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"Hitler era vegetariano": el argumento que no deberías volver a repetir

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Franz-Olivier Giesbert acaba de publicar 'Un animal es una persona' (Alfaguara), un libro incómodo sobre la historia de nuestra relación con los animales, en el que desmonta algunos cuantos falsos mitos

Luna Miguel

16 Marzo 2016 12:35

(Imagen de General Idea e ilustraciones de Dana Ellyn)


Cuando se pone en debate el vegetarianismo, hay una reacción común entre los interlocutores, que es la de recordar al vegetariano que “Hitler también lo fue”.

El escritor Franz-Olivier Giesbert, sin embargo, devuelve la pelota al tejado de quienes usan esta afirmación como arma, recordando en su libro Un animal es una persona que, en realidad, Hitler no era del todo vegetariano.

De hecho, si lo fue —además de por sentir simpatía por los animales, especialmente por los perros— era porque tenía un problema de salud que no le permitía digerir bien la carne: indigestión, flatulencia, dolor de tripa o sudoración fueron algunos de los achaques que el dictador padecía cuando un filete o un asado entraban en contacto con su frágil organismo.

Que sea algo a lo que le sacan partido con regularidad los enemigos de los derechos de los animales que opinan que el vegetariano = nazi pertenece al ámbito de la polémica barata.

De hecho, a Hitler le encantaba comer carne. La comía a escondidas y, según cuentan, era un fanático de platos como las albóndigas de hígado, el caviar, el jamón, las salchichas y hasta los pichones rellenos.

Con todo esto, lo que Giesbert quiere destacar en el capítulo de su libro dedicado al vegetarianismo y el argumento del nazismo es una idea muy sencilla:

“La relación de los animales del Tercer Reich no demuestra, pues, nada. Que sea algo a lo que le sacan partido con regularidad los enemigos de los derechos de los animales que opinan que el vegetariano = nazi pertenece al ámbito de la polémica barata y demuestra que se les han acabado los argumentos”.


¿Somos una pandilla de estómagos hipócritas?



En Un animal es una persona, sin embargo, Franz-Olivier Giesbert no quiere azotar a los que menosprecian la lucha por los derechos de los animales, ni a los que comen carne, ni a los que defienden prácticas como el toreo.

Les critica, claro, y mucho, pero no tanto como a los que según él se visten con la careta hipócrita de la causa animalista.

Para el escritor y pensador, lo importante es conocerse a uno mismo, reconocer nuestros errores y nuestras contradicciones, para, una vez retratados, poder empezar a debatir: él no es vegetariano, come pescado en ocasiones, sobre todo marisco o peces pequeños.

Y sabe de sobra que esto es una contradicción, por eso desde sus punzantes ensayos y artículos, su mensaje siempre es este: para poder tomar partida en una lucha, antes hay que conocer todas sus aristas.

Ruego a los cruzados contra las corridas que dejen urgentemente de comer carne roja antes de meterse con los toreros.

Por ejemplo, en uno de los capítulos dedicado a los tipos de matanzas y rituales, Giesbert advierte que en ocasiones la agonía de los animales puede ser más larga en los mataderos que en lugares como la plaza de toros.

“No soy un aficionado”, dice, “pero ruego a los cruzados contra las corridas que dejen urgentemente de comer carne roja antes de meterse con los toreros. ¡Un poco de coherencia, por favor! Me recuerdan a esos veraneantes que se quejan de que las medusas invadan las playas mediterráneas mientras se zampan buenas rodajas de atún rojo, uno de sus pocos predadores.”

Franz-Olivier Giesbert hace así un recorrido a la historia de los animales y su relación con el ser humano, dotándoles de toda la humanidad que merecen a los primeros, y de toda la animalidad que tratamos de esconder los segundos.

Un animal es una persona; una persona es un animal



Desde el relato de su infancia, y de las granjas en las que vivió y en las que compartió horas y horas de su vida con cabras, gatos o perros, hasta sus conversaciones con filósofos a propósito de la doble moral humana a la hora de tratar a las mascotas y a los animales de los mataderos.

Crían a los animales entre mierda y les dan de comer mierda para que se conviertan, cuando les llegue la vez, en mierda.

Sin olvidarse, por supuesto, de una terrible descripción de cómo nuestro sistema de producción nos ha convertido en seres que se alimentan de animales maltratados, enfermos, tristes y humillados, criados por nosotros mismos para privarles de la luz, de la libertad y de la vida que merecen.

Sólo ser más conscientes nos hará ser más responsables. Sólo quitarnos el velo de la mirada nos hará ver lo que estamos haciendo, y entonces tomar medidas.

Giesbert no ha querido escribir desde la comodidad, sino desde el dolor de nuestra hipocresía.

O en palabras del propio autor:

“No sin ingenuidad, Elisée Reclus predecía que los animales domésticos le sacarían provecho a nuestra compañía igual que el alumno florece en contacto con el educador. Ya puestos, profetizaba que al estar en contacto con nosotros la evolución de la inteligencia animal nos reservaba sorpresas. No había previsto las fábricas de cerdos, pollos, vacas, pavos o terneros donde crían a los animales entre mierda y les dan de comer mierda para que se conviertan, cuando les llegue la vez, en mierda, del mismo rojo que las fresas, debajo de un plástico.”


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