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El día en que los hipsters se politizaron

Hablamos con el escritor Ernesto Castro sobre nerds, hipsters, emprendedores y política, al hilo del ciclo “Imaginarios de la juventud” convocado por La Casa Encendida

¿Qué es ser joven hoy y cómo evolucionado su imaginario? Comisariado por Isaac Monclús, La Casa Encendida convoca estos días el ciclo “ Imaginarios de la juventud”, cuyo fin es repensar hoy el ideal de la juventud. Entre sus próximos ponentes se encuentra el periodista y escritor Ernesto Castro. Hablamos con él al hilo de su exposición “Nerding is sexy”, una genealogía del concepto desde la aparición en los márgenes del nerd hasta su comercialización y masificación.

¿Dónde nacen los nerds?

Hay una película que se llama War Games en donde un chaval se introduce en la Intranet de Defensa de EEUU y está a un clic de lanzar todos los misiles nucleares contra Rusia. Es en ese contexto de Guerra Fría donde empieza el imaginario nerd: armamentos nucleares, creación de sistemas de defensa, etcétera. Desde los años sesenta y setenta hasta el fin de la Guerra Fría, el nerd es representado como alguien que trama algo, y puede acabar con la humanidad.

Así que es anterior a Silicon Valley.

Claro. Silicon Valley y la idea de que el nerd es algo así como un empresario con actitudes sociales y principios es una idea posterior a la Guerra Fría. En esa primera época más oscura no está vinculado ni con el buen rollo ni con las redes sociales: no tiene nada que ver con el empresariado más relacional.

A partir de ahí, ¿cuáles son los puntos de giro en el relato del nerd?

Primero viene la caída del Muro y la conversión de la tecnología en una especie de religión; luego, con Steve Jobs y su muerte, llega la cobertura masiva de Silicon Valley por parte de las revistas culturales y la fascinación mainstream por la estética del automejoramiento, el workaholic y demás.

Es curiosa la alusión a Steve Jobs, cuya puesta en escena es todo lo contrario al nerd: elocuente, atractivo, con actitudes…

Eso es. Siempre pivotamos entre dos conceptos. Uno es el garaje como espacio de producción oscuro y el personaje obsesionado con los materiales, un poco al estilo de Pi (fe en el caos), con el matemático, el creador de ecuaciones, paranoico, obsesivo, romántico, oscuro…. El segundo concepto es el modelo de Jobs. Igualmente influyente es el paso de las nuevas tecnologías como algo restringido al ámbito militar al bien de consumo masivo, así como su consecuente democratización, el progresivo abaratamiento de la tecnología y el abaratamiento de la estética nerd y su fagocitación por parte de la estética hipster: ya no es necesario tener una carrera en Física, ahora basta con comprarse unas gafas, hacerse un poco el listo en ajedrez y conocerse las coletillas de Big Bang Theory para pasar por un nerd.

La representación mayoritaria del nerd es la de un hombre blanco de clase media.

La imagen suele ser esa, aunque hay excepciones. Uno de los libros más célebres que ha tratado el personaje del nerd está precisamente en La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz.

En una entrevista reciente decías que el hipster es ya hegemonía cultural. ¿Significa eso que el 15M ha fracasado, y que volvemos a tener una generación de jóvenes desinteresados por la vida pública?

Da la sensación de que quien tiene un capital cultural elevado, o quien privilegia cierto tipo de arte, carece de capital político. Pero a mi juicio ese planteamiento según el cual “hipster igual a despolitización” no es válido: es una noción que adolece del fetichismo de la calle o de la trinchera o de la masa. Sin embargo, hay formas de política que van más allá. El hecho de que uno se distinga por la diferencia no tiene que ver con que haya un compromiso fraternal con individuos que económicamente se encuentran en la misma situación. Como dice Eloy Fernández Porta, al final y al cabo los hipsters se encuentran en la misma situación económica que los chavs, aunque se distingan en los intereses culturales. Además, conforme la crisis se ha agravado, el producto cultural hipster ha tomado más conciencia por nuestro tiemp. De hecho, creo que cometemos una injusticia cuando calificamos como despolitizados algunos productos culturales anteriores a la crisis: en literatura, el tipo de política que se podía hacer en 2005 o 2006 era la constatación del consumismo como factor central de la cultura de entonces.

O sea que un hipster se puede politizar.

Claro: esa ha sido la tendencia habitual. Un ejemplo claro es el giro de Nacho Vegas. Es obvio que en algún momento, en una especie de bucle, volvería a fascinarse por los que están abajo: el éxito masivo que han tenido libros como Owen Jones dicen mucho de esa tendencia. Como dice Tote King, la filosofía natural es la de “el kinki enamorao de la calle y su brebaje, el pijo enamorao del kinki y su lenguaje”.

Hablamos mucho de la crisis de los nacidos en los ochenta y en los noventa, pero aquellos nacidos en los 2000, que laboralmente no vivieron el crash, ya empiezan a tener un papel en la sociedad de consumo. ¿Cómo te imaginas a esa generación de jóvenes?

Hay una incorporación muy fuerte de la ética del esfuerzo y del trabajo en chavales muy jóvenes, y hay un énfasis muy poderoso por esa figura del emprendedor, pero internacionalmente cada lugar genera sus propias obsesiones. Las preocupaciones que aquí podamos tener por la prima de riesgo no tiene que ver con la restricción de libertades y la tradición cultural en geografías como Europa del Este. Ahí están escenarios como los de Rusia o Ucrania… De cualquier manera, las formas de tener éxito se homogeneizan a través de la categoría del emprendedor, pero entender en qué consiste ser un perdedor en el siglo XXI es mucho más difícil. La sensación de derrota es muy matizada y depende del contexto local. Las maneras de fracasar siempre son mayores.

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