Actualidad

Las comunas rurales son la esperanza del joven freelance

Vuelve al campo, pero vuelve con tu iPad y una buena conexión a Internet

Ser freelance significa, en muchos de los casos, estar explotado, cobrar a destiempo y funcionar como un servicio público 24 horas. Pero para unos cuantos también significa ser libre, poder ponerte tus horarios, no estar sujeto a las claúsulas únicas de ninguna empresa y poder crear (y, con suerte, comercializar) tus propias historias en el poquísimo tiempo que te queda libre.

El futuro será freelance: pocas empresas contratan a su personal y la creciente tecnificación de ciertas compañías hará que, a corto plazo, las máquinas inteligentes sustituyan a los trabajadores cualificados.

El panorama, a priori, se presenta bastante negro. Aunque siempre los hay que ven el vaso medio lleno y proponen alternativas vitales bastante optimistas:

¿Eres freelance? ¿Tienes miles de proyectos en la cabeza que desarrollar y otras mil distracciones que te lo impiden? Vuelve al campo, pero vuelve cargado con tu portátil, tu iPad y contrata una buena conexión a Internet.

Eso es lo que propone Logomachy, una agencia de tendencias que prevee un futuro comunal, rural y poblado de emprendedores.

En su manifiesto, titulado “Nomadismo digital masivo: descubriendo nuevas opciones en la era de la información” culpan a las ciudades de casi todos los males del emprendedor moderno: las grandes urbes, afirman, nos convierten en sujetos anónimos, mecanizados y altamente estresados por nimiedades.

El campo libera la mente y favorece la concentración. Si, además, cada profesional establece una comunidad con otros individuos de su mismo sector, en una especie de coworking campestre, las posibilidades de idear proyectos apetecibles se multiplican.

Logomachy considera que, en diez años, el éxodo rural será una realidad. Y que los freelances vivirán en comunas divididas por gremios y habitarán casas móviles que les permitan marcharse a otra población comunitaria con total libertad.

Con la “alienación” que emerge de un mundo cada día más digitalizado y, por lo mismo, estresado, ya ha habido casos de grupos y familias que han decidido escapar de la realidad entre montañas y recrear los modos de vida analógicos de antaño. Por otra parte, cada vez más pueblos abandonados se están repoblando con comunidades de artesanos que, mientras esperan a que sus negocios despeguen, autogestionan sus propias necesidades.

Pero lo que este grupo de detectores de tendencias propone es un híbrido entre las comunas de toda la vida y el neocapitalismo actual: mientras se montan start ups o se trabaja para distintas empresas, se plantan huertos, se compra ganado y se corta leña. Mientras tu compañero cocina para todos, tú desarrollas la aplicación del momento. Mientras el vecino diseña una web, tú le limpias el patio trasero. Y si te aburres, o no te sientes realizado en tu comuna, siempre puedes desmontar tu casa, empaquetarla y probar con otra.

Empezar una nueva vida, según afirman, sólo costaría entre 5.500 y 15.000 euros. Mucho más barato que una hipoteca e incluso más que lo que se desembolsa por tres o cuatro meses de alquiler en ciudades como Londres o Nueva York.

Parece descabellado, pero la era del emprendimiento ya ha dado a luz ideas igualmente disparatadas:

Existen monasterios reconvertidos en espacios comunales donde se practica el coworking, e incluso proyectos tan peregrinos como Blueseed: un barco que aloja a emprendedores y que, al asentarse en alta mar, esquiva las restricciones que imponen las leyes norteamericanas.

Enormes edificios en el centro de las grandes urbes llenos de maquinaria inteligente y colinas remotas pobladas por los creativos que envían sus ideas a dichas compañías. Ciudades desiertas y pueblos repletos. Casas con ruedas y urbanizaciones asoladas. Para muchos, una estampa distópica, para otros, una escena esperanzadora.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar