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“¿Quién demonios es Aaron Brown?”: así se desaparece de Internet

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Curtis Wallen se propuso borrar sus huellas de la red y sustituirlas por una identidad falsa. Lo que cuenta sobre la experiencia dice mucho sobre cómo entendemos la vida online

Natxo Medina

28 Julio 2014 17:27

La identidad es una de las cuestiones fundamentales sobre las que pivota internet, y también uno de los temas fundamentales en el trabajo artístico y teórico de Curtis Wallen. Alrededor de 2012, este oriundo de Massachussetts empezó a preocuparse por la la vigilancia en internet, y los algoritmos de control: las capas se acumulaban. Ahí están tu identidad real, tus numerosos alias virtuales y finalmente un medio que no sólo cambia para adaptarse a ti, sino que te hace cambiar sin que muchas veces te des cuenta. En ésas, Wallen se preguntó: ¿es posible escapar de esta vigilancia? Fue así como Wallen desapareció y en su lugar surgió Aaron Brown.

Pseudónimos, establecimientos piratas y Deep web

Aaron Brown

El proyecto “In God We Trust, All Others We Monitor”, Wallen narra todo el proceso por el cual Curtis Wallen borró su presencia en la red y durante un tiempo viajó por el ciberespacio convertido en otra persona ficticia. Como siempre que alguien quiere mantener el anonimato en internet, su camino empezó en el servicio de mail anónimo Tor.

Curtis compró un pequeño ordenador no registrado pagado en efectivo a través de un vendedor anónimo, instaló Linux, dejó de usar Facebook y empezó a enviar mails encriptados.

Pronto descubrió que para crear otra persona en la red tenía que convertirse en otra persona en el mundo analógico. Eso sí, tampoco tenía que apegarse demasiado a su nueva identidad pues, como le dijo el investigador digital Gwern Branwen, “cuando un seudónimo entra en contacto con otros o con la identidad propia, el vínculo permanece para siempre”. Wallen quería llevar al límite la existencia de Brown.

Wallen también se dio cuenta de que aquello que uno hace en el mundo digital acaba teniendo impacto en el mundo real, y viceversa. Para conseguir un ordenador sin registrar, por ejemplo, tuvo que exponerse a las cámaras de vigilancia del lugar en el que hizo el intercambio. Y para conseguir unos cuantos bitcoins tuvo que cambiar dinero en un pequeño establecimiento pirata de Chinatown, y dejar un recibo tras de sí. Pequeñas muestras de que Aaron Brown intentaba materializarse.

Luego involucró a sus tres compañeros de piso en el experimento: a partir de sus caras, Wallen creó una nueva persona inexistente llamada Aaron Brown. A través de la Deep Web consiguió todo tipo de licencias, desde un permiso de conducir a uno de armas e incluso un carnet de la nación Apache (el propio Wallen es medio Cherokee).

Aaron Brown

Pequeños juegos, grandes retos

Conforme Brown fue haciéndose real, Wallen sintió la necesidad de saber de qué manera afectaban sus movimientos por internet a su identidad. Para esto programó un servidor para que cualquier persona pudiera buscar como si fuese Aaron Brown. También creó una cuenta de Twitter en la que cualquiera podía tuitear haciéndose pasar por él.

De esta manera, Wallen boicoteaba los canales habituales de vigilancia llenándolos de basura aleatoria proviniente de múltiples fuentes. En vez de crear una identidad específica, estaba convirtiendo a Brown en un amasijo amorfo de referentes. El nivel de caos reinante finalmente llevó a que la cuenta de Twitter fuese suspendida, cuando unos activistas españoles empezaron a usarla para colar demasiado spam.

Aaron Brown no era nadie, pero como Anonymous, fuimos todos. Wallen no abandonó el experimento pudiendo responder con certeza qué determina una identidad online, pero sí que lo hizo convencido de que mantener un mínimo de privacidad en la red no debería implicar tanto esfuerzo ni habilidades. Él mismo acabó borrando borró para siempre su cuenta de Facebook y empezó a usar una serie de programas para bloquear en la medida de lo posible las intromisiones ajenas. Pero seguramente sería mucho pedir que todo usuario común empezase a usar herramientas que muchos no tenemos el conocimiento o el tiempo para usar.

Aún así, la cuestión queda en el aire y es la misma que sobrevuela cualquier debate político contemporáneo: o nos disponemos a defender el futuro de internet, o nos expondremos a que otros hagan de él algo que probablemente nos vaya a la contra. Será cuestión de ir eligiendo bandos.

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