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El curioso caso de los pobres que engordaban sin parar

Un estudio afirma que la pobreza es un factor determinante de la obesidad infantil

Los estudios realizados en las universidades estadounidenses pronto serán declarados como un nuevo subgénero literario que, suponemos, estará a medio camino entre la ficción y la no ficción. Internet los ha trasformado en fuente inagotable de historias sorprendentes que se escudan tras una dudosa máscara científica. Sin embargo, aunque la mayoría de veces se trate de trabajos sesgados, titulares tramposos o directamente relatos de ciencia ficción, permiten elucubrar sobre el magma social que los ha hecho posibles, ya sea para retratar nuestras obsesiones culturales o para documentar nuestras aspiraciones.

Esta diatriba tiene por objetivo señalar la excentricidad que ha resultado de un nuevo estudio, esta vez de la reputada Harvard. La conclusión del citado trabajo es que la obesidad infantil se debe principalmente a la pobreza. Según los autores del estudio, entre los factores determinantes de esa obesidad entre los más pequeños habría que contar circunstancias como que los padres de clase baja no tengan una buena educación dietética, que los niños con pocos recursos no hagan suficiente deporte o que la falta de dinero les condene a consumir productos de peor calidad. En resumen: que los pobres comen mal y no queman calorías.

Es incontestable que los factores socioeconómicos afectan directamente a los hábitos de las personas y que, en consecuencia, la cultura dietética de los individuos dependerá de ello. Sin embargo, parece cómico trazar una línea entre clases sociales para señalar un grupúsculo concreto de individuos y llamar a ese grupo 'pobres'. Al final, se termina trazando una deducción tautológica: los que comen mal tienen más problemas de terminar como un pez globo. Además, la obesidad parece un fenómeno tan multifactorial que toda tentativa de reducirla a un mal proletario se torna tan arbitrario como juzgar a los criminales según si se cortan regularmente o no las uñas de los pies. Al final igual resulta que estos 'estudios' de dudosa validez también contribuyen a que nos crezca esa tripita que tanto odiamos.

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