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Lo que el diario sabe y tu marido no: confesiones de la esposa de un polígamo

Un libro reúne los diarios y autobiografías de 29 mujeres mormonas del siglo XIX y descubre las guerras ocultas en los hogares polígamos

En 1820, un joven estadounidense de 14 años llamado Joseph Smith andaba confundido con la gran cantidad de grupos religiosos de la época y decidió preguntar a Dios. Según la historia, Jesucristo apareció y le dijo que debía fundar su propia iglesia. A partir de su testimonio Smith creó la iglesia de los Santos de los Últimos Días, conocida popularmente como Iglesia de los Mormones. Sin embargo, fue su mujer, Emma Smith, quien implantó la poligamia después de la muerte de su marido: quería que los futuros líderes de los mormones llevaran la sangre de su difunto esposo. Según un libro que saldrá a la luz este mes, El club de las escritoras polígamas: diarios de las pioneras mormonas, Emma Smith hizo un flaco favor a sus sucesoras.

A partir de diarios y cartas de la época, Paula Kelly ha recopilado 29 testimonios escritos de mujeres de aquellas primeras familias polígamas del siglo XIX. La mayoría de ellos, como el de Angelina Farley, están plagados de sufrimiento, celos y hasta deseo de venganza hacia "las otras".

La dictadura de la carne fresca

Angelina nació en Nueva York, pero se convirtió en la primera mujer de un granjero de Utah, Winthrop Farley. En las primeras páginas de su diario Angelina relata sus primeras jornadas de madre primeriza y escribe versos sobre los gansos salvajes, alondras y lenguas que se juntan. No podía imaginar que poco después su marido decidiría casarse con otra mujer, Emma, que tenía ya un hijo y que tuvo otro con Winthrop. Al cabo de un tiempo Emma pidió el divorcio pero dejó a sus hijos a cargo de Angelina, y el patriarca Farley escogió a una joven de 18 años para sustituirla, Lydia.

Ese punto de partida de la pesadilla de Angelina. Un hogar con seis hijos (después vendrían más) y una joven por la que su marido sentía una gran atracción sexual. Empezó a escribir para preguntarse sobre las causas de la “frialdad” de su marido y llegó a preguntarse si él mismo querría matarla: “Oh, si él pudiera acariciar mi corazón, sabría qué camino tomar”.

El Diablo se cuela en el hogar mormón

Consumida por el desprecio íntimo de su marido, Angelina buscaba encuentros con su diario para volcar en él todas sus frustraciones y también sus estrategias. Llegó a consultar a su párroco si era positivo que un hombre “se dejara dominar por una de sus mujeres” con la intención de perjudicar a su rival: “Yo siempre tengo la culpa, ¿es que nadie más hace nada malo? El diablo está con nosotros otra vez y el Sr. Farley ha subido a la habitación dos veces sin hacer la oración, y todo porque soy lo suficientemente débil como para que no se de cuenta del tratamiento que recibo”.

En la cúspide de su sufrimiento, Angelina escribió textos en los que se declaraba poseída por fuerzas diabólicas: “Me temo que mi mente se está rompiendo, también mi cuerpo. Es terrible. Un miedo inexplicable y un terror fluyen sobre mí. Cosas extrañas y fantasías vagas revolotean por mi mente. Me duele la cabeza”.

La venganza son más mujeres

Después de que el párroco hablara con su marido, Angelina consiguió volver a tener sexo con él, pero duró poco y para colmo quedó de nuevo embarazada. “Vivimos como si fuéramos extraños. Ella es su favorita y tiene privilegios”. Angelina rezaba secretamente para que su marido hiciera “algún reproche a Lydia”, que dio a luz a siete hijos en siete años. Empezó a odiarla. Deseaba que su marido eligiera una nueva esposa: “Me pregunto si sería tan buena e inteligente cuando llegara otra mujer, ¿eh? Me pregunto si abrazará a mentirosos y engañadores contra su pecho noche y día y haría de ellos sus confidentes íntimos”.

Como Angelina, el resto de escritoras polígamas encontraron en la escritura clandestina una forma de mantenerse dentro del sistema, al mismo tiempo que lo transgredían: nadie podía acusarlas de quebrantar las leyes mormonas. Por lo mismo, cuestionarlas era la única forma de permanecer en pie, de salvaguardaban un respeto hacia sí mismas.

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