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Una entrevista cara cara con el pedófilo que se enamoró de su madre

En la novela 'Cada noche, cada noche' descubrimos la historia de Dolores Schiller, la hija ficticia de la mítica Lolita de Nabokov

(Imágenes de Myrthy Floyd, Ashley Armitage, Kiele Twarovski, Katie Harland)

Todo lo que sigue a continuación es pura ficción, pero imaginémonos por un momento que se tratara de algo real. Es decir: pensemos en que Dolores Schiller fue una mujer de carne y hueso, y no el personaje de Cada noche, cada noche, la novela que la escritora Lola López Mondéjar acaba de publicar en Siruela.

Dolores Schiller existe, y lo que encontramos en sus palabras es un amor desgarrado, un homenaje a una madre muerta, y una vuelta de tuerca a un mito literario que se convirtió en uno de los más grandes, polémicos e importantes del siglo XX: el de Lolita.

De modo que aquí tenemos a tres Lolas: la escritora —López Mondéjar—, la narradora —Schiller— y la que da vida y sentido a todo lo que conforma esta novela —Dolores Haze, tierna nínfula y malvada teenager en la obra más conocida y celebrada de Vladimir Nabokov—.

«Empezaré por el principio», narra Schiller. « Mi madre se llamaba Dolores Haze, pero ustedes, de conocerla, seguro que la conocerán por Lolita».

Así comienza Cada noche, cada noche, con esta prometedora revelación en la que el lector aprende que, a pesar de lo contado por Nabokov en las últimas escenas de su Lolita, la joven Haze no perdió un hijo a los 17 años, sino que su bebé era una niña que nació en perfecto estado.

Se ha escrito muchas veces sobre este preciso instante de la vida de Dolly Haze, de hecho, en los años 90 la escritora italiana Pia Pera articuló una novela —Diario de Lo— a través de fragmentos de diario en donde se podía leer a la propia nínfula de Nabokov, quien, una vez crecida, entregaba sus palabras de adolescencia al mismo editor que publicó la versión de su romance narrada por Humbert.

Pia Pera daba vida a una Haze bajo el apellido de Maze, que sin ánimo de vengarse de aquel hombre mayor que la tocaba, sí quería que el mundo conociera todos y cada uno de los detalles de su relación, contados desde un punto de vista infantil.

En Cada noche, cada noche, López Mondéjar no deja a Haze sobrevivir; al menos no deja que su corazón tenga latido, aunque la autora también inventa unos diarios de cuando era niña para que, años más tarde, su hija los recupere y conozca la verdad.

Este es el momento que nos trae de nuevo a Dolores Schiller, hija de ficción de la Dolores Haze de ficción, que por un momento nosotros imaginaremos de carne y hueso.

«Diarios, notas, grabaciones. El diario de la joven que un día fui, el de la madre que no tuve. Mi vida no es otra cosa que palabras. Inventarlas, recogerlas y ordenarlas consume mis últimas horas. Cada día que pasa me convierto más en tinta. Mi cuerpo, en extremo adelgazado, no se alimenta más que de ella. No se sacia.»

Esto es lo que escribe Schiller en el ocaso de su vida, años después de un cáncer que ennegreció su estómago, años después de un estudio exhaustivo de la obra de Nabokov, años después de una tesis dedicada a las nínfulas y, también, años después del encuentro cara a cara con Humbert Humbert.

Cuando al cumplir 20 años Dolores Schiller recibió como herencia los escritos de su madre, se dio cuenta de que el célebre personaje de ficción y la mujer que había muerto en su parto, eran la misma.

Desde entonces, ella sintió un profundo miedo y un profundo respeto por sus antepasados, y se embarcó en una búsqueda de la verdad , en una búsqueda del que según aquel libro había sido el violador de su madre.

El pedófilo al que la literatura había dotado de inmunidad.

Ese cabrón.

Dolores Schiller sitúa la narración entre 1976 y 2009. Sus saltos en el tiempo y en el espacio —Suiza, Estados Unidos— son continuos, y con ellos pretende explicarnos cómo fue la aventura casi detectivesca hasta dar con Humbert Humbert, y cómo esos encuentros con el pederasta influyeron en su manera de ser, de concebir el amor y de odiar a los hombres.

En cada una de sus entrevistas con aquel hombre, Schiller sentía cómo le ardía el cuerpo. Cuando se refería a su madre, cuando describía su cuerpo o su pasión, tenía ganas de estrangular a quien hablaba, no ya porque la protagonista fuera su progenitora, sino por el profundo desagrado que su relato producía.

Era un hombre viejo, un hombre mayor y airado que no encontraba en su discurso ni una pizca de arrepentimiento, y que incluso afirmaba sin temblar que él se aprovechó de la adolescente, como si la pequeña Haze hubiera sido sólo un instrumento, una muñeca de trapo, una pequeña prostituta a su servicio.

«Lo nuestro no fue una historia de amor», reconoce H. H. a Schiller, «fue un rapto».

Y como si Humbert hubiera sido el toro y Lolita hubiera sido Europa , juntos construyeron ese mito tantas veces revisado y cuyo atractivo a día de hoy sigue sin resolverse: ¿de verdad que el suyo no fue un “rapto de amor”?

¿De verdad que la nínfula nunca tuvo autonomía?

¿Cómo es posible que encontremos bello este cortejo oscuro?

¿Cómo se nos ocurre pensar que puede ser moral, hermosa y hasta brillante esta obra que enaltece pederastia?

Dolores Schiller no tiene ninguna duda, y su rechazo al viejo Humbert es cada vez mayor. Odia el trato que se le ha dado a su madre a lo largo de la historia. Le duelen las interpretaciones y le parece peligrosa la magia con la que hemos querido rodear su figura.

Con un instinto asesino, Schiller rellena las páginas de su diario, y se prepara ella misma para su muerte, convencida de que las palabras que ha dejado escritas, así como las que heredó de su pobre madre, servirán al mundo para releer y entender todas y cada una de las dimensiones de lo que fue Lolita.

Más que una novela, Lola López Mondejar ha escrito aquí un ensayo sobre la figura del pedófilo en la obra de Nabokov —que valorarán especialmente quienes conozcan a fondo su obra— y sobre cómo a veces deberíamos mirar con mayor exactitud y crítica los mitos que nos enamoran y nos emociona.

Y al final, la pregunta que Cada noche, cada noche nos deja en los labios es muy sencilla, pero demasiado afilada: ¿puede la belleza justificar una barbarie… o viceversa?

LEER MÁS: Cómo ser lolita después de Dolores Haze

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