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Fuimos caníbales en la prehistoria, y lo seguiremos siendo

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El comportamiento humano que más nos cuesta digerir

Alba Muñoz

21 Abril 2015 06:00

El noviembre pasado Cerys Marie Yemm, de 22 años, fue hallada muerta en un hostal del sur de Gales, Inglaterra.

Su atacante fue Matthew Williams, de 34 años, un traficante común que había salido de la cárcel recientemente.

Según los residentes en el hostal, Williams le comió la cara a su víctima mientras gritaba que ella no era una chica.

Falleció después de que un policía descargara sobre él los 50.000 voltios de su pistola eléctrica con el fin de arrestarlo.



"Veía cosas que no estaban ahí, podía oír voces, decía que la comida estaba envenenada. Era agresivo con la gente por la que se sentía amenazado".

Estas fueron las declaraciones de la madre de Williams ante los medios de comunicación. También afirmó que su hijo sufría de esquizofrenia paranoide, y que había rechazado medicarse.

La brutal muerte de Cerys Marie es uno de últimos casos registrados de canibalismo en Occidente.

Curiosamente, es en el sur de Inglaterra, relativamente cerca del lugar del asesinato, donde se están produciendo los mayores hallazgos sobre la práctica de alimentarse con miembros de la propia especie. Y donde se baraja una posible afición regional por el canibalismo.

Journal of Human Evolution acaba de publicar un estudio en el que plantea lo siguiente: hace 14.700 años, en unas cuevas de la zona, los humanos cenaban la carne de otros humanos y bebían de sus cráneos.



La famosa cueva de Gough, por ejemplo, están repleta de pruebas arqueológicas: hay decenas de huesos de animales y de humanos con marcas de dientes.

Según la paleontóloga Silvia Bello, del Museo de Historia Natural de Londres, el canibalismo fue una ocupación repentina y brutal: a aquellas comunidades no les faltaba comida.

Era una práctica ritual a la que aún no se le ha encontrado un origen en el tiempo.

Gracias a este estudio sabemos que aquellos hombres y mujeres descubrieron el potencial nutritivo de la médula: rompían y desencajaban los huesos y articulaciones.

También empezaron a hacer un uso creativo de los despojos: convirtieron los cráneos en tazas y colgaron huesos humanos como trofeo.

¿Qué queda del canibalismo en la actualidad?



Como el caso que veíamos al principio, la antropofagia se asocia a mentes criminales o a personas con problemas psicológicos. La inmensa mayoría de culturas la rechazan, es un tabú.

Los casos más numerosos se dividen en tres grupos: el canibalismo aprendido, el de supervivencia y el exocanibalismo. 

Los casos de canibalismo aprendido se dan en sociedades que tienen esta práctica como un ritual o parte de su cultura, y que la traspasan de generación en generación. Por ejemplo, así ocurría hasta hace poco en el pueblo de los Fore, en Papúa Nueva Guinea.

En los funerales de esta comunidad, era habitual que mujeres y niños comiesen parte de los cuerpos de los hombres.

En el caso del canibalismo por supervivencia poco hay que añadir: cuando un ser humano padece hambre, tiene el instinto de comer lo que tenga a mano, aunque sean cadáveres de su propia especie.

Así ha ocurrido numerosas veces en la historia, y nada indica que tenga que dejar de ocurrir. El apetito no entiende de tabúes.

La última modalidad de antropofagia más común no tiene que ver con el instinto animal de subsistencia. Tiene que ver con el que quizá es uno de los instintos más humanos: el poder.

El exocanibalismo surge cuando los hombres están presos de sentimientos de odio y desprecio. Comerse a otro, al enemigo, está relacionado con el placer de la venganza y con la imposición de una fuerza sobre otra. 

Los aztecas se comían a sus prisioneros; también lo hizo el ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial.

¿Por cuál de estos dos motivos seríamos capaces de comer carne humana? ¿Hambre o demostración de poder?

Puede que cuanto más temible sea la respuesta, más muestre la cruda realidad.

Comerse al otro por locura, por hambre o por poder





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