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La elegancia callada del maestro del retrato

El fotógrafo Irving Penn capturó como nadie el reflejo anímico de los grandes nombres del siglo XX: su inmortal legado es otra de las recomendaciones de Rai Robledo

Las tendencias estéticas fluyen, cambian, se reinventan, se exageran, se llevan a límites a veces incomprensibles, y llegado cierto momento, vuelven al punto de partida. Son un ciclo cambiante en el que siempre, sin embargo, prevalecen ciertos patrones clásicos.

En materia de retrato fotográfico, hubo en el siglo XX un maestro a la hora de reivindicar estos cánones atemporales que caminó en los márgenes de lo que dictaban las modas. Irving Penn, afamado retratista que hizo de la captura del rostro humano un solemne arte, inmortalizó a lo largo de su extensa y fértil carrera “el reflejo del alma” con inusual elegancia. Abonado al blanco y negro, a las expresiones serenas y a una estudiada naturalidad, Penn trabajó con algunos de los nombres más destacados del panorama artístico y cultural de la segunda mitad del siglo pasado: Truman Capote, Marlene Dietrich, Salvador Dalí, Alfred Hitchcock o Kate Moss son solo algunos de los componentes de una larguísima lista de celebridades que pasaron a la historia retratados por su cámara.

El glamour sin estridencias que caracterizó su trabajo en la revista Vogue –en la que figuró en plantilla prácticamente hasta su muerte- hizo de Irving uno de los fotógrafos imprescindibles de la era contemporánea. El secreto de su éxito residió en el talento que demostró a la hora de descontextualizar a quien retrataba, con lo que su cuerpo se convertía en su único vehículo de expresión. Así, el semblante de quien alguna vez ha posado para él aparece desprovisto de cualquier artificio y su rostro -el reflejo de su alma- se comunica con el espectador en un largo y rotundo silencio.

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