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Era un artista incomprendido, así que decidió quitarse la vida

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Nat Tate había conseguido superar todas las dificultades, pero el alcohol y la tristeza le vencieron. Ahora se cumplen 55 años de su muerte

Antonio J. Rodríguez

02 Febrero 2015 06:00

A la izquierda, Nat Tate fotografiado en segundo plano en La Cedar Tavern, lugar de reunión de la escuela de Nueva York; a la derecha, un homenaje de Jan Saunders a su obra El Puente

No lo intenten. Si buscan «Nat Tate» en Internet no encontrarán absolutamente nada (o al menos nada especialmente relevante), así que a continuación presentamos una historia sumarísima del personaje.

Nat Tate nació en 1928 y nunca conoció a su padre; su madre murió cuando él solo tenía 8 años. La atropellaron.

En ese momento, Nat Tate fue acogido por los Barkasian, una familia extremadamente rica para la cual trabajaba su madre hasta que murió. Paradójicamente, la muerte de su madre fue un golpe de suerte.

Los medios económicos de los Barkasian le permitieron conseguir lo que siempre había anhelado: convertirse en pintor; formar parte de la prestigiosa escuela de expresionismo abstracto Nueva York en los años cincuenta. Durante un breve tiempo, tuvo éxito.

 Willem de Koonig, una de las figuras más sonadas de la Escuela de Nueva York


Pero ya se sabe. Todo lo que sube, baja. Nada es para siempre.

El éxito le entregó a la bebida, la circunstancia de formar parte de una familia adinerada le liberó de la obligación del trabajo y la bebida lo hundió en la miseria moral. Tuvo todo lo que quiso y a la vez fue incapaz de encajar los imprevisibles giros de su emocionante vida. Nat Tate abandonó todos sus círculos sociales y ahora se cumplen 55 años desde que decidió suicidarse arrojándose al mar, a comienzos de 1960.

No le importó a nadie.

Pero eso fue hasta que el escritor William Boyd emprendió una biografía sobre su figura, ahora publicada en España bajo el título Nat Tate, El enigma de un artista americano. El artista olvidado merecía una segunda oportunidad.

Como recién salido de una película de Woody Allen

Biografía de Nat Tate, ahora publicada por Malpaso

 

Nat Tate era alto y de aspecto saludable. Le gustaban las corbatas de tonos suaves («marfil, gris plateado o amarillo pálido»). Pasaba de vestirse como los demás pintores de la escuela neoyorquina: nunca lo vieron con un mono o con vaqueros. Tenía magnetismo. Su personalidad era fuerte, pero odiaba ser el centro de atención.

La fama de Nat llegó en 1952 de la mano de su exposición en la galería Aperto, una de las primeras galerías cooperativas de Nueva York, «un breve fenómeno vagamente inspirado, como su nombre indica, en la idea de gremio o hermandad concebida por grupos de artistas jóvenes y poco conocidos que precisaban un espacio para exhibir su obra».

De ahí pasó a las recepciones, los cocktails y la ebriedad perpetua. En aquellos años de posguerra, Nueva York experimentaba un desenfreno encantador. La Cedar Tavern se convirtió en el espacio de reunión de aquella intelectualidad organizada alrededor de las vanguardias artísticas.

Elaine de Koonig confesaba que «hacia 1950 todos iban borrachos y el mundo del arte agarró una interminable cogorza». Por su parte, Peggy Guggenheim describió a Nat como «un gran amante, casi a la altura de Sam Beckett, que tenía una piel horrible». Nat se había apuntado a la gran juerga


Peggy Guggenheim, retratada en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1942

William Boyd escribe lo siguiente:

«Como la mayoría de los movimientos artísticos que reclaman la atención de los medios, se produjo un pacto táctico de consciente mitificación y surgieron los reglamentarios estereotipos (el artista como borracho visionario, como macho bruto y grosero, como genio perturbado), mientras numerosos talentos menores buscaban su momento de gloria».

Nat Tate pudo haber sido uno de los grandes, pero la precocidad pudo con él.

La caída europea

Sumido en evidentes problemas de alcoholismo, Nat Tate se marchó de viaje con su padrastro a Europa. En Normandía conoció a George Braque y en Aviñón almorzó con Picasso. Sin embargo, cuando el viaje tenía que continuar en Italia, la aventura llegó a su fin. Tenían que volver a Nueva York.

En enero de 1960 Nat Tate se encontró a sí mismo vencido por su crisis nerviosa. Tomó una decisión: el artista sacó la obra de su estudio y luego le prendió fuego. A continuación compró un billete para el ferry de Staten Island. En el barco, Nat Tate se quitó el abrigo de tweed, el sombrero y la bufanda y caminó a la popa. El joven se encaramó al pretil, abrió los brazos y se arrojó al agua. Eso fue todo.

De niño huérfano había pasado a ser un adolescente rico, y de artista de éxito en el Nueva York de los 50 pasó a hundirse en el mar.

Su epopeya terminó así.

La controversia


Nueva York en los años 50: bullicio, cocktails y despilfarros

La entrada en inglés de Wikipedia dedicada a Nat Tate, el enigma de un artista americano, dice lo siguiente: «Nat Tate fue una persona imaginaria, inventada por [William] Boyd […] Boyd publicó el libro como una falsificación, presentada como una biografía real. Gore Vidal, John Richardson (el biógrafo de Picasso), Karen Wright (entonces editora de la influyente Modern Painters) y David Bowie participaron en la falsificación».

Aparentemente, todos ellos habían caído en la trampa del escritor. Cuando Boyd les preguntó si recordaban a Nat Tate, ellos recordaron algún relato o anécdota vinculados con el artista imaginario.

En efecto, Boyd había construido un reportaje con fuentes sobre algo que no sucedió jamás. Nat Tate, el enigma de un artista americano se convertiría en una especie de biblia del periodismo literario, un poco a la altura de A sangre fría de Capote o de El Adversario de Carrére. Solo que en esta ocasión el procedimiento se invertía: en lugar de contar literariamente un suceso real, Boyd reportajeaba una mentira.  

Claro que, sabiendo las destrezas de Boyd como farsante, ¿quién nos asegura que el escritor dice la verdad cuando dice que miente?

Vale que no hay pruebas que demuestren la existencia de Nat Tate.

Sin embargo, tampoco hay pruebas que la desmientan.

Larga vida, así pues, a Nat Tate.


Quienes aseguran que Nat Tate nunca existió mienten



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