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8 maneras de ir al cine que cambiaron nuestra vida

Historia generacional y sentimental de las salas de cine, o cuando la película es lo menos…

Dicen que el cine tal y como lo conocemos está condenado a desaparecer. Que por muchas gafas 3D con las que nos engatusen, ya no vamos a las salas. Si la culpa es de la piratería, del precio de las entradas, de Youtube, o de que somos una panda de vagos impresentables, nadie lo sabe a ciencia cierta. Lo que está claro es que aunque se siguen haciendo toneladas de películas, series y vídeos molones cada día, ya no se consumen como antes. Antes de esta ola de cambios, sin embargo, hubo un tiempo en que ir al cine era una especie de acto religioso. El equivalente urbanita a comerse el corazón de una cabra cuando el niño de la tribu pasa a ser adulto. Muchos de nosotros, cinéfilos y amantes de la fiesta, hemos pasado horas de nuestra vida entrando y saliendo de esas salas oscuras. Y no siempre con la intención de ver nada. Hay momentos de la vida en los que la película, en realidad, es lo de menos.

1. La primera vez

Todos tenemos algún recuerdo borroso de nuestra primera experiencia en una sala de cine. Recordamos la oscuridad, el ruido, y quizás alguna que otra imagen que no sabemos si en realidad hemos soñado. Lo que no recuerdas es cómo la liaste porque te aburrías y cómo obligaste a tu madre a salir al recibidor absolutamente avergonzada.

2. Al aire libre

Cuando eres niño, el cine a la fresca es cosa de vacaciones en el pueblo. Bocadillos de pechuga empanada y matar mosquitos como un condenado mientras tu tío no para de sacar cervezas de una nevera que vigila como si fuera un mastín pirenaico. La película es Cinema Paradiso o alguna reposición de la época dorada de Hollywood, y para cuando ha acabado tu tío anda torcido y a ti se te han caido tres helados al suelo.

3. Cuando vas con los colegas

Ya has crecido lo bastante para que algún padre sacrificado os coja a ti y a tu pandilla y os suelte en la entrada de un centro comercial. En ese momento, con unas cuantas horas de libertad por delante, unas entradas de cine en la mano y unos cuantos céntimos para gastar, sentirás que de pronto te has hecho mayor y que puedes hacer lo que te da la gana. La película en realidad da lo mismo, porque de la excitación y las risitas que no paráis de soltar, nadie va a enterarse de lo que pasa en la pantalla. Ni siquiera tus vecinos de sala.

4. La primera vez (en plan romance)

Vas con un grupo de amigos mixto, de esos tan raros que se hacen en el instituto. De entre todos hay alguien que destaca, alguien que te hace tilín, y que parece que te corresponde (o eso asumes por sus guiños y sonrisas en el Messenger). En un momento dado de la proyección os cogéis de la mano torpemente. Ni siquiera haber elegido ir a ver “Scary Movie 4” o que tus colegas te estén tirando palomitas y haciendo muecas desde la fila de atrás le quita romanticismo a ese momento.

5. Cuando quieres impresionar a un ligue

Estás en la universidad. Acabas de descubrir la Nouvelle Vague y crees que el truco para ligar con esa chica tan interesante de la segunda fila es impresionarla con tus conocimientos sobre cine búlgaro de entreguerras. Ella acepta ir contigo a ese ciclo de la Filmoteca porque le caes simpático, pero no está demasiado impresionada. Más que nada porque es más lista que tú y te ha visto ve el plumero desde lejos, gañán.

6. El palomiteo

No todo va a ser cine de autor. Cada cierto tiempo el organismo te pide una descompresión, un desconectar el raciocinio. Entonces te coges a un par de cómplices, os compráis un cubo de palomitas XXL, unos nachos con queso, un perrito caliente y una bebida de esas que te hacen diabético de golpe. La película será una de esas con monstruos, robots, y más cosas explotando de las que el ojo humano puede captar. En algunos hogares a esto se le conoce como “hacer un Michael Bay”. Y está muy bien hacerlo.

7. Cuando vas con los colegas (ciego)

Con los años, lo de salir con los amigos cambia un poco. Ya no te hace tanta gracia lo de sentirte mayor, y vais menos al cine pero más a los bares. Hasta que un día combináis ambas cosas y después de una ronda de tequilas os vais a la sesión golfa de “Los mercenarios 3”, o a una maratón de cine gore. La cosa se os va de las manos, os ponéis a aplaudir y a gritar y a saltar de fila en fila en plan festival de Sitges y esta vez quien os saca del cine no es tu madre, sino un segurata con muy malas pulgas.

8. Con el corazón roto

Acabas de perder al amor de tu vida. Nunca vas a querer a nadie igual. Se ha ido con alguien que es todo lo contrario a ti. Tú te paseas por las calles de invierno como un perrete mojado y te metes en el primer cine de versión original que pillas. Están poniendo alguna de... bah, qué más da. Pero al final la peli te acaba gustando y cuando acaba ya casi ni te acuerdas de cómo se llamaba tu pareja. Acabas de ser testigo de la verdadera magia del cine, y eso sí que no morirá nunca.

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