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El amor por los libros: ¿postureo o pasión lectora?

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De las shelfies a los objetos de regalo de inspiración literaria, está claro que los libros están de moda. ¿La literatura también? Hablamos con editores y libreros para comprobarlo

Carmen López

04 Junio 2014 20:47

Todo el mundo se ha hecho el interesante utilizando un libro alguna vez. Puede que fuese fingiendo haber leído la obra del filósofo preferido del tío al que intentabas ligarte. O en aquella entrevista de trabajo en donde citaste a un autor al que sólo conoces porque un día salió en la televisión. Los libros (y la cultura en general) siempre han sido un complemento eficaz a la hora de mejorar una personalidad. Se hayan leído o no.

Aunque esta especie de postureo lector se remonta a tiempos inmemorables, su versión comercial se inició solo años atrás. Las librerías, a las que hasta el momento se acudía para comprar —¡sorpresa!— libros, empezaron a complementar su oferta con objetos normalmente conocidos como “de regalo”. Ahí había desde camisetas con la portada de Moby Dick a bolsas de tela con frases de Cortázar… merchandising literario como el que en su momento triunfó —y triunfa— en la música. Si no es raro ver a un fan de Metallica con una camiseta del grupo, ¿por qué no iba un admirador de Foster Wallace a tomarse el café en una taza con su cara?

Nórdica Editorial es una de las empresas del sector que ha incluido este tipo de productos en su catálogo. Diego Moreno, editor jefe, explica que “cuando empezamos a comercializar objetos literarios (de calidad, que me parece importante) nuestro objetivo no era ganar dinero, aunque tampoco queríamos perder. La idea era que las librerías pudieran disponer de objetos que animasen a los lectores y no lectores a entrar en la librería, pues consideraba, y lo sigo pensando, que uno de los grandes males actuales es que la gente no pisa las librerías o no lo hace con la frecuencia que debería”. La tesis de Moreno indice en que este tipo de productos llaman la atención del público. También señala que “esto no lo hemos inventado nosotros. Una editorial tan seria como Penguin lo lleva haciendo décadas”.

De la pasarela a los hábitos de lectura

Estos souvenirs literarios son solo uno de los factores que indican que los libros —que no necesariamente la literatura— están de moda. Por ejemplo, la parisina Olympia Le-Tan ha llenado las alfombras rojas de medio mundo con sus bolsos de mano que imitan libros. Y en este cajón de sastre del egocentrismo que es Internet, después de los selfies llegaron los shelfies. Para los despistados: un shelfie es una fotografía de tu biblioteca personal y, según el Urban Dictionary, el término fue acuñado por el escritor Rick Riordan. Gracias a esta especie de moda online, Instagram y el resto de Redes Sociales empezaron a llenarse de imágenes de estanterías Expedit llenas de libros y de tazas de café acompañadas de grandes éxitos de la literatura contemporánea y el correspondiente #shelfie. La modernidad era esto.

merchandising o el hashtag bibliotecario hayan impulsado demasiado las ventas de libros. Muy ufana, la Federación de Gremios de Editores de España anunciaba en el titular de su Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros de 2012 (publicado en febrero de 2013, el más reciente hasta la fecha) que “El porcentaje de lectores de libros en España alcanza ya el 63% de la población”. Es este un dato positivo ya que, como el propio informe indica, supone un incremento de: “1,6 puntos porcentuales más que en 2010”. Pero cuando se llega al tema de las ventas de libros, la euforia desciende: “el 55,4% de españoles compró libros a lo largo de 2012, 1,9 puntos menos que en el año anterior”.

Según estos datos y la observación del panorama cercano, la cuestión es: ¿se lee más o menos que antes? Para Isabel Sucunza, autora del libro La tienda y la vida y una de las propietarias de la recién inaugurada librería barcelonesa La Calders, hay que “diferenciar la cantidad de libros que se venden de la cantidad de libros que se leen. Yo creo que la gente que leía hace diez años sigue leyendo igual ahora o más, incluso; esto de leer es muy vicioso. Es verdad que se venden menos libros”. La Calders se presenta como “una librería especializada en libros” y aunque lleva poco tiempo abierta, ha permitido a Isabel observar ciertos comportamientos en las ventas. “Hemos comprobado, por ejemplo que ya absolutamente nadie compra sombras de Grey (los hemos tenido y no hemos vendido ninguno de la colección) ni los de Stieg Larsson, por ejemplo: son fenómenos que cuando pasaron fueron muy intensos pero duraron poquísimo tiempo”, explica. Asimismo, indica que: “Hay otros libros, en cambio, que no hacen picos de venta pero que no dejan de venderse nunca. Estoy hablando de los de Steinbeck, García Márquez, Twain, Conrad…”

Diego Moreno también cree que ahora se lee más que antes y señala que, en su opinión “se leen mejores libros. El nivel de los lectores ha subido mucho y cada vez se presta más atención a aspectos fundamentales como la traducción, la maquetación, el diseño, etc. Es evidente que la crisis ha generado una disminución en la compra de libros, pero yo creo que no ha bajado la pasión por la lectura sino que se lee de manera diferente”.

¿Un objeto de consumo más?

En la actualidad el individuo puede definirse a sí mismo (o lo intenta) con las fotos que sube a las redes, la ropa que viste o las referencias a las que acude en la conversación. Y, según se ha visto hasta ahora, los libros pueden ser protagonistas de cualquiera de esas situaciones (publico un shelfie mientras cito a Kundera a la hora del café vestido con mi camiseta con la portada de “Rayuela”): ¿significa esto que el libro ha pasado a ser un objeto de consumo más allá de la literatura?

Moreno no considera que esto sea malo per se: “leer un libro en una buena edición, en la que el libro como objeto esté bien pensado hace que la experiencia lectora sea mucho mejor y, al mismo tiempo, permite que el libro sea un objeto de regalo maravilloso. Como digo, los libros hay que leerlos, pero no me parece mal que la gente los compre para regalar, y ojalá los comprasen aunque fuese para decorar la casa; sería señal de buen gusto”. Sucunza es un poco más contundente y afirma que: “yo, como objeto de consumo, prefiero un chuletón. Los libros buenos van mucho más allá de ser meros objetos de consumo (sin desmerecer a los chuletones), por eso siguen vendiéndose igual diez, veinte y treinta años después”.

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