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Un adiós para Lukanikos, el perro antisistema

De perro callejero a símbolo de las crudas protestas en Grecia

Su corazón falló hace unos días -no se sabe la fecha con exactitud- cuando estaba sesteando en el sofá. Tenía 10 años y hacía dos que se había retirado de la lucha en las calles atenienses; un hogar decidió acogerlo y desde entonces vivía allí. Lukanikos, el perro que se sumó a la revolución en Grecia, estaba débil: los químicos de los gases lacrimógenos y los golpes y porrazos recibidos en primera línea de la barricada le habían pasado factura.

Nada se sabe de sus andanzas previas a convertirse en una suerte de Che Guevara canino. De color canela, tamaño medio y constitución ágil, no era más que un perro callejero; uno más de los miles que deambulan por las calles de la capital griega. Son parte del paisaje, como el Partenón, el tráfico caótico, la frustración y la crisis.

Pero desde el inicio de la recesión, Lukanikos comenzó a pasearse por las manifestaciones, era un habitual de las protestas contra la Troika e hizo de la plaza Syntagma, sede del parlamento nacional y epicentro de los disturbios, su hogar. En la primavera de 2010, cuando las calles del centro de Atenas ardían de furia contra los recortes, los medios empezaron a darse cuenta de su presencia: las fotos que aquellas semanas ocupaban las primeras planas de la prensa internacional tenían un actor secundario recurrente.

Al principio apodado Kanellos, más tarde bautizado definitivamente como Lukanikos (“salchicha”, en griego), allí estaba él, en primera fila de cada manifestación, de cada barricada, de cada refriega con la policía. Perseguía y atrapaba con los dientes los botes de gas lacrimógeno y se plantaba frente a los uniformados desafiante, ladrando con la ira de un parado a quien la crisis le ha quitado toda esperanza. Pronto se hizo una celebridad en Grecia y fuera de sus fronteras: la revista Time lo incluyó como uno de los personajes de 2011, distinción otorgada, aquel año, a la figura de “El Manifestante”.

Un tiempo después, las protestas en Atenas fueron amainando y la salud de Lukanikos empezó a flaquear. Fue entonces cuando abandonó la plaza Syntagma, lugar de tantas batallas, y se retiró a su nuevo hogar, donde descansó hasta morir.

¿Se marchitó por estar lejos de la calle? ¿Se alimentaba de rebeldía y de indignación? Se puede hacer mucha literatura de todo esto pero lo cierto es que no era nada más que un perro. Un perro callejero al que le iba el jaleo. Sin embargo, Lukanikos ha sido el símbolo de uno de los momentos más amargos de la historia reciente de Grecia. No era más que un perro. Un perro callejero. Y como a perros callejeros se ha tratado, a lo largo de estos penosos años, a los ciudadanos griegos. No parece descabellado que unos y otros se encontraran, desgañitándose contra una injusticia demencial, en las barricadas. Y allí Lukanikos estuvo el primero.

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