de Timothy Archibald capturan el particular universo psíquico de su hijo Elijah, abriendo una ventana a las emociones y la vida interior de un niño que no es como los demás

Crecer de la mano del autismo es como pasearse por el mundo con la cabeza metida en una gruesa escafandra, es vivir encerrado en el cuartel mental de uno mismo, tener que aprender a existir sin esa capacidad común que nos permite inferir los estados mentales y afectivos de quienes nos rodean.

Ser padre de una criatura autista es siempre tarea difícil. Cuesta entender lo que sucede en la cabeza del niño. Cuesta interpretar sus comportamientos repetitivos, sus dificultades para relacionarse, su falta de empatía. La comunicación se hace complicada, el niño parece vivir desconectado del mundo, ausente de sí mismo. Y a menudo la solución para vencer esa barrera no pasa por la insistencia, ni por la coerción de esas manías que consideramos extrañas, sino por la búsqueda de nuevos ángulos, nuevos modos de relacionarse.

El fotógrafo norteamericano Timothy Archibald experimentó esa dificultad en carne propia junto a su hijo Elijah. Los padres notaban que su primogénito no era como el resto, no alcazaban a entender qué sucedía con su pequeño. Buscaron el consejo de médicos y profesores, pero ninguna medicina respondía a sus preguntas. Archibald decidió entonces explorar vías por su cuenta, usando sus herramientas de trabajo. Cuando Eli fue diagnosticado de autismo a la edad de 5 años, el fotógrafo descubrió que su oficio podía ayudarle a comprender mejor la condición de su hijo y a establecer puentes emocionales con él. Así nació un proyecto fotográfico planteado a la manera de una conversación en la que el pequeño fue guiando a su padre a través de su mundo privado.

Su exploración fotográfica pronto se convirtió en su espacio común. Al principio, Eli simplemente se dejaba fotografiar, pero según fue entendiendo las motivaciones de su padre, se produjo un progresivo acercamiento. El proyecto pasó a ser cosa de ambos, una historia compartida. “Cuando colaboramos, a veces dirijo yo, a veces conduce él, pero Eli a menudo hace algo inesperado... algo que nunca habría podido imaginar. Miramos las imágenes juntos en la cámara digital y tratamos de perfeccionar las decisiones, tratamos de mejorarlas, llevándolas en otras direcciones. Me gusta la idea de cederle a un niño el control creativo mientras yo solamente me ocupo de manejar la cámara”.

La serie resultante de esa inusual colaboración recibe el nombre de Echolilia, una variación del término “ecolalia”, una perturbación del lenguaje según la cual el sujeto repite de manera compulsiva palabras o frases que ha escuchado pronunciar otra persona. La intención inicial de Archibald era capturar la esencia de los hábitos repetitivos de su hijo, especialmente aquellos que le sacaban de quicio, pero aquellas manías pronto adquirieron una nueva dimensión gracias a las fotos. A medida que la serie avanzaba, la incomprensión se fue transformando en complicidad. Aquel extraño que se dejaba retratar se convirtió en amigo. Su diferencia dejó de ser un problema, para convertirse en simplemente eso: una manera diferente de estar en el mundo, ni mejor ni peor.

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