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14 cosas que nos encantaría poder hacer todos los días

Esas pequeñas acciones cotidianas que nuestra conciencia sólo nos permite practicar muy de vez en cuando

Imagínese que pudiera hacer cada día lo que sólo se permite hacer en domingo, o en vacaciones, o cuando decide borrar de su mente una jornada laboral horrible. Aquel acto cotidiano que le reporta unos minutos de felicidad, o aquella gesta heroica en la que piensa a cada segundo pero no se atreve a llevar a cabo. Cada uno tiene sus filias y fantasías secretas, pero siempre hay pequeñas acciones que ponen de acuerdo a la mayor parte de la población mundial. Y que, como todo lo bueno, nuestra conciencia nos dicta que las realicemos en pequeñas dosis. Ahí van algunas de ellas: 1. Dormir diez, quince o veinte minutos más: hay pocas sensaciones tan placenteras como despertarse sobresaltado una mañana creyendo que se llega tarde al trabajo, comprobar que es sábado y volver a acurrucarse entre las sábanas. Quizá si es usted adicto a esta sensación y pone la alarma del móvil media hora antes de lo previsto, el efecto psicológico se acerque un poco al que obtiene durante el fin del semana. O no. Porque no hay nada peor que escuchar la musiquita del móvil sonando en intervalos de dos minutos.

2. Desayunar al sol: para realizar diariamente esta acción tienen que conjugarse demasiados factores. Levantarse con tiempo para hacerlo, tener terraza o, en su defecto, dinero para desayunar todos los días en la del bar y, sobre todo, vivir en una ciudad en la que siempre haga sol. Complicado, pero no imposible. O eso, al menos, cuentan los muros de Instagrams de sus conocidos.

3. Estrenar ropa nueva: esa extraña sensación de placer y seguridad en uno mismo que obtenemos la primera vez que nos ponemos algo nuevo y que sólo pueden experimentar todos los días Beyoncé, Kate Moss o Kim Kardashian. Tendremos que conformarnos con ponernos la ropa de hace tres años y autoengañarnos pensando que la acabamos de comprar. 4. Tener conversaciones interesantes con desconocidos o poco conocidos: suponiendo, además, que se den circunstancias casuales en las que un desconocido quiera darnos conversación, que dicho sujeto tenga algo que contar y que nosotros sepamos responderle. O, en su versión más plausible, que aquel vecino o compañero de trabajo con el que se topa en el ascensor y la cafetería de repente se arranque a hablar sobre el futuro del desarrollo tecnológico, la importancia de los proyectos autogestionados o el último disco de Morrissey. 5. Mandar a la mierda al jefe: levantarse sigilosamente del asiento, encaminarse con paso firme al despacho del susosdicho y susurrarle pausada y rotundamente: "Váyase usted a la mierda". Darse la vuelta, volver a su cubículo y esperar que su gesta no tenga más consecuencias, que el jefe acabe valorando este arrebato de sinceridad. 6. Comer en nuestro restaurante favorito: que, aunque no somos gourmets, nunca es el McDonald's, sino uno más bien caro y más bien repleto en hora punta.

7. Y tomarse un chupito después: o una copa con mucho hielo y mucha calma, sin pensar en que nuestra jornada laboral continúa.

8. Decir no: a los planes por compromiso, a los encargos de última hora, a las demandas de tu madre, a la teleoperadora que te llama a deshora, a las invitaciones aburridas. Si usted trabaja como freelance, este punto le dará especial placer. 9. Hacer maratones de series: no hay nada más cortarrollos que tener que irse a dormir en lo mejor de la trama. Total, ¿qué son dieciséis capitulitos de nada...? 10. Tener muchas, muchas ganas de hacer ejercicio: esto no suele ser real, pero imagínense si cada día nos poseyera el deseo irrefrenable de echar a correr, levantar pesas o ir a clase de spinning. Estariamos tan sanos, guapos y felices que acabaríamos dando un poquito de asco a nuestro entorno.

11. Cenar pizza: otra forma menos saludable pero más placentera de dar asco. Pizza con bien de grasa, con sus bordes bien requemados, de esas que dejan bigote de tomate y tiras kilométricas de queso esparcidas sobre el sofá. Felicidad máxima.

12. Perderse: sin prisas, sin tener que sacar el teléfono para que nos informe de nuestras coordenada. sin tener que preocuparse por volver al punto de partida, disfrutando de esa zona desconida a la que hemos llegado por casualidad. Salvo que dicho paraje sea un polígono industrial, claro.

13. Largos skypes con amigos que están lejos: y que te dan mucha envidia porque viven en países más desarrollados que el tuyo con trabajos más apasionantes que el tuyo. Pero son tus amigos, y tú todavía te sientes un pionero de la tecnología cada vez que logras mantener una videoconferencia transatlántica desde el sofá de tu casa. 14. No hacer nada: vaguear durante una hora al día debería ser un derecho humano fundamental. Nada de ver la tele mientras se cena despacio ni de procastinar en las redes sociales antes de ponerse a planchar. Vaguear de verdad, tumbado en el sofá, con la mirada perdida en el techo y música de fondo. Lo de rascarse la barriga es opcional.

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