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Encuentran una extraña vinculación entre el autismo y nuestra forma de mirar

Un estudio sugiere que la forma en la que miramos tiene un raíz genética

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Los niños autistas pueden pasarse horas viendo las aspas de un ventilador moverse. Pero apenas miran a la cara a las personas. Las esquivan. Aunque se sabe que este trastorno tiene una base genética, los genes específicos que causan el autismo se desconocen. Puede que esa forma de mirar, precisamente, sea un mapa para descubrirlos.

Nature acaba de publicar un estudio que sugiere que existe una raíz genética en cómo las personas miramos a los otros. Así, si nuestro ADN influye en dónde posamos nuestros ojos, permitiría a los científicos identificar los circuitos neuronales que controlan esos movimientos oculares. "Entonces, deberíamos ser capaces de determinar qué genes hay expresados en ese circuito", dice Charles A. Nelson, profesor de neurociencia en Harvard no vinculado a esta investigación, a The New York Times.

Que esas migas de pan son una pista consistente se respalda tras rastrear los movimientos oculares de 338 niños pequeños —de entre 18 y 24 meses— mientras se les mostraban vídeos de madres y, otros, de niños jugando en una guardería.

Participaban gemelos idénticos, que comparten el 100% de la información genética porque ayudan a corroboran si era algo que se hereda. Gemelos fraternales, con una coincidencia en su ADN del 50%. Niños aleatorios y los que estaban diagnosticados de autismo.

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Se midió el tiempo dedicado a fijarse en los rasgos faciales. Por ejemplo, en los ojos. Cada hermano gemelo idéntico coincidió con el otro en un 91% en el rato que se pasaba mirando a los ojos a las personas de los vídeos. Sus movimientos oculares se sucedían casi al mismo momento.

Entre los fraternales, la coincidencia cayó a un 35%. Entre niños aleatorios que solo compartían edad y sexo, solo se correspondió en un 16%. Y cuando estudiaron el tiempo que empleaban dos niños sin vínculos en mirar a los ojos, nada concordó.

Así que la manera en la miramos, y por tanto en la que nos relacionamos, parece que nos viene en parte cuando nacemos. En comparación, se detectó también que los autistas se centraron el doble de veces en los objetos que el resto de niños y, en las caras, la mitad de las veces que ellos. Todavía hace falta una mayor investigación pero la forma en la que inspeccionamos el mundo quizá pueda ayudar a indagar en el origen del autismo.

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