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Para ser comediante, ¿hay que estar muy jodido?

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'Misery Loves Comedy' es el documental plagado de estrellas que se propone averiguarlo

Natxo Medina

30 Enero 2015 11:54

“El miedo más común en Estados Unidos, por encima del miedo a la muerte, es tener que hablar en público. Imagina qué clase de persona tienes que ser para hacer eso como profesión”. Quien habla así es Kevin Pollack, actor, cómico y ahora también director de documentales. Su debut Misery Loves Comedy se ensucia las manos para tratar de descifrar el misterio que es la mente del comediante.

¿Qué clase de personalidad te lleva a exponerte ante desconocidos para tratar de arrancarles una risa? Y sobre todo, ¿por qué tantos cómicos tienen o han tenido problemas con la depresión, las adicciones o la neurosis? ¿Hay que estar deprimido para hacer reir?

El proyecto empezó precisamente como un estudio en profundidad de comediantes que habían luchado contra la depresión, pero pronto Pollack se dio cuenta del material que tenía entre manos y quiso llevarlo a una escala más amplia.

Ante su cámara empezaron a desfilar decenas de personalidades del mundo de la comedia y la actuación, desde Tom Hanks a Jimmy Fallon, pasando por Lisa Kudrow, Kevin Smith o Steve Coogan.

Sin embargo, cuando llevaba el proceso a mitad, llegó la noticia: Robin Williams se suicidaba a los 63 años después de media vida luchando con su condición. Muchos se sorprendieron. ¿Cómo es posible que alguien tan divertido y de tan gran corazón acabara de forma tan triste?

Resulta que no sólo es posible, sino más común de lo que pensamos. Freddie Prinze se suicidó en 1977, Tony Hancock en 1978, Spike Milligan escribió un libro llamado Depresión y cómo manejarla. Stephen Fry, que tiene desorden bipolar y presentó un documental llamado La Vida Secreta de los Maniaco-Depresivos, muchas veces ha hablado de lo cerca que ha estado de “desaparecer”.

Riendo en la cara del peligro

Y es que en los mejores comediantes, en los más certeros, siempre hay un poso evidente de amargura.

Basta con hacer un recuento rápido de algunos de los cómicos populares de los últimos años para ratificar esta idea.

¿Larry David? Un judío enfadado que ha hecho de ser un borde a tiempo completo todo un arte.

¿Louis CK? Un cuarentón pasado de peso y medio calvo que se pasa el día recordándonos lo loser que es y cómo la gente que ve a su alrededor no es mucho mejor que él.

¿Ricky Gervais? Un inglés con mucha mala leche que vive para no dejar títere con cabeza y para compartir su amargura vital.

La línea se pierde en el horizonte.

Para apreciar la realidad tal y como es, sin tapujos y con agudeza, para observar al ser humano en su grandeza y miseria, se ha de tener una sensibilidad especial. Para después coger todo ese dolor y hacer reír a los demás, se ha de ser un héroe o un loco. Y a veces los héroes pagan el precio de tanta responsabilidad, ya sea en forma de desórdenes mentales o de distintas dependencias. Es un equilibro constante al filo del abismo.

El año pasado la Universidad de Oxford condujo un estudio en el que se establecieron perfiles psicológicos de 523 cómicos. Muchos de ellos presentaban personalidades muy poco corrientes, muy polarizadas entre la introversión y la euforia.

Pollack sin embargo admite que él no es uno de ellos. Ha pasado por épocas malas como cualquier persona, pero no ha tenido que luchar contra ninguno de estos fantasmas. “Yo he sido uno de los afortunados”, afirma, casi disculpándose, en una entrevista para The Independent.

Sabiendo su suerte, ha intentado hacer una película que pese a todo resulte divertida, que saque algo bueno de tanta miseria. Es el mejor homenaje que se le puede hacer a todas esas personas que exponen su cordura por el noble placer de hacernos reír cada día.


Ahora ya lo sabes: detrás de cada gran comediante hay una persona profundamente deprimida





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