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Caperucitas grises y barcos a la luna: 4 cuentos infantiles que nunca te contaron

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Estos microcuentos están inspirados por los GIFs de Nancy Liang

Luna Miguel

15 Enero 2015 06:00

Mamá viajó a la luna

Antes de acostarse, Molly preguntó a su padre que adónde había ido su mamá. Entonces él le dijo que se había marchado a pasar una temporada en la luna. ¿Pero qué hay en la luna?, cuestionó Molly. En la luna hay una casa en la que todas las mamás enfermas se curan, contestó el padre.

La niña, de apenas cinco años, empezó entonces atar cabos, aunque en realidad todo en su cabeza eran más preguntas.

¿Quizá por eso mamá había estado tan pálida en las últimas semanas, porque en la luna solo admiten habitantes de tez casi transparente?

O bien, ¿cómo habría llegado hasta la luna su madre, si en casa no tenían cohete alguno?

Molly salió de la cama y, a oscuras, comenzó a construir un enorme barco de papel arrancando páginas de libros o usando las cartulinas de colores del colegio.

Con cuidado, para que su padre no se preocupara, abrió la ventana y colocó su precioso y colorido barco sobre le alféizar. Arriba la luna brillaba como una tortita dulce de domingo.

Molly se puso un parche de pirata, se agarró a la gavia de su barco y se lanzó a la noche, decidida a darle el último beso a su mamá.

¿Quién teme  Caperucita Gris?

Un día de verano cualquiera, los padres de Lobo decidieron que ya era hora de dejar a su hijo caminar solo por la calle. El preaadolescente lo llevaba pidiendo mucho tiempo. Era el único que hasta la fecha seguía yendo con sus padres a todas partes: al colegio, a las clases de aullido, a las fiestas de cumpleaños de sus amigos…

El día de su libertad, Lobo salió ilusionado de su casa, y empezó a caminar por aquellas calles luminosas, saludando a los vecinos y mirando su reflejo en los escaparates. Caminó y caminó, se compró unos caramelos, siguió caminando y caminando, hasta que se dio cuenta de que ya era casi la hora de regresar a casa. Lobo, que siempre había sido bueno, se quedó rezagado y pensó que no pasaría nada si seguía disfrutando de su libertad.

Entonces empezó a oscurecer, y Lobo, a pesar de su confianza, comenzó a sentirse un poco asustado. Fue en ese momento cuando llegó el miedo. Cuando descubrió que estaba perdido. Cuando las calles se convirtieron en callejones, como si su ciudad se hubiera convertido en otra.

Lobo caminaba sigiloso, porque sabía de los terrores que la noche albergaba. Sus padres le habían contado a propósito de las caperuzas grises, una especie de tribu de niñas sonámbulas que atacaban a los lobos jóvenes movidas por algún tipo de venganza. Se cuenta que hace miles de años una de esas niñas vestía de rojo, y que por error un gran lobo intentó comérsela. Desde entonces, no hay piedad para los de su especie, y eso Lobo lo sabía.

El preadolescente corrió y corrió. Pero cuando estaba a punto de llegar a su hogar, casi orgulloso de haber superado el miedo, entendió que se había equivocado: alguien le acarició el lomo con una minúscula, huesuda e infantil mano.

El niño unicornio tiene un sueño

Cuando Sebastián llegó al colegio, todos se reían de él: tenía un agujero en mitad de la cabeza, rodeado de una especie de círculo azul y brillante. Se burlaban comentando que era un robot, y que por la noche sus padres le recargaban por ahí la gasolina. Le decían que si acaso alguien le había disparado, o que si utilizaba ese hueco para airear las ideas. Sebastián lloraba en secreto, y se tocaba el hueco con las manos, deseando ser normal.

Una noche se escapó de casa y miró hacia las estrellas pidiendo un deseo “quiero ser un niño normal”, “quiero ser un niño normal”. Sebastián no entendía cómo podía ser que en los cuentos de hadas hasta los personajes de madera lograran transformarse en niños saludables y sin señales raras que incitaran a la burla. Mientras miraba hacia el cielo arrodillado, un polvo de purpurina comenzó a caer sobre él y entonces notó cómo una especie de cuerno durísimo le aparecía de la frente.

“Con este poder podrás convertirte en unicornio todas las veces que quieras y trotar libremente”, le dijo una vocecilla, “pero sólo si te aceptas a ti mismo tal y como eres”.

Sebastián era muy joven, pero también lo suficientemente listo como para entender que lo que nos hace realmente atractivos y poderosos son nuestras diferencias. Tocó su cuerno, y soltó una carcajada: “¡seguro que mañana en el colegio me pondrán el mote de niño-unicornio!” 

La amante del oso polar

La casa se me había dado la vuelta después de una gran ventolera, y entonces pasé un montón de tiempo durmiendo en el techo, duchándome al revés y viendo cómo las personas de mi calle paseaban alrededor del porche, asombrados por el fenómeno.

Los años transcurrieron, y me acostumbré a vivir así. Todos los días tenía que pegar un salto enorme para salir por la puerta, y gracias a unas cuerdas logré que la escalada de vuelta fuera menos dura. Estaba sola, durante horas enteras, imaginando cómo sería mi vida si la casa, de nuevo, volviera a su lugar. Entonces me prometí a mí misma que a la primera persona que me ayudara a volcarla , yo me enamoraría para siempre de ella, y le invitaría a vivir conmigo bajo ese mismo suelo, que diga, bajo ese mismo techo.

Un día, un oso polar que paseaba por mi calle me miró con curiosidad mientras yo tendía la ropa en la ventana, y entonces dio un empujoncito con sus garras a la pared, hasta conseguir que mi casa regresara a su estado normal. Yo había hecho una promesa, así que debía cumplirla: invité al oso polar a que entrara conmigo. Le abracé muy fuerte y pensé que parecía hecho de peluche. Estaba convencida de que lo amaría para siempre… 


El corazón se me había dado la vuelta.



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