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Los agricultores del código abierto no temen a las multinacionales

En Estados Unidos, una pequeña organización intenta mantener las semillas del mundo lejos de las patentes multinacionales

En 1983 el profesor de genética Jim Myers recogió el testigo de su mentor Jim Baggett en la tarea de crear una variedad muy especial de brócoli. Ésta llevaba gestándose desde los años 50 a base de mezclas y experimentos con distintas cepas de semillas. Años después, en 2011, Myers descubrió que la gran compañía agrícola Seminis iba detrás de una patente para semillas de brócoli que, en más de dos terceras partes, se basaba en el material genético original en el que Baggett y él habían estado trabajando durante décadas. La patente fue desestimada el año pasado, pero Myers sabe perfectamente que las multinacionales son persistentes cuando se trata de conseguir lo que quieren. Por eso, junto a otros profesores, genetistas y especialistas decidió contraatacar con Open Source Seed Iniciative (OSSI). Su fin: preservar la mayor cantidad posible de semillas lejos del control privado.

¿Pero cómo puede reclamarse la propiedad de la lechuga, o del tomate? Se puede, porque el sistema legal lo permite. También porque los lobbies multinacionales presionan para que las leyes de patentes vayan a su favor, claro. Y hasta hoy no les ha ido nada mal. En la actualidad, más del 50 por ciento de las semillas del mundo provienen de tres grandes compañías, Monsanto, DuPont y Syngenta. En el caso del maíz y la soja prácticamente no existe material genético que no haya sido patentado, lo que significa que si un agricultor cualquiera quiere usar una semilla con patente, para cultivar o generar nuevas variedades, tiene que pasar por un único filtro, y pagar por ello. Y la tendencia crece de forma exponencial, con cientos de patentes propuestas cada mes. A este ritmo, en un tiempo no necesariamente largo, apenas quedarán semillas que pertenezcan al dominio público.

La OSSI está formada por un equipo de unas treinta personas. Activa desde 2012, su propósito se basa en la filosofía del software de código abierto. Su idea es crear una reserva de semillas (o germoplasma, como lo llaman los expertos) que no puedan ser patentadas. Se trata de una especie de parque natural genético al alcance de quien quiera utilizarlo. Pero siempre con una condición fundamental: que no se venda y permanezca libre.

Open Source Seed Iniciative (OSSI)

Este año la pequeña iniciativa ha empezado a dar sus frutos, y lo ha hecho con un primer paquete de 14 cultivos y 37 variedades de semillas que se comercializan en pequeños saquitos. En ellos hay una advertencia legal basada en la confianza mutua, muy en la línea escueta y simple de las licencias Creative Commons. Con este primer intento, la idea es crear “un espacio que sea nuestro, y no de ellos”, en palabras de Jack Kloppenburg, líder de facto de la OSSI, a VQR. En su opinión, para asegurar la diversidad de los cultivos, la libertad de los agricultores y la riqueza compartida, es necesario diversificar las fuentes y fomentar el intercambio. Es así como ha funcionado durante siglos. La concentración de material genético en pocas manos puede llevar a cultivos más pobres, menos flexibles, y finalmente a una crisis alimentaria derivada de la pobreza de las explotaciones y su escasa adaptabilidad a situaciones como el Cambio climático o las plagas.

Kloppenburg remarca también que en última instancia “de lo que se está hablando aquí es de redistribución de poder”. Y es que, cuando reduces la guerra del copyright a lo más básico, siempre te encuentras con una raya profundamente marcada en la tierra. A un lado están los defensores de lo común; al otro los defensores del interés privado. Y habiendo soportado una inercia de décadas hacia el monopolio de los segundos, finalmente pequeñas iniciativas como esta empiezan a plantar cara. De momento es David contra Goliat, pero al final todos tendremos que elegir un bando. ¿Cuál es el tuyo?

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