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Alemania desentierra a las víctimas de la 'eutanasia' nazi, su otro Holocausto

300.000 enfermos mentales y discapacitados fueron asesinados por la ciencia nazi. Ahora una investigación independiente intenta ponerle nombre y cara a las víctimas

Al relato negro del horror nazi a menudo le falta un capítulo. Podríamos hablar de un prólogo que la Historia ha acabado relegando al olvido. El Holocausto se lleva siempre el protagonismo. Pero antes de la Shoá, antes de su “solución final” para la población judía, el régimen nazi ya había acometido otro gran exterminio entre sus propios ciudadanos.

Entre 1939 y 1945, cerca de 300.000 enfermos mentales y discapacitados, adultos y niños, fueron asesinados en Alemania. Asesinados, además, con la ley en la mano, y con la complicidad de médicos y científicos de todo el país. Ahora, casi ochenta años después, la Sociedad Max Planck para la Promoción de la Ciencia quiere desenterrar del olvido colectivo esa barbarie, poniendo nombre y cara a parte de sus vícitimas.

La vida indigna de la vida

La publicación, en 1920, del libro Die Freigabe der Vernichtung Lebensunwerten Lebens (algo así como Libertad para la aniquilación de la vida indigna de la vida), escrito por el psiquiatra Alfred Hoche y el jurista Karl Binding, introdujo en la cultura alemana la noción del Lebensunwertes Leben, la "vida indigna de la vida", un concepto que se encuadraba en el movimiento médico internacional a favor de la eugenesia que se vivía en aquellos días.

La expresión caló en la germinante ideología del nacionalsocialismo.

En 1939, el régimen nazi puso en marcha un programa médico de eutanasia bautizado Aktion T4. El programa perseguía eliminar a personas señaladas como enfermos incurables, niños con taras hereditarias, ancianos o adultos improductivos.

Personas consideradas vidas indignas de ser vividas.

Entre 1939 y 1945, cerca de 300.000 enfermos mentales y discapacitados fueron asesinados por el régimen nazi en Alemania en el marco del proyecto de eutanasia Aktion T4

Karl Brandt, médico personal de Hitler y director del programa Aktion T4

En el marco de la Aktion T4, Hitler emitió una orden por la cual requería a todos los médicos del país a reportar información sobre cualquier niño menor de 3 años con deformidades físicas o defectos mentales. Un comité revisaba esos informes y, sin llegar a examinar a los niños en persona ni a consultar a sus familias, determinaba cuáles de esos niños debían ser trasladados a las instalaciones previstas para su exterminio. Era un acto de fría burocracia.

Se mató a miles de aquellas criaturas con pastillas de veneno e inyecciones letales. A muchos otros, niños y mayores, les decían que iban a pasar un día al campo. Los subían en autocares. El destino final de su excursión era las cámaras de gas.

Su muerte sirvió como ensayo y modelo para las prácticas de exterminio masivo que después se aplicarían en los campos de concentración.

Las víctimas eran conducidas en autobús hacia su muerte con el pretexto de ir a pasar un día fuera de la ciudad

Poner nombre a la culpa

La 'eutanasia' nacionalsocialista es una perversión del juramento hipocrático”, declaraba el pasado enero Norbert Lammert, presidente del Parlamento Federal alemán, con motivo del Día en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Una perversión retorcida “porque los asesinatos se cometían con el argumento hipócrita de que servían al interés general, también al de los pacientes”.

Lammert recordaba entonces que la 'eutanasia' se practicó en decenas de sanatorios alemanes y cuestionaba la “estremecedora indiferencia” que la ciencia, los medios y la clase política del país habían mostrado hacia ese capítulo de su historia durante años.

Eso está cambiando.

En 2014 se inauguraba en Berlín un monumento en memoria de los asesinados por el mandato de la eutanasia nazi. En enero, las víctimas del Aktion T4 eran recordadas por primera vez en el marco del Día en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Ahora, la Sociedad Max Planck para la Promoción de la Ciencia quiere ponerle nombre a muchas de los desaparecidos. Y piensa hacerlo estudiando sus cerebros.

‘Si realmente vais a matar a toda esa gente, sacadle al menos el cerebro para que puedan ser útiles’. Ellos me preguntaron: ‘¿Cuántos podrías analizar?’. Yo les dije: ‘Un número ilimitado. Cuantos más, mejor’ (Julius Hallervorden, neurólogo alemán)

Sí. A un número desconocido de esas víctimas les extrajeron el cerebro. La ciencia había mostrado interés. Veían en aquella campaña de exterminio un caudal inagotable de materia prima para sus investigaciones.

Julius Hallervorden, uno de los neurólogos más respetados de la época, recordaba décadas atrás una conversación con un compañero del Brandenburg-Goerden State Hospital, uno de los centros médicos en los que se llevaban a cabo la campaña de eutanasia:

“‘ Si realmente vais a matar a toda esa gente, sacadle al menos el cerebro para que puedan ser útiles’. Ellos me preguntaron: ‘¿Cuántos podrías analizar?’. Yo les dije: ‘Un número ilimitado. Cuantos más, mejor’ […] Les di fijadores, jarras, cajas e instrucciones para extraer y fijar los cerebros, y ellos me los enviaban puntualmente como si fueran muebles. Yo acepté los cerebros, por supuesto. De dónde vinieran y cómo llegaban hasta mí no era asunto mío”.

Tumbas en el exterior del Hadamar Institute, uno de los centros usados por el régimen nazi para implementar su Aktion T4

Los cerebros fueron enviados a centros de investigación de todo el país. Allí se laminaban y se preparaban como muestras para el estudio de diversas enfermedades mentales.

Casi ochenta años después, alrededor de 3.000 de esos órganos están conservados en algunos de los institutos de investigación científica que conforman la Sociedad Max Planck. Y sus responsables quieren identificar, por primera vez, a todas esas víctimas.

La campaña de eutanasia nacionalsocialista contó con la complicidad de médicos y enfermeros que nunca fueron juzgados por sus actos

En junio, un equipo de cuatro investigadores ajenos a la institución comenzará a cotejar las miles de muestras de tejido cerebral existentes con los archivos de los psiquiátricos y los centros médicos donde los pacientes fueron aniquilados.

“Iremos nombre por nombre para recuperar la cifra exacta de personas cuyos cerebros fueron usados para investigación neuropatológica”, señala la institución.

El proyecto, que cuenta con un presupuesto inicial de 1,5 millones de euros, se desarrollará a lo largo de los tres próximos años.

“Sólo a través de las biografías de los torturados y asesinados es posible comprender realmente el mal que se hizo a personas inocentes”, decía en enero Lammert ante el Bundestag. “Al escuchar y leer sus historias les devolvemos, al menos con carácter póstumo, su dignidad”.

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