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Los ciudadanos del país del fútbol empieza a estar hartos del Mundial

Tras epic fails como el relaxing cup of "café con leche", las obras faraónicas de Sochi o el despropósito de Pekín, la apisonadora de los eventos deportivos se ceba con los brasileños

Han pasado ya los días de gloria mediática del Olimpismo, y en tiempos de Crisis Global toca cuestionar los despliegues de capital y recursos que suponen las grandes citas deportivas. Pase que en Barcelona 92 nos la metieran doblada, y que la Roja sea la mejor selección de fútbol del Multiverso y ponerla en cuestión sea pecado mortal. Pero a estas alturas, despropósitos como las expropiaciones masivas de Pekín 2008, el cachondeo indignado en torno al "Relaxing Cup of Café con Leche", los Juegos de Invierno de Sochi (no sabríamos por dónde empezar a comentar) vendidos a los caciques y mafias locales, o el profundo malestar que está generando en Brasil la celebración casi consecutiva del Mundial y los Juegos Olímpicos de Río, deberían servirnos para pensar dos veces en la adecuación de este tipo de juergas, a las que normalmente los habitantes de a pie no están invitados.

Esa es precisamente la esencia del conflicto brasileño. Después de que el país fuera elegido anfitrión en 2007, los gobernantes prometieron invertir hasta 8.000 millones de dólares en una orgía de infraestructuras: hasta 56 proyectos entre aeropuertos, líneas de metro y tren, o autopistas. Otros 3.500 millones se añadirían para la construcción o renovación de 12 estadios de fútbol. A día de hoy, nueve de los estadios están acabados, pero sólo siete de los otros proyectos se han completado. Y la cita futbolística está tan cerca que nadie confía que puedan completarse a tiempo. Sólo faltan tres meses.

" Va a ser una gran humillación para nosotros", cuenta un pequeño empresario local de la ciudad de Cuiaba a Asociated Press. La que se suponía iba a ser "la mejor Copa del Mundo de la Historia" (en palabras del confiado Ministro de Deporte Orlando Silva en 2011), un macroevento pensado para lanzar a la emergente nación al escenario global, se ha convertido en un lastre para el país y sus habitantes. Durante los últimos años los precios de consumo se han multiplicado, los transportes públicos siguen siendo deficientes , y los sucesivos responsables de gobierno se han visto envueltos en continuos escándalos de corrupción.

En un país con serias deficiencias en materias básicas como educación o sanidad, el hecho de que el gobierno dedique millones a obras faraónicas y propaganda no sienta nada bien. Pero que encima les mientan, como muchos ciudadanos aseguran, es la gota que colma el vaso de la indignación. Y de eso no se salva ni San Lula da Silva, quien por lo visto aseguró que los 3.500 millones que se destinarían a estadios no saldrían de las arcas públicas. Reality check: hoy un 80% del dinero invertido ha sido adelantado por el gobierno. En total el Estado gastará en la organización del Mundial unos 11.000 millones (oficialmente, se sospecha que la cantidad es mucho más elevada), con otros 15.000 millones destinados a la cita olímpica de 2016. "¿Y todo para qué?¿Para que la FIFA y el ICO se lo lleven caliente?" se preguntan sus ciudadanos.

No es de extrañar que las protestas hayan aflorado en los últimos meses, coincidiendo con eventos preparativos del Mundial, o de manera espontánea en diversas ciudades de la geografía. El caldeado ambiente y una cuota de popularidad que cae en picado (del 79 al 52% en los últimos cuatro años) son indicios importantes de que la celebración del Mundial puede ser movidita. Que esto suceda en un país que tradicionalmente ha sido uno de los corazones del deporte rey, cuna de tantos grandes futbolistas, no deja de resultar paradójico. Pero es que al final, como recuerda el ex-seleccionador Carlos Alberto Parreira en un arranque de sensatez, "los fans no pueden vivir en los Estadios".

Lo que quiere decir que pasados los fastos futboleros, la vida sigue. Y es esa vida la que hace que el país funcione, o se vaya al carajo.

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