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Así fue el calentón más peligroso de Tinder

Una exdirectiva de la compañía denuncia a la empresa por acoso sexual y el buen rollo asociado a la app se derrumba

Ayer eran la gran esperanza para salvar Silicon Valley. Sin embargo, el entusiasmo fue fugaz. Bajo el concepto de “economía colaborativa”, firmas como Airbnb, Uber o Tinder habían conseguido engranar a la perfección el discurso emprendedor con las inquietudes políticas del momento. La propuesta de estos nombres de moda pasaba por acabar con la ciudad segregada y recuperar los lazos comunitarios. La idea era estupenda; la necesidad estaba en el aire.

Si Tinder había conseguido que los sistemas de citas online dejasen de estar socialmente estigmatizados, Uber permitía que tu vecino también fuera tu taxista y Airbnb humanizaba el hospedaje. La felicidad duró poco. Tras los numerosos artículos dedicados a discutir la nueva “economía colaborativa”, los primeros baches no tardaron en llegar. Primero fue la crisis de los taxistas de Uber y ahora el turno le llega a Tinder.

A comienzos de este mes, la antigua responsable de marketing en Tinder, Whitney Wolfe, demandaba por acoso sexual a uno de los cofundadores de la empresa, Justin Mateen. Por si fuera poco, la noticia aparece en un momento donde la opinión pública se muestra especialmente sensible con el sexismo en el mundo empresarial: el mes pasado, el documental “She started it” se proponía hacer un recorrido por la cara femenina de Silicon Valley, y entre tanto la editora Shanley Kane sacude con vehemencia el discurso patriarcal que aloja el valle. Si hay una sospecha generalizada hoy, esa es que los emprendedores tecnológicos adolecen de comportamientos repugnantemente retrógrados.

“Zorras de Tinder”

Blomberg Businessweek, una publicación especializada en el mundo empresarial y poco o nada sospechosa de ser crítica con los nuevos adalides del empresariado, dedicaba en su último número tres de sus principales artículos a la violencia sexual que corroe a los nuevos rostros del éxito empresarial. Uno de ellos hablaba de la discriminación de género en Goldman Sachs, el segundo estudiaba la caída del responsable de American Apparel, y el tercero relataba la demanda a Tinder.

En su denuncia, Wolfe detalla que el cofundador le había llamado “perdedora desesperada”, “sacacuartos”, “puta” y “zorra”. Por si fuera poco, dos de los cofundadores de Tinder habían difundido en sus redes sociales un pantallazo con el concepto “tinderslut”, “zorra de Tinder”, acuñado en Urban Dictionary.

Businessweek ofrece más ejemplos de los comentarios sexistas y racistas de Mateen, que lo mismo hace bromas a costa de un hombre negro con sobrepeso que sube a su instagram la foto del pecho de una stripper desnuda bajo el lema “dos de mis cosas favoritas del mundo”. A eso se añade el hecho de que ni siquiera el relato que les había catapultado al éxito es real: a diferencia de lo que suele pensarse, Tinder no es ninguna start-up. “Tinder nació en una incubadora de IAC [empresa proveedora de Internet] y IAC poseía y controlaba la empresa”, dice Businessweek.

En las últimas décadas, y en especial en el siglo XXI, la historia del empresario moderno ha sido una batalla continua por ganarse el favor de los ciudadanos. De la socialdemocracia de la City a los jóvenes aventureros del valle, las tentativas por hacer casar a la ciudadanía con las empresas son incalculables. Hubo un tiempo en que Silicon Valley lo intentó y fracasó: el mito de Jobs resultó ser menos cristalino de lo que aparentaba, y el modélico aventurero también acabó investigado por el cártel tecnológico del valle. Luego llegó una segunda generación de emprendedores aún más jóvenes, como es el caso de Tinder, y tampoco dio la talla. ¿Otra vez será?

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