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El delirante activista que quiso acabar con la información privada

Noah Dyer quiere que conozcas todas sus contraseñas

En la era de Wikileaks y Edward Snowden, del Big Data y de Facebook, el debate sobre la transparencia y la privacidad está al rojo vivo. Como ciudadanos, nos enfrentamos día a día a grandes conglomerados sin rostro. A una hidra de intereses económicos y políticos sin centro definido. Mientras, pasamos nuestras vidas “vigilados por máquinas de amorosa gracia”, como decía Adam Curtis. En medio de este caos, hay quien cree que la solución es cortar por lo sano: no más privacidad. Si nadie tiene secretos, nadie podrá mentir.

Esa es la premisa de Noah Dyer, un profesor universitario estadounidense que tiene una peculiar visión del tema. Él mismo se declara un “activista anti-privacidad” en la campaña de crowdfunding que ha lanzado para financiar un proyecto por el cual viviría un año entero sin un sólo segundo de privacidad. Su vida sería constantemente grabada y transmitida vía streaming, y todo el mundo podría ver cada mail, mensaje de Facebook, contraseña, foto compartida, etc. Todo lo que él experimentase, lo experimentaríamos también nosotros.

Pero, ¿por qué hacer eso? Para Dyer, el acceso a la información es un elemento imprescindible en el camino hacia una sociedad más justa. Él ve la información como una fuente de desigualdades, ya que ahora mismo unos pocos poseen mucha, mientras que otros no poseen ninguna. Si todo el mundo tuviera acceso a la misma información, dice, " la sociedad sería más justa y más igualitaria". Con su experimento quiere poner su teoría a trabajar.

La verdad ¿nos hará libres?

Hasta este punto podemos estar de acuerdo en lo fundamental de su propuesta. Igual que ocurre con el reparto de riquezas, mayor equilibrio suele repercutir en mayor bienestar social. Otra cosa es el debate ético que esto genera. ¿Está todo el mundo preparado para vivir en una sociedad en la que estemos expuestos 24 horas? Y más importante, ¿nos hará mejores?

En un episodio de Soy Cámara, los autores reflexionaban sobre los límites del secreto en nuestro mundo de transparencia y vigilancia. En realidad, nos cuentan, ni siquiera Wikileaks publica todo lo que sabe. En todo orden social siempre ha existido cierto grado de secretismo.

Más allá de todo esto hay otra pregunta: ¿qué significa saber la verdad sobre alguien? Podemos acceder a los mails de Dyer, a su Facebook y a sus sesiones de sexo, pero ¿qué sabemos en realidad de él? Incluso si tenemos acceso a la información, esta es siempre fragmentaria, y está sujeta a nuestra interpretación. En otras palabras: la lógica cotidiana descansa en una cantidad tremenda de mentiras.

La ética del castigo

¿Qué hay entonces de nuestras vidas privadas? ¿podríamos vivirlas desde un punto de vista de honestidad brutal, de abolición de la intimidad? A decir verdad, de algún modo ya lo estamos haciendo: nos pasamos el día compartiendo información privada, y nos comunicamos digitalmente con cientos de personas cuyas intenciones desconocemos.

Es este un escenario que ya predijo el pionero tecnológico Josh Harris, quien en 1999 lanzó el proyecto Quiet: We Live In Public. Un experimento orwelliano, de alguna manera similar al de Dyer, en el que un centenar de personas se fueron a vivir a un búnker en Nueva York rodeados de cámaras que registraban cada segundo de sus vidas. La cosa no acabó muy bien. Con los meses, el comportamiento de los participantes empezó a ser cada vez más errático y violento. La exposición constante y el aislamiento los llevaron al punto de obligar a la policía a intervenir y cerrar el garito.

Dyer, sin embargo, no ve en la visibilidad total un peligro, sino un acicate moral. Durante los últimos cinco años he tenido sexo con mujeres casadas, me he olvidado de pagar pensiones de manutención y he contraído deudas, cuenta a The Atlantic. Algunas de estas cosas las haría de nuevo en un mundo sin privacidad. Otras probablemente no.

Después de sus experimentos en el búnker de Nueva York, Josh Harris acabaría divorciado, sin blanca y con un cuadro de ansiedad severo. La página, por supuesto, acabó cerrando. De la misma manera, el crowdfunding de Dyer sólo ha conseguido 720 de los 220.000 euros que reclamaba. Parece que, pese al convencimiento de Dyer en las posibilidades éticas de su invento, hay algo que nos empuja a querer mantener nuestro anonimato, y desconfiar de este tipo de proposiciones. Las vemos como algo que se sale de nuestro guión. Y que asusta un poco.

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