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De tapeo con lo peorcito de la humanidad

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Ser malo da hambre: un repaso a los menús de los dictadores

Ignacio Pato

11 Noviembre 2015 06:00

Hoy os vamos a enseñar a cocinar una cobra con Pol Pot.

Lo primero es, bueno, matar una cobra.

¿Ya? Bien. Siempre supe que no había que subestimar a los lectores de PlayGround

El siguiente paso es cortarle la cabeza a la cobra. La colgamos de un árbol para que el sol seque el veneno y, una vez conseguido esto, la troceamos.

La echamos en una cazuela con agua, limón, hojas de parra y jengibre en polvo.

Lo hervimos todo una hora.

Et voilà, ya puedes cenar como un asesino de centenares de miles de personas.

Resulta que, al parecer, el estofado de cobra era uno de los platos que rebañaba el camboyano Pol Pot. El libro El banquete de los dictadores (Melusina) recoge esta y otras de las recetas de los tiranos más top.

VER TAMBIÉN: "La locura del poder: rarezas extremas de dictadores desquiciados"



Stalin haciendo vomitar a Tito

Pol Pot no era, eso sí, de los que más castigaban su estómago. Stalin también se ponía fino. Sus fiestas eran de traca. Cuando decía picar algo quería decir salir de su dacha a las cinco de la mañana y, por supuesto, a gatas.

En la mesa solía haber ajos (el ingrediente favorito del ulcerado Mussolini, por cierto), nueces, pollo frío y, sobre todo, vinos, vodka y aguardiente georgiano. Stalin perdonaba que alguien no comiera demasiado, pero no hacía lo mismo con el alcohol. Hacía beber a sus invitados —y cómo decirle a Stalin que no— con la intención de que aflojasen la lengua mientras él se mantenía relativamente sobrio.


A Stalin le encantaban los juegos de beber. En una de esas incluso dicen que llegó a hacer vomitar a Tito



Como si fuera un adolescente en un parque público, Stalin organizaba “juegos de beber”. En una de esas dicen que llegó a hacer vomitar a su némesis roja, el yugoslavo Tito.

Un dictador desdentado mascando bambú con las encías

A Erich Honecker, el último mandamás de la República Democrática de Alemania, nos lo imaginamos sentado en la típica mesa de los niños: ocurre que le gustaba almorzar salchichas con puré de patatas o macarrones con bacon. Un gourmet.

Tampoco parecía muy remilgado Idi Amin, aquel militar de 1,93 que aterrorizó Uganda en los 70 —y a quien Forest Whitaker clavó en la película El último rey de Escocia— con su afición al Kentucky Fried Chicken, las pizzas... y a comerse 40 naranjas al día.



Otro que no parecía muy familiarizado con una dieta adulta era Mao Tse-Tung, que odiaba la fruta, sustituía el dentífrico por enjuagues de té y, al final de sus días, sin dientes, apenas podía masticar bambú con las encías.

Qué the end más poco épico.

El turcomano Saparmurat Niyazov merece un lugar destacado en este repaso a la relación de los tiranos con la comida. A Niyazov le pareció que la mejor manera de honrar a su madre era ponerle el nombre de la señora… al pan. Lo que lees. Niyazov declaró el segundo domingo de agosto fiesta nacional en honor a las 500 variedades de melón del país.

Una verdadera pasión por mover el bigote

Algún melón comería Niyazov, pero su oronda figura tenía más que ver con el desayuno de los campeones típico de su país: sandía hervida en sirope de azúcar mezclada con grasa de oveja.

Pero al que le gustaba de verdad comer era a Kim Jong Il. Parece que sus legendarias fotos mirando comida que llevan años circulando por internet esconden una verdadera pasión por mover el bigote.



Su chef personal tenía que ir muchas veces de excursión en jet para conseguir caviar iraní, mangos tailandeses o tartas de arroz japonesas a 100 euros la porción. Le daba también al pescado fresco, como el famoso fugu, casi vivo.

Algunas fuentes dicen que Kim Jong Il les dijo a sus súbditos en 2000 que había inventado algo guay, el gogigyeopbbang: un "pan doble con carne".

Era una hamburguesa, claro.

Algunas de las ideas de este fantasista para aliviar la hambruna norcoreana están en los anales del esperpento. En 2006 descubrió que un tipo criaba conejos gigantes en Alemania. Kim Jong Il lo vio claro y le compró varios. Se reproducirían y alimentarían a toda Corea del Norte.

Ya, claro.

El granjero fue informado meses después de que se habían servido en el cumpleaños del querido líder.



Por cierto que Hitler, el "vegetariano" más famoso de la Historia, tenía una debilidad carnívora: le gustaban los pichones rellenos de lengua e hígado. Ahí es nada.

Acabó sus días comiendo puré de patata y consomé en el búnker por unos problemas de digestión que ya le habían aparecido bastante antes de darse cuenta de que lo suyo iba a acabar mal.

En las antípodas ideológicas, eran precisamente los problemas digestivos lo que unía a personas como Hitler, Mao, Pol Pot o Mussolini. La comida les dobló el cuerpo más de lo que lo hicieron sus oposiciones políticas.

Moraleja: la maldad no quita el hambre, pero el estómago no es tonto y acaba notando que eres un poco cabroncete.


¿Hay algo más normal que un monstruo hambriento?



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