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Cosas que quedaron sin respuesta en París

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Una gran victoria... con demasiados flecos sueltos

Luis M. Rodríguez

17 Diciembre 2015 16:36

Histórico. Probablemente sea esa la palabra que más se ha repetido estos días para calificar el acuerdo alcanzado en la Cumbre del Clima de París. Histórico, sí, pero lejos de ser lo que necesitamos.

Por encima de todo, hay un hecho irrefutable: nunca antes se había conseguido un pacto que comprometiese a la casi totalidad de los Gobiernos del mundo a luchar contra el cambio climático. Sólo por eso, se trata de la mejor noticia climática que hemos tenido en mucho tiempo. Pero, ¿es este el mejor convenio que se podía alcanzar?

La respuesta ya la sabes, pero por si acaso...

Que digan 'tenemos como objetivo 2 °C y trataremos de hacer las cosas un poco mejor cada cinco años' son palabras sin ningún valor (James Hansen, científico)



Donde dije digo, digo Diego

Entre las voces críticas con lo sucedido en París resuena con especial fuerza la del científico estadounidense James Hansen, considerado el padre de la conciencia sobre el cambio climático. Para él, el acuerdo alcanzado en París sólo puede ser calificado de “fraude”. Palabras duras.

“Que digan 'tenemos como objetivo que la subida de la temperatura se quede 'muy por debajo' de 2 °C y trataremos de hacer las cosas un poco mejor cada cinco años' es sencillamente una mentira. Son palabras sin ningún valor. No hay acciones, solo promesas. En la medida que el combustible fósil sea el más barato, se seguirá quemando como hasta ahora”.




Hansen avisa de algo que ya hemos visto antes.

El 11 de diciembre de 1991 hubo otra cumbre del clima en Japón que acabó supuestamente bien. Hablamos del Protocolo de Kioto, un tratado internacional encaminado a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

Los países signatarios pactaron reducir en al menos un 5 % en promedio las emisiones contaminantes entre 2008 y 2012, se llegaron a establecer sanciones, pero aquello no sirvió de mucho.

China quedaba fuera del protocolo, y EEUU nunca llegó a ratificarlo. Otros, como Canadá, ratificaron el acuerdo, para luego saltárselo a la torera. Todo quedó en papel mojado. ¿Por qué no habría de pasar lo mismo ahora?

Quién debe asegurarse de que las naciones cumplan los objetivos de reducción acordados?




El escepticismo de Hansen respecto a la buena voluntad de los gobiernos se puede resumir en una pregunta: ¿Quién debe asegurarse de que las naciones cumplan los objetivos de reducción acordados?

No está claro.

EEUU ha expresado su deseo de que se constituya una agencia externa que vigile los compromisos climáticos, algo similar a la Agencia Internacional de la Energía Atómica. El acuerdo de París, sin embargo, no hace referencia a ningún organismo supervisor.

El valor de las palabras, y el de las denuncias

La activista canadiense Naomi Klein estuvo rápida a la hora de señalar vía Twitter que el documento final de la cumbre no menciona en ningún momento las palabras “combustible fósil”, “petróleo” o “carbón”. En la redacción del texto todo es muy vago, muy genérico. ¿Casualidad?

Klein también ha expresado su malestar respecto a otro asunto que considera crucial: la articulación de mecanismos para que los países más afectados por el cambio climático puedan demandar por “daños y perjuicios” a quienes incumplan el acuerdo.

El acuerdo de París hace mención a la necesidad de reconocer los daños y perjuicios ocasionados por el cambio climático, pero también incluye una cláusula que exime a los países desarrollados de la responsabilidad por esos daños

“El asunto de los daños y perjuicios era un punto clave durante las negociaciones”, comenta la organización ActionAid en un comunicado. “Los países en desarrollo pidieron un acuerdo que ofreciera apoyo a las personas que ya están sufriendo consecuencias catastróficas por el aumento de los niveles del agua y las temperaturas sofocantes. En vez de eso, EEUU y otros países desarrollados han aprovechado la oportunidad de París para negarle a la gente ese derecho y dejarlos a la merced de los impactos del cambio climático”.





En realidad el acuerdo sí hace mención a esos daños y perjuicios, alude a un mecanismo para cuantificar las pérdidas económicas derivadas de los impactos climáticos en la línea de lo acordado hace dos años en Varsovia. Pero también incluye una cláusula que salvaguarda a los países desarrollados, con EEUU a la cabeza.

La cláusula viene a decir que está muy bien lo de estudiar y cuantificar los daños, que es necesario compartir información y conocimiento sobre experiencias, retos y buenas prácticas para aprender de cara al futuro, pero que esos daños “no implican o proveen una base legal para exigir responsabilidades o compensación”.

Al final, siempre pagan los mismos.



La realidad de los números

Según un estudio publicado en la revista Nature este mismo año, para que la temperatura media del planeta no suba más de 2 °C respecto a los niveles preindustriales, se tendrían que dejar sin tocar una tercera parte de las reservas mundiales de petróleo, la mitad de las de gas y más del 80% de las de carbón.

En París los países se han comprometido a que la subida de la temperatura se quede “muy por debajo” de 2 °C, intentando dejarla en torno a los 1.5 °C. Y ya andamos por 1°C. ¿Es un objetivo creíble, realista, realizable?

Según varios analistas, la reducción en las emisiones acordada en París llevará a un aumento de la temperatura global de 2.7 °C o incluso más

Muchos especialistas, entre ellos John Holdren, el principal asesor científico del presidente Obama, consideran que mantener el calentamiento global por debajo de los 1.5 grados es prácticamente imposible en el contexto actual.

“La única manera de lograrlo sería tener tecnologías y prácticas que lograran emisiones negativas. No bastaría con reducir las emisiones a cero, tendríamos que desarrollar tecnologías que sacaran el carbono de la atmósfera”, contaba Holdren en The Atlantic.



En este sentido, las promesas de reducción en las emisiones de carbono expresadas por más 180 países en los días previos al inicio de la conferencia de París resultan a todas luces insuficientes. Según varios analistas, esa reducción en las emisiones de aquí a 2020 nos llevaría a un aumento de 2.7 °C o incluso más.

Eso, suponiendo que los países cumplan, porque las promesas de reducción puestas sobre la mesa durante la cumbre no son legalmente vinculantes.

A decir verdad, los países han expresado su compromiso por alcanzar un saldo neto de emisiones igual a cero —es decir, lograr equilibrar lo que se emite con lo que se pueda ir limpiando de la atmósfera— entre 2050 y 2100. El panel científico de Naciones Unidas ha declarado que ese saldo neto igual a cero debería lograrse antes de 2070 para evitar un calentamiento que podría ser catastrófico.



Jennifer Morgan, director global del programa climático del World Resources Institute, ha tildado ese objetivo a largo plazo como “transformacional”. Para ella, esa expresión de intenciones “lanza una señal al corazón de los mercados”.

Para cumplir con el mandato de París, hará falta duplicar la instalación de fuentes limpias en los próximos 15 años

Esa es una de las aportaciones claves de la Cumbre de París. El acuerdo alcanzado refleja un cambio de estrategia: ya no se trata de forzar a los países a reducir las emisiones contra su voluntad, sino de poner en marcha un proceso que convenza a los mercados de que la transición económica hacia un mundo de energías más limpias resulta irreversible, y además puede ser un negocio rentable.

La Agencia Internacional de las Energías Renovables estima que, para cumplir con el mandato de París, hará falta duplicar la instalación de fuentes limpias en los próximos 15 años, lo que se traducirá en una inversión anual de 900.000 millones de dólares hasta 2030.

Ya sabemos que si algo puede mover voluntades, es el dinero. Y hablando de dinero...

¿Quién pone los billetes?

Uno de los puntos delicados durante las negociaciones de París estuvo en las llamadas “finanzas climáticas”, en decidir cómo se articula la ayuda financiera a los países en vías de desarrollo para que estos puedan adaptar sus economías a las energías limpias.

El borrador del acuerdo establecía la voluntad de los países para “continuar con la movilización colectiva existente hasta 2025”. Eso quiere decir que las naciones ricas deberían movilizar en torno a los 100.000 millones de dólares anuales, “teniendo en cuenta las necesidades y prioridades” de los países en desarrollo.

El acuerdo final no ofrece ninguna seguridad real para los países pobres en lo que se refiere a cómo y cuándo será distribuida la ayuda financiera acordada en París



La vaguedad del texto ha llevado a ActionAid a denunciar que, si bien se avanza en la dirección correcta, “el acuerdo final no ofrece ninguna seguridad real para los países pobres en lo que se refiere a cómo será distribuida esa ayuda financiera, cuándo será distribuida y cuánto estará disponible para esas necesidades de adaptación”.

Tampoco está claro quién deberá aportar. ¿Debemos limitar la definición del “mundo rico” a EEUU, la Unión Europea, Canadá y Japón? Al menos de cara a EEUU, India y China deberían participar también en esa movilización de capitales, y no está claro que los países asiáticos vayan a pasar por el aro.

Acuerdo histórico, sí. Y un movimiento claro en el buen sentido. Pero aún queda mucho por hacer. Y todos somos responsables.



#cambiaelcambio

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