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¿Cómo que el amor no es para toda la vida?

La fotografía de Lauren Fleishman demuestra que hay cosas por las que vale la pena luchar

Nunca conocí a mi abuelo.

De pequeña incluso llegué a pensar que las abuelas vivían solas, en sus casas enormes, rodeadas de fotografías antiguas que los nietos pequeños nunca llegamos a entender.

¿Quiénes eran aquellas personas sonrientes?

¿Por qué la abuela besaba cada noche la fotografía de aquel hombre serio, de ojos intensos y traje cenizo?

Con los años, empecé a desarrollar mejor mi sentido auditivo. Mientras jugaba con muñecas en el salón, escuchaba las conversaciones telefónicas de la abuela con mujeres a las que yo odiaba —esas que dan besos enormes y pinchan con sus manicuras recién hechas— en las que de cuando en cuando, entre cotilleo y cotilleo, se dejaba caer alguna frase a propósito de quién era ese hombre que en el pasado le hizo feliz.

Empecé a imaginar mis propios cuentos, soñaba que aquella persona no era mi abuelo, sino un aventurero del que mi abuela se había enamorado de pequeña.

Su imagen me obsesionó, pero yo nunca me atreví a preguntar.

Por la calle los viejitos se cogían de la mano. Cuando iba a visitar a mis amigas me hablaban de que sus abuelos las iban a llevar de vacaciones. En la televisión, todas las películas estaban llenas de imágenes de ancianos emparejados, dando a entender que en el mundo, lo normal, era tener a un espécimen canoso de cada sexo, preparado para dar cariño a sus nietos.

Nunca conocí a mi abuelo.

Nunca supe si mi abuela alguna vez volvió a querer enamorarse de otro hombre. El duelo es así de extraño. Cada uno lo lleva a su manera, me digo.

Un día, cuando era pequeña, me levanté en mitad de la noche para beber agua y vi que la abuela estaba hablando con aquella fotografía, contándole lo que había hecho, pidiéndole que allá donde estuviera, la escuchara.

Ella dio un beso al frío cristal que separaba su boca de la antigua fotografía, y yo me escondí entre las sombras, feliz por saber que a pesar del dolor su corazón brillaba.

Sólo por esa razón —que no es una razón tonta, aunque ahora suene cursi— me estremezco cuando veo las fotografías de Lauren Fleishman.

¿Cómo que el amor no dura para toda la vida?

Incluso si no está: está. Incluso si se fue: sigue a nuestro lado

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