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Aunque te creas maduro para tu edad, tu cerebro sigue siendo todo un adolescente

Puede que con 'veintitantos' se te considere un joven adulto, pero tu cerebro no lo es tanto

Te acabas de independizar, tienes un trabajo que más o menos te satisface y te permite llegar a fin de mes, pareja estable y una vida social en la que cada vez más se valora la calma y la buena conversación. Atrás quedaron los años de farra y fiestas locas en los que bebías hasta perder el conocimiento. Poco a poco vas sentando la cabeza. No tienes más que veintipocos años pero sientes que has alcanzado la edad adulta. Vale, seguro que tienes razón. Pero eh, sentimos decirte que, por muy lejana que sientas la adolescencia, tu cerebro no es tan maduro como piensas.

La doctora Leah H. Somerville se ha planteado esta pregunta en un comentario publicado en la revista Neuron y sus conclusiones establecen una evidencia desalentadora: cuando llegamos a lo que se conoce como adultez temprana, esa que llega con la entrada en la veintena, a nuestro cerebro le queda mucho por madurar. Tanto que

Según explica Somerville en el texto, “la maduración del cerebro es un proceso multicapa que no se ajusta a una sola línea temporal de desarrollo”. Este factor es muy importante para comprender cómo y cuándo maduran nuestras neuronas. Pese a que nuestro cerebro alcanza el tamaño de un adulto con tan solo 10 años, el proceso de maduración se prolonga hasta mucho más tarde, casi hasta alcanzar los 30.

“En el plano estructural bruto, en el paso de la infancia a la edad adulta el cerebro en desarrollo presenta reducciones en la materia gris cortical y aumentos en el volumen y las propiedades de la materia blanca”, se puede leer en el artículo.

En esa primera edad adulta, nuestras neuronas siguen generando nuevos vínculos que emergen en zonas separadas del cerebro. Conforme estas conexiones se ralentizan, nuestro cerebro va madurando. En el caso del lóbulo occipital, zona situada en la parte posterior del cerebro, estas conexiones disminuyen a los 20 años. Sin embargo, en el lóbulo frontal, se ha comprobado que estos vínculos neuronales se siguen formando alrededor de los 30 años.

Pero no solo se produce una maduración anatómica: conforme nos hacemos más mayores también cambia la manera en la que el cerebro trabaja.

   

Pese a que nuestro cerebro alcanza el tamaño de un adulto con tan solo 10 años, el proceso de maduración se prolonga hasta mucho más tarde, casi hasta alcanzar los 30

Según Somerville, durante la infancia el cerebro tiende a funcionar como un “todo en uno”. Es decir, las regiones vecinas trabajan juntas. Sin embargo, cuando nuestro cerebro madura, se reorganiza para integrar la información que recibe de diferentes regiones. Mientras el cerebro adolescente se conecta solo en las regiones locales, el cerebro adulto tiene la capacidad de hacerlo en zonas distantes y más distribuidas.

Además, la inmadurez del cerebro puede llegar a afectar a cómo pensamos. De hecho, los adolescentes obtienen las mismas puntuaciones que los adultos jóvenes en pruebas cognitivas. Sin embargo, en el momento en el que entran en juego las emociones, sus capacidades merman enormemente. Esto se debe a que los adolescentes no tienen aún un sistema cerebral fuerte que pueda mantener las emociones bajo control.

La afirmación anterior va en sintonía con un estudio publicado en la revista Psychological Science conducido por Laurence Steinberg, psicóloga en la Temple University. En el experimento se pidió a un grupo de jóvenes de edades comprendidas entre los 18 y los 21 años que miraran una pantalla mientras sus cerebros eran escaneaban mediante dispositivos de imagen por resonancia magnética. En la pantalla aparecían varios rostros y los participantes debían presionar un botón cada vez que aparecieran rostros felices, asustados o neutrales. En algunos casos, los participantes sabían que podían oír un ruido muy fuerte al final de la prueba. En los ensayos sin ruido, los participantes más jóvenes, aún adolescentes, fueron capaces de hacerlo igual de bien que la gente de 25 años. Sin embargo, cuando esperaban la aparición del ruido, lo hacían mucho peor.

Esto se debe, explican los neurólogos encargados del ensayo, a que en los cerebros inmaduros, el área que procesa las emociones se activaba de manera inusual, a la vez que se debilitaban las áreas dedicadas a mantener las emociones bajo control.

En el caso de los adolescentes, el lóbulo frontal (área que coordina las emociones) no está totalmente desarrollada por lo que el cerebro “emocional” es mucho más potente. Por eso, los adolescentes son mucho más pasionales y tienden a tomar más riesgos y conforme nos hacemos mayores, conseguimos dominar mejor las emociones.

   

Mientras el cerebro adolescente se conecta solo en las regiones locales, el cerebro adulto tiene la capacidad de hacerlo en zonas distantes y más distribuidas

Precisamente, la maduración del cerebro está empezando a entrar en las discusiones legales y políticas “que han comenzado a incorporar la evidencia neurocientífica de inmadurez en sus argumentos”, indica Somerville. “El desarrollo neurológico ha sido citado en consideraciones legales tales como la culpabilidad por comportamiento criminal o en las determinaciones de competencia para la toma de decisiones relacionadas con la salud”.

De hecho, cada vez más políticas se orientan teniendo en cuenta la maduración del cerebro. Uno de los casos más interesantes, fue el caso Roper v Simmons   en el que la Corte Suprema de Estados Unidos decidió en 1993 que era inconstitucional imponer la pena capital a menores.

En base a esas mismas observaciones sobre la maduración cerebral, Laurence Steinberg, psicólogo de la Temple University y uno de los principales autores del estudio citado, proponen reducir la edad legal para votar a los 16 años. "La gente de 16 años es tan buena en el razonamiento lógico como la gente más mayor", asegura Steinberg. 

Somerville coincide en señalar que se necesita mucho más estudio neurocientífico sobre la maduración del cerebro. Para ella, es importante obtener una imagen mucho más completa de cómo el cerebro madura, con estudios a gran escala que escaneen nuestros cerebros hasta bien entrados los 20 años. “No basta con comparar a las personas mediante categorías sencillas, como por ejemplo etiquetar a los menores de 18 años como niños y a los mayores de 18 años como adultos. No sucede nada mágico a esa edad”, finaliza la investigadora.

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