PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

El piloto que sobrevivió a una caída de 15.000 metros cabalgando una tormenta eléctrica

H

 

Desde su avión de combate averiado, William Rankin saltó dentro de una oscura nube que lo zarandeó en la atmósfera durante 40 minutos

astrid otal

27 Diciembre 2016 17:45

En una aparente tranquila tarde de verano de 1959, un teniente coronel llamado William H. Rankin protagonizó una historia legendaria en la que sorteó increíblemente a la muerte.

Rankin, un veterano de la II Guerra Mundial y de la Guerra de Corea que por aquel entonces tenía 39 años, creía haberlo vivido todo. Pero se equivocaba. Jamás llegó a imaginar que la batalla más cruda de su vida la libraría a 15 mil metros de altura contra la propia naturaleza. Y es que el hombre cabalgó durante 40 minutos una tormenta eléctrica hasta que logró tocar tierra. Quedó magullado, pero vivo.

Iba a ser un vuelo nítido. Rankin tenía que llevar un caza de reacción F8U de Massachusetts a Carolina del Sur. La labor parecía carecer de complicaciones ya que la jornada, como el propio teniente recuerda, había comenzado despejada con el sol brillando fuertemente. Las cosas cambiaron, sin embargo, a mitad de trayecto.

El veterano piloto se encontraba viajando a 926 kilómetros por hora cuando divisó frente a él una gigantesca nube vertical típica de las peores tempestades que se forman. Hábil, pensó que si volaba por encima de la tormenta no sucedería nada y la teoría funcionó hasta que se dio cuenta de que para aterrizar tendría que adentrase en ella. No había vía de escape.



Rankin contuvo la respiración y procedió con la maniobra. Al inicio, el descenso fue fluído, pero de repente el motor se detuvo. A aquella altitud, aquello significaba una muerte segura.

Las alarmas sonaron. Él trató de reiniciar la maquinaria sin ningún éxito. Las agujas de los indicadores caían estrepitosamente y se escuchaban ruidos extraños. Entonces se dio cuenta: tenía que saltar.

Sin ninguna otra opción, apretó el botón que lo catapultaba fuera de la cabina, el eyector que lo lanzaba a la atmósfera sin un traje adecuado para soportar la presión y sin saber si podría soportar no perder el conocimiento.

"Falto de energía, es posible que tenga que salir expulsado", fue la última comunicación que hizo por radio.

El teniente coronel se vio consciente en el aire precipitándose hacia la tierra con su máscara de oxígeno. A 15 mil metros de altura uno tarda unos 10 minutos en descender en paracaídas pero, paradójicamente, en este caso la supervivencia pasaba por aguantar sin abrirlo.


A Rankin le engulló una tormenta eléctrica en la que se alcanzaban los -50ºC


A Rankin le había engullido una tormenta en la que se alcanzaban los -50ºC y sus manos y sus piernas se congelaban. Comenzó a sentir el frío inhumano que le entumeció las extremidades y al poco rato le paralizó el brazo izquierdo. Cayendo sin control, cubierto de sangre debido a que la presión le había roto las venas de la nariz causándole una hemorragia nasal, se resistía manteniendo una anómala serenidad para no accionar el paracaídas demasiado pronto. Si lo hacía, o bien moriría de hipotermia porque el descenso sería más lento o bien perdería la vida porque los rayos se lo agujerearían. Tenía que esperar.

Fueron instantes de infierno que transcurrieron como años. Zarandeado violentamente de un lado para otro por las corrientes de aire de la tormenta y sin apenas ver absolutamente nada por el granizo que caía, sintió un tirón. El paracaídas se había abierto. Lástima que la odisea no terminara con eso.



Rankin experimentó un fenómeno llamado Cloud Suck en el que las corrientes térmicas de debajo de la nube hacen que bailes en el aire como una inútil mota de polvo más. El piloto descendía hasta que una corriente le impulsaba rápidamente otra vez para arriba.

Bajaba y subía a la voluntad del clima con el peligro de que el paracaídas se le enrollarse alrededor de su cuerpo.  

El proceso se repitió tantas veces que Rankin perdió la cuenta.

Agotado, herido y a punto de dejarse vencer, vio la luz. No la de la muerte, sino la que aparece después de un brutal tormenta. La tempestad se esfumó y solo quedaron de ella inofensivas gotas de agua. Su última desdicha fue que una violenta ráfaga lo embistió contra un matorral. Un desenlace cruel pero al fin y al cabo... estaba vivo.  

Miró el reloj: las 18.40. Se había pegado 40 minutos dando tumbos en la atmósfera. Increíblemente, el hombre aún tuvo fuerzas para andar hasta un pueblo cercano que le permitiera llamar a una ambulancia. Un año después Ranking detalló su batalla más épica en un libro, The Man Who Rode the Thunder. Así pasó a ser el hombre que cabalgó una tormenta.


share