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Así destrozamos la Antártida treinta años antes de pisarla

Décadas antes de que Amundsen llegara al Polo Sur, el plomo venenoso de la contaminación ya se había posado sobre el continente

El cambio de siglo del XIX al XX se considera la época de los últimos grandes exploradores. Esos fueron los años en los que Shackleton, Amundsen y otros hombres valientes (y algo chiflados) se lanzaban a conquistar los últimos confines del mundo conocido sin ayuda de GPS ni anoraks de Gore-Tex. A cambio de unos pocos momentos de gloria y de llegar donde nadie antes había llegado, arriesgaban la vida.

En 1911 Amundsen alcanzó el Polo Sur magnético acompañado por los perros que tiraban de su trineo, convirtiéndose en los primeros seres vivos en hacerlo. Y es importante repetir lo de "ser vivo", porque lo que llegó antes que ellos no lo estaba: era polución industrial.

Un estudio liderado por Joe McConnell, del Nevada's Desert Research Institute (DRI) ha estudiado muestras geológicas de hielo antártico repartidas por todo el continente, a profundidades que se remontan hasta el 1600. A partir de ahí McConnell y su equipo han construido el modelo más preciso de contaminación de hielo antártico que se ha hecho nunca.

La conclusión más clara que se desprende de él es que los niveles de plomo venenoso en el hielo dieron un salto brutal coincidiendo con la locura del carbón que se desató en los países desarrollados durante la segunda Revolución Industrial. Un plomo que el hielo iba absorbiendo y que llegó allí para quedarse.

Un fenómeno a (muy) largo plazo

“El plomo es un metal muy tóxico, con un tremendo potencial para dañar los ecosistemas”, cuenta a Phys Paul Vallelonga, otro de los científicos implicados en el estudio. Y aunque asegura que los niveles encontrados son relativamente bajos, lo llamativo del asunto es que se multiplicaron por seis en muy poco tiempo, alrededor de 1880, cuando se abrieron las minas de Broken Hill y Port Pirie, en el sur de Australia.

De esta manera se intuye que las actividades carboníferas de estos dos enclaves serían las principales causantes de esta primera contaminación. Aún así, a lo largo de las décadas, esta ha ido viniendo de muchos otros sitios.

Aunque los datos estropean la imagen mitológica y pura que tenemos de los exploradores pisando tierras vírgenes, lo peor de todo es que las concentraciones de plomo a lo largo y ancho de la Antártida se han mantenido más o menos estables desde aquel primer momento. Los niveles generales han declinado un poco, y ha habido algunos descensos históricos en momentos de escaso crecimiento, pero siguen siendo unas cuatro veces más altos que en el periodo pre-industrial.

A pesar de los esfuerzos que se han hecho en muchos países por utilizar recursos energéticos libres de plomo, las medidas del estudio indican que la cosa sigue difícil. En palabras de McConnell, “durante los últimos 130 años se han depositado aproximadamente 660 toneladas de plomo industrial en la superficie de la Antártida”.

Si queremos seguir soñando con explorar terrenos todavía poco estropeados por el hombre, parece que todavía queda mucho por hacer. Si es que estamos a tiempo de arreglar el estropicio.

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