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Tatuajes, bandanas y ojos rasgados: cuando Japón canibaliza la cultura chicana de L.A.

El documental Chicano disecciona el fenómeno de los cholos japoneses

Coches lowrider, bandanas, cabezas rasurado al mínimo. Camisetas, camisas de franela y pantalones anchos para ellos, tops ajustados para ellas. Cuerpos surcados de tatuajes barrocos en los que las referencias a las familias, los clanes y la muerte son constantes. Maquillajes oscuros, eyeliner grueso y pendientes grandes y cadenas doradas de mercadillo.

Estos son algunos de los rasgos estéticos más característicos de la subcultura chicana, un movimiento empoderador que surgió alrededor de los mexicanos que emigraron a EEUU —y sus descendientes— y que tuvo su máximo apogeo entre los años 40 y 70 del siglo pasado. Actualmente la estética chicana se suela asociar a las bandas hispanas que pueblan Los Ángeles. Pero no solo se encuentran cholos y cholas por las calles de L.A. También podemos apreciar el atractivo de esta subcultura urbana un poco más lejos. Concretamente, a casi 9.000 kilómetros de distancia y en otro continente.

En Japón, uno de los países del mundo donde las tribus urbanas nacen, crecen y se reproducen con mayor libertad, la cultura chicana ha encontrado también su hueco. Por extraño que pueda parecer a nuestros ojos occidentales, no es raro ver a un "chicano japonés" paseando por las calles de Tokio junto a oficinistas estresados, lolitas japonesas o personas genderless con pelucas de colores.

Ahora, Chicano, el nuevo documental de los realizadores británicos Louis Ellison y Jacob Hodgkinson, nos acerca a este movimiento mientras intenta encontrar los paralelismos y diferencias existentes entre la cultura chicana japonesa y estadounidense.

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Rodada en las calles de Tokio, Osaka y Hyogo, el documental ofrece un recorrido por la escena chicana japonesa a través de varios de sus protagonistas. Hide, uno de los seguidores de la cultura chicana en Japón, cree que “por mucho tiempo los chicanos y los japoneses han tenido una fuerte conexión”. “Los mexicanos y los japoneses tienen una cercanía. Cuando el movimiento lowrider se popularizó en los 90, las bandas y los cholos fueron importados como cultura de Estados Unidos a Japón a través de Lowrider Magazine”, cuenta en el documental.

El trasfondo social de la cultura chicana, la que emana de la experiencia del desplazado, la que responde a la necesidad de dotar de una identidad a aquellos que por nacimiento o cambio geografico deben adoptar una postura propia que los distinga de los demás, se queda necesariamente por el camino. A Japón llegan los coches, la ropa, la estética, los modismos.

“En Estados Unidos todo el mundo sabía chicanos estaban en una minoría", opina Shin Miyata, propietario de la discográfica Barrio Gold Records. "Y por ello no expresaban sus opiniones políticas a la sociedad que los rodea directamente. Lo hicieron a través de sus coches o de la moda”.

En el documental se intenta separar en todo momento la relación entre pandillas, crimen y chicanos. En Estados Unidos, los sectores más conservadores asocian esta palabra a todo un universo de bandas callejeras, pero según sus integrantes japoneses, esto no es así. “Lo mejor de la cultura chicana no son las bandas, sino el amor por sus familias”.

El mismo amor que estos japoneses sienten por la cultura de los cholos y las cholas mexicanos. Aunque tenga que ser un amor a distancia, a miles de kilómetros de su epicentro.

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