PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

De asesina de adolescentes a ayudante voluntaria en la escuela de sus hijos

H

 

Karla Homolka, condenada por el asesinato de tres jóvenes a principios de los 90, intenta rehacer su vida en Montreal. Nadie quiere tenerla de vecina. ¿Normal?

L.M.R.

04 Junio 2017 06:01

¿Cómo te sentirías al saber que tu hijo está interactuando con una asesina en serie?”. La pregunta es dolorosamente sincera. Resume el estado de shock y el conflicto moral que ahoga a un puñado de padres canadienses desde esta semana.

Los padres están aturdidos. Están confundidos y consternados ante la revelación de que Karla Leanne Homolka está desempeñando tareas de refuerzo como voluntaria en la Greaves Adventist Academy, un colegio privado vinculado a la Iglesia Adventista del Séptimo Día al que acuden sus hijos. Los de ella y los del resto.

La revelación llegaba esta misma semana a través de la cadena City News. Al parecer, la mujer reside ahora en el entorno de Notre-Dame-de-Grâce, un barrio tranquilo del oeste de Montreal,  y ha acompañado a niños de la escuela en varias salidas temáticas. Suficiente para que la gente se esté llevando las manos a la cabeza. Porque en Canadá, y en buena parte del mundo, la simple mención del nombre de Karla Homolka ya genera escalofríos.

Todo empezó con esta foto:



¿Cómo te sentirías al saber que tu hijo está interactuando con una asesina en serie?


Corría el año 1993 cuando la joven Karla se plantó de esa guisa en la comisaría. Denunció haber sido víctima de violencia doméstica. Su marido, Paul Bernardo, le había reventado la cara con una linterna. Temía por su vida.

Cuando la policía llegó a interrogar a Paul, la situación se volvió sospechosa. Karla amenazaba a su hombre, delante de los agentes, con “desenmascararlo”. Cuando Paul clavaba su miraba en ella, Karla entraba en pánico.

Los policías, sospechando que allí pasaba algo que la pareja no les estaba contando, se llevó a ambos a comisaría. Allí, Karla se derrumbó y confesó todas las atrocidades que ella y su marido habían cometido.


Sexo, mentiras y cintas de vídeo

Detrás de la fachada de perfección rubia que desprendía la pareja, había un secreto hediondo, una auténtica maquinaria del horror. Su matrimonio era la tapadera de una relación enfermiza que Paul había usado para dar rienda suelta a sus fantasías perversas. Fantasías de sexo y muerte que tenían un denominador común: su obsesión por la virginidad de sus víctimas.

La investigación policial reconstruyó las piezas de una auténtica pesadilla.


Paul Bernardo y Karla Komolka fueron condenados a mediados de los 90 por la violación y asesinato de tres adolescentes canadienses. La primeras de esas víctimas fue la propia hermana de Karla


Paul Bernardo y Karla Komolka, en una foto de archivo

Paul Bernardo había comenzado su carrera criminal como violador en serie casi a la vez que iniciaba su relación con Karla. Atacaba a muchachas jóvenes en paradas de autobús o en sus propias casas. Entre 1987 y 1988 habría perpetrado decenas de ataques sexuales en la misma zona.

Un buen día, el joven aprovechó el contexto para hacerle una confesión a su novia. En la televisión hablaban de los ataques. Paul le preguntó a Karla: “¿Qué pensarías si yo fuera el violador de Scarborough?”. Ella respondió que sería excitante. Aquello era lo que necesitaba oír para llevar las cosas un paso más allá.


¿Qué pensarías si yo fuera el violador de Scarborough?


Su primera víctima mortal fue Tammy Homolka, la hermana pequeña de Karla. Según la confesión de la propia Karla, Paul le pidió matrimonio con una condición: que le diera como “obsequio sexual” a su hermana virgen de 15 años. Ella accedió.

En la navidad de 1990, Paul y Karla drogaron a Tammy. Paul la violó repetidas veces. La muchacha nunca despertó. Murió a los pocos días.


Karla Komolka, durante el juicio contra la pareja

Aquel fue su primer asesinato en pareja, y hubo muchos más. Todas seguían el mismo patrón: Paul y Karla buscaban a chicas jóvenes que no superaban los 20 años, las secuestraban, las drogaban para abusar sexualmente de ellas, y después las asfixiaban. Paul se encargaba luego de descuartizarlas y de lanzar sus restos en el bosque o los ríos cercanos.

Durante el proceso a ambos, Homolka consiguió una pena reducida por colaborar con la fiscalía. Se presentó como parte pasiva. El sádico, el cerebro de todo aquello, el que mató a las jóvenes, era Paul. Ella había sido forzada por su pareja a participar en aquel horror, aseguró.

La fiscalía concedió. Tiempo después, se halló material audiovisual —la pareja había grabado en vídeo todas sus tropelías— que probaba que ella había tenido una participación más activa en los crímenes de lo que había asegurado. Pero el acuerdo ya estaba firmado y sus cláusulas impedían modificaciones.

Bernardo fue condenado a cadena perpetua por 3 cargos de asesinato y violación. Karla fue condenada a solo 12 años de prisión.


La pareja fue apodada por los medios como los 'Ken y Barbie de la Muerte'


¿Derecho a una segunda oportunidad?

Desde su salida de prisión en 2005, Homolka ha luchado por lavar su imagen y rehacer su vida junto a su esposo, hermano de uno de sus abogados, y sus hijos, pero nadie se lo está poniendo fácil en Canadá.

La 'Barbie de la Muerte' —así la apodaron los medios durante el juicio— ha cambiado varias veces de identidad y de lugar de residencia, pero la prensa se ha ocupado sistemáticamente de dar con su paradero, primero en la isla de Guadalupe, luego en Châteauguay, ahora en Montreal.


Desde su salida de prisión en 2005, Homolka ha luchado por rehacer su vida junto a su esposo y sus hijos, pero nadie se lo está poniendo fácil. La gente se pregunta: ¿es posible la reinserción de un asesino en serie?


Cada vez que se hace público su domicilio, se repite una misma reacción: inquietud, malestar en la comunidad e incluso amenazas. A sus 47 años, Karla se ve asediada. Se considera una víctima.

Hoy son los padres de la Greaves Adventist Academy los que sufren la inquietud. La opinión pública canadiense vuelve a hacerse una pregunta:

¿Tiene derecho Homolka a una vida normal?


share