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Del coworking al coliving: el futuro es vivir (literalmente) en la oficina

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La disolución definitiva de las fronteras entre trabajo y vida personal ya está aquí

Luis M. Rodríguez

08 Agosto 2015 05:59

"Odio ser el mensajero de las malas noticias, pero todos vais a morir". Hace un par de meses, el joven emprendedor Alex Kruger iniciaba así su pitch de Attendant, una startup que busca hacerle la vida más sencilla a los familiares de una persona fallecida encargándose de tareas como cancelar el contrato del móvil del muerto o su suscripción a una revista cualquiera. Aquella tarde Kruger no buscaba inversores, sino el feedback de sus compañeros de coworking en una de las sedes neoyorquinas de WeWork.

¿Qué es WeWork? De acuerdo a su fundador Adam Neumann, es un negocio de energía, una comunidad de creadores, un kibutz capitalista o, simplemente, el futuro de cómo será el trabajo.

Con una valoración de 10 billones de dólares, WeWork se ha convertido en una de las caras más visibles del cotrabajo en EEUU. En la actualidad cuentan con un total de 49 sedes repartidas por 4 países, pero su apuesta de futuro va más allá de alquilar espacio flexible y banda ancha a freelances, profesionales independientes, emprendedores y startups: WeWork quiere que vivas en tu coworking. Y no lo dicen en sentido figurado.


                                                                            WeWork Soho West

Es un hecho: la frontera entre trabajo y vida privada está cada vez más desdibujada. Desde que la tecnología ha puesto la oficina en modo vibrador dentro de nuestro bolsillo, ambas facetas empiezan a ser indivisibles. Para muchos, la nueva clave a la hora de planear cualquier cosa fuera de la oficina ya no es el "balance entre vida y trabajo", sino la "integración de vida y trabajo".

La consiga es la optimización. Y en ese contexto, el siguiente paso parece inevitable: ¿por qué perder tiempo acudiendo cada día a la oficina si puedes vivir (literalmente) donde trabajas?

Bajo la influencia de la comuna neoliberal

Mientras las grandes empresas de Silicon Valley pasan de crear grandes campus a construir auténticas ciudades para sus empleados, en distintos puntos de California vienen proliferando modelos de vida comunal bajo parámetros capitalistas que imponen un modo de vivir ligado al trabajo: mientras tu compañero cocina para todos, tú desarrollas la app del futuro y viceversa.

De acuerdo a Jessy Kate Schingler, una de las fundadoras de The Embassy, esos espacios se han multiplicado exponencialmente en los últimos tres años. En la actualidad existen una cincuentena de viviendas comunales operando oficialmente en el área de San Francisco, la mayoría ocupadas por gente relacionada con el sector tecnológico, y el mismo modelo de cohabitación alrededor de intereses compartidos empieza a ganar tracción en ciudades como Portland o Nueva York.

El abanico de opciones va desde la "comunidad intencional" más o menos estable que comparte las comodidades de una gran casa victoriana reformada para la ocasión, a los más austeros y provisionales 'hacker hostels', esa suerte de fraternidades para geeks en las que programadores y emprendedores en busca de su sueño zuckerbergiano viven y trabajan de forma colectiva, a veces compartiendo una misma habitación con otras varias personas.

Esta es la manera en la que la gente de nuestra generación trabaja, y es la manera en la que creo que nos gusta vivir


                                                        Cena para residentes en The Embassy

Esas casas compartidas no sólo son una opción de vivienda relativamente barata en comparación con los costes de gozar de un apartamento propio en áreas que se han vuelto disparatadamente caras: son lugares que fomentan las relaciones profesionales y las oportunidades creativas. Las nuevas comunas son la esencia del networking llevada al ámbito doméstico, una suerte de vida cooperativa 3.0 en el corazón histórico del hippismo.

"No estamos intentando construir comunas aislacionistas en mitad de la nada", explicaba Schingler al diario San Francisco Gate. "Esta es la manera en la que la gente de nuestra generación trabaja, y es la manera en la que creo que nos gusta vivir".

De la casa comunal al microapartamento

Adam Neumann de WeWork comparte esa visión de las comunas de profesionales como lugares enfocados a la interacción y las sinergias creativas, pero con matices: más que como un espacio comunal en el que todos comparten momentos de ocio, trabajo, ideas y tareas, él ve su empresa como una "red social física" que debe servir para lubricar conexiones.

En la superficie, WeWork no es más que otra cadena de sitios de coworking, una empresa dedicada a alquilar espacio a quienes buscan "la solución Starbucks, sin tener que estar en un Starbucks". Su estilo y su ambición, sin embargo, les separa del resto.

Barriles de cerveza gratis, máquinas Arcade, mesas de ping pong y carteles con frases como ‘Haz siempre lo que amas’, 'Nunca te acomodes' o 'Presenta una idea fresca' decoran las estancias de WeWork.

En un reciente artículo de Bloomberg, Neumann habla de transformar el lugar de trabajo para adaptarlo a las necesidades y los hábitos de lo que llama la "We Generation". Necesidades que van más allá del espacio flexible, para llegar a aspectos psicológicos como la necesidad de compañía y de un entorno vibrante y motivador.

En WeWork no sólo aspiran a brindarte un lugar cómodo en el que poder trabajar cuando te apetezca; aspiran a hacer de tu lugar de trabajo un sitio que nunca quieras abandonar.

Trasformar tu coworking en un lugar en el que quieras vivir. Esa es su visión.


                                                                                WeWork Navy Yard


Esa es la idea que late bajo su nuevo proyecto: WeLive, un concepto que combina espacios de oficina y áreas de coworking con zonas comunes (jardín, bar, biblioteca) y microapartamentos de unos 25 metros cuadrados. Todo encajado en un mismo edificio.

Trabajar y vivir en el mismo recinto, conviviendo diariamente con cientos de personas —en el espacio que planean abrir este otoño en Washington DC habrá 250 microapartamentos— que, se supone, viven y vibran en la misma longitud de onda que tú. Es la idea de la economía colaborativa llevada al plano doméstico. Eso sí, nada de socialismos, porque aquí manda la pasta: "Por un lado, comunidad. Por otro, cada uno se come lo que caza", aclara Neumann.

Su apuesta es un reflejo de la cultura de la eficiencia llevada al extremo: renunciar a una separación normal entre vida privada y trabajo para evitar desplazamientos y vivir con todos los servicios básicos —limpieza, lavandería, comedor, etc— cubiertos. Porque cuando estás trabajando en pos de esa startup capaz de "cambiar el mundo" —y hacerte billonario de la noche a la mañana—, tu tiempo es demasiado valioso como para perderlo en asuntos de logística cotidiana, y tu intimidad algo a lo que puedes renunciar.

Cuando tienes la intención de cambiar el mundo con lo que estás haciendo, cuando hay un significado real en lo que estás haciendo, y cuando lo amas de verdad, el éxito llegará, el dinero llegará, y la felicidad será parte de eso

WeLive no es la única iniciativa que apunta en esa dirección. En la misma línea trabaja Neuehouse, otro espacio de coworking que está explorando opciones para "estancias prolongadas". También proyectos jóvenes como The Caravanserai o Common, que hace poco conseguía reunir más de 7 millones de dólares en financiación para abrir espacios de coliving en Brooklyn.

Las habitaciones en las casas colectivas de Common tendrán un mínimo de 7,5 metros cuadrados y al menos una ventana, dicen sus impulsores. Todo un palacio. Las zonas de coworking se transformarán por la noche en zonas de comedor. Eso es lo que quiere la gente, asegura su fundador Brad Hargreaves.

"Mucha gente trabaja desde sus casas o va a espacios de coworking. Muchas veces acaban confinados a una sola habitación. Su cama a menudo está a un metro de su mesa de trabajo, así que es difícil separar trabajo y vida al margen del trabajo", comenta Hargreaves a BuzzFeed. Según su visión, propuestas como la de Common mejoran esa situación: "Hey, mejor que trabajar a un metro de tu cama, ¿por qué no trabajar un poco más lejos?".


Patio de 20Mission, una de las casas comunales que proliferan en San Francisco

Para miles de 'wantrepreneurs' imbuidos del espíritu de la escena startup, el coliving puede parecer una innovación provechosa. Observado con perspectiva, sin embargo, es inevitable pensar en la opción de "vivir feliz en la oficina" como una especie de distopia ballardiana a medio camino entre High Rise y una versión glorificada y para adultos —o adultescentes— de los viejos internados o las residencias universitarias de siempre.

Atendiendo a la capitalización de algunas de las empresas impulsoras de este nuevo movimiento y su vinculación con el mundo de las finanzas y el capital riesgo, la idea del coliving llevada a los grandes espacios de coworking parece una consecuencia más de esa idea del 'sujeto neoliberal como empresario de sí mismo' que se cree libre, cuando en realidad es el sistema el que explota su libertad.

"Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa", escribe el filósofo Byung-Chul Han en Psicopolítica. "Cada uno es amo y esclavo en una misma persona".

Ellos nos han criado así, y nosotros nos juntamos para sentirnos más válidos, y también un poco menos solos.

¿Co-hustling con careta bonita?

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