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El auge del turismo oscuro: vacaciones bajo las bombas

Los turistas bélicos ya no son tan pocos. Existen operadoras de viajes que te llevan al epicentro de los conflictos.

Un día como cualquier otro, el camionero japonés Toshifumi Fujimoto, divorciado y con tres hijas que no le dirigen la palabra, se aburrió definitivamente: cansado de transportar cisternas de Osaka a Tokio cada jornada, decidió que necesitaba adrenalina. A sus 45 años barajó el puenting y la caza de tiburones. Sin embargo, acabó yéndose a la guerra de Siria.

Fueron muchos los periodistas que vieron a Fujimoto correr bajo las balas de Alepo e irse al frente con los rebeldes en pick ups: era un turista japonés que estaba allí a modo de safari, con dos buenas cámaras fotográficas y otra de vídeo. Pero Fujimoto no paró en Siria. Después de hacerse un buen seguro de vida, se fue a Yemen y a Afganistán: “Soy turista, no un blanco para los francotiradores. Son los periodistas quienes no les gustan”, dijo a The Huffington Post. Él afirma no haberse lucrado de sus coberturas fotográficas, no es un intruso. Tan sólo las cuelga en su muro de Facebook.

Su historia sólo es la punta del iceberg de algo que parece moverse en el mundo del turismo: cada vez son más las personas que desean estar en esos lugares devastados que aparecen en televisión, alojarse en las noticias, ya sea de forma independiente u organizada. Los riesgos y lo desapacible empiezan a ser alicientes.

De las montañas de Osama Bin Laden a las rutas por Libia

Aunque aún se trata de algo minoritario, el negocio del “turismo oscuro” está floreciendo en forma de nuevos packs y operadoras de viajes: ahí están Wild Frontiers, War Zone Tours, Untamed Borders o Political Tours. Estas agencias organizan experiencias como esquí extremo en las montañas de Pakistán con visita a Abbottabad, la ciudad donde Osama Bin Laden se escondió durante años. También hay packs en Libia con ruta por Abu Salim, una de las peores prisiones fundadas por Gaddafi, y encuentros con milicianos.

Aunque este tipo de viajes aún estén restringidos a clientes adinerados, para el sector académico se trata de un síntoma de nuestro tiempo, en el que todo es monetizable. En su extenso reportaje para The Atlantic, la periodista Debra Kamin conversa con Philip Stone, director del Instituto de Investigaciones Turísticas Oscuras de la Universidad de Lancashire, quien afirma que el turismo de guerra no es nada nuevo: “Tiene precedentes históricos. Thomas Cook se llevó a la gente a ver los ahorcamientos en Cornwall”. Lo que esta cambiando es su comercialización: la industria del turismo de guerra se está formalizando y los medios e Internet la están acompañando.

En la era de la anestesia general, ¿son necesarias cada vez experiencias más extremas para sentirse vivo? El éxito de canales como Discovery Max dan ejemplo de cómo las aventuras o la exploración de lo restringido tienen muchos adictos en la actualidad. Las cifras cantan: el negocio de los viajes a "lugares políticos" o a zonas en conflicto crece un promedio anual del 65% y tiene un valor de casi 200 millones de euros en el mercado.

Pero, ¿es ético?

Las compañías que se dedican al sector están divididas sobre los límites, pero muchas comparten la misma opinión: ahora que la gente puede viajar por su cuenta de una forma más fácil, para entrar en el negocio hay que ofrecer un valor añadido. Y eso puede ser el contenido, una vivencia en detrimento de un paisaje, situar al turista en una historia que enriquezca su vida, y si esa historia de actualidad, mejor que mejor.

Estos viajes se realizan en lugares donde hay gente que sufre, ¿no es una forma de banalizar realidades duras por parte de quienes pueden apartarse de ella a golpe de avión? ¿No convierte, más si cabe, el sufrimiento humano en un espectáculo salvaje? Según Philip Stone, los turistas oscuros son personas interesadas en el mundo que les rodea: "Tú y yo somos turistas oscuros cuando visitamos la Zona Cero", dijo a Debra Kamin. De modo que hay nicho de mercado, un negocio que podría volver las guerras y sus peligros aún más rentables. Preparémonos, pues, para oír hablar de esos destinos de ensueño y potencialmente peligrosos.

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