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Viaje al fin de la televisión

Aunque pensemos que la televisión estadounidense ha sido plagiada en todo el mundo, lo cierto es que aún conserva unos cuantos rasgos autóctonos completamente delirantes

Anuncios, miles de anuncios. Eso es lo que fundamentalmente va a usted a ver si atiende al consejo que Magic Johnson —cuyos rasgos faciales parecen envejecer en estilo Disney— ofrece en todas las estaciones de metro de Nueva York, y contrata Time Warner Cable por apenas 22,99 dólares al mes, 22 euros al cambio. También podrá zapear (y sus más de mil canales favorecen el movimiento compulsivo del dedo), pero dos de cada tres veces seguirá tropezando anuncios.

Dos rasgos distinguen a estos anuncios estadounidenses: el primero es una intensa confianza en las posibilidades del bricolaje (aspecto que no desarrollaremos) y el segundo es una pérdida de protagonismo del fabricante en beneficio del punto de venta. En lugar de anuncios pagados por marcas con el objetivo de mentir descaradamente sobre las propiedades sanitarias o afrodisíacas de sus productos, predominan los propietarios deseosos de informarnos que en sus honestos establecimientos se nos dará una porción de realismo contable: más cantidad por menos dinero.

En ocasiones el flujo de anuncios se interrumpe y asoma una porción de programa. Los convencidos de que la televisión es “igual en todas partes” están de enhorabuena: un repaso superficial bastará para saturarse la retina con conductores de late-show con taza y banda de música, jurados de toda clase de habilidades artísticas y culinarias, y concursos en casas aisladas, islas, hoteles y granjas.

Es posible que en Estados Unidos se cercene con la misma velocidad que en España a los programas que no tienen éxito inmediato. Sin embargo, la enorme cantidad de televidentes permite a los formatos una suerte de inmortalidad. Formatos tan viejos como los programas de rol en vivo, concursos muy similares al Un, dos, tres, una suerte de Waku-waku o remedos de jurados populares, cuyo momento ya pasó para el prime time… acumularon la suficiente cantidad de fieles para mantener pasados los años una existencia zombie en los canales más residuales.

Del country al deporte individualista

Sería injusto acusar a Time Warner de no ofrecer “programación cultural”, siempre que se asimile esta al “entretenimiento”. Más de treinta canales ofrecen música continua (mientras en la pantalla se suceden anuncios de seguros y variadas propuestas para denunciar a los vecinos) en un minucioso menú de especialidades y subespecialidades (los amantes del Country pueden escoger entre clásico, moderno, de éxito o fusión), y un número que parece acrecentarse a diario emite cachitos de películas “Blockbuster”. Sería más preciso decir que la clase de “cultura” que ofrece Time Warner no exige ninguna clase de pensamiento (si exceptuamos los interrogatorios de Charlie Rose), y que el mayor desafío intelectual que nos ofrece es comprender el béisbol.

Hablando de deporte, durante el tiempo que estuve abonado tuve la oportunidad de ver la “World Cup”. Cada partido lo presentan dos ex–jugadores trajeados. A diferencia de los locutorios patrios, los estadounidenses apenas recurren al recurso de chorrear sonidos inarticulados (una dimensión del bochorno donde los pueblos “latinos” sí que son invencibles). Pero lo que más me atrae es la combinación de paciente didactismo y caballerosidad: los locutores estadounidenses repasan las virtudes y las posibilidades de clasificación de equipos como Japón, Costa de Marfil o la inquietante Irán sin que se les escapase la risa. Acostumbrados a deportes como el baloncesto o el futbol americano, en donde es inconcebible que la estrella de la selección no sea participe en el juego, ellos sienten como una afrenta que Neymar, Ronaldo o Messi se pasasen media hora sin rascar la bola, y deben disculparse de ello ante el espectador.

Esta concepción individualista del juego (pues no hay historia que valga sin un protagonista bien definido) les lleva a desentenderse del partido que se está jugando para establecer duelos a través del tiempo entre los astros de hoy y de los de ayer: ¿estará Neymar a la altura de Pelé?, ¿superará Messi a Maradona?, ¿conducirá Müller a su selección tan lejos como Beckenbauer? La retransmisión llega al colapso cuando el partido agota el “tiempo reglamentario” con un vibrante cero a cero. Uno sufre, solidario, con aquellos locutores situados en el brete de explicarle a unos espectadores que el pase a la siguiente ronda iba a decidirse jugando a un deporte distinto.

Vejación en directo

Y hablando de apuro (y bochorno) Time Warner sabe cómo explotar la inmensa disposición del ciudadano a humillarse a cambio de que le saquen un rato en la tele. Casi todo está exportado, pero en España aún no he visto ningún concurso que obligue a los espectadores a asistir ataviados con disfraces absurdos (aunque muy consecuentes desde la perspectiva de la vejación): animales, naipes, bombillas, heliotropos y toda clase de balones.

Diestros como somos en el formato de torturar en directo a ciudadanos próximos a la categoría de analfabetos funcionales, estoy seguro que los programadores conocen bien al Dr. Phil y su show en el que (con ayuda de su esposa y cómplice) induce a los “invitados” a confesar delante de sus hijos que trapichean con drogas, o le desvela a una madre aturdida por los sedantes que su vástago (recién fallecido en un accidente de tráfico) era un criminal. Otro doctor cuyo nombre no recuerdo se dedica al monocultivo de sacudir cada tarde parejas que tuvieron un hijo cuando eran menores. Ambos doctores consiguen que la inevitable sospecha de que en la televisión actual no hay línea de diálogo que no esté en el guión deje de parecernos una estada y suene como un alivio.

Pero no todo es inmundicia. También encontramos generosas dosis de tontería. Mi favorito es un canal temático donde una serie de varones se van de compras, hacen deporte, acuden a restaurantes, cantan, rompen cosas, lloran, gritan, se acuestan, se cepillan los dientes o se despiertan acompañados de personas de sexo femenino apellidadas Kardashian. La cosa suena agotadora, pero antes de que el lector se estrese conviene recordarle que las Kardashian son un montón y que cuentan con la inestimable ayuda de los bloques de anuncios para que pasen las horas.

Las verdaderas mujeres

Sin embargo, el más inquietante de los formatos, el más mutante e incalificable (al menos para mí) es The Real Housewives que en Nueva York lleva seis “temporadas” en “antena”, pero que cuenta con franquicias en Atlanta, New Jersey, en D. F, Miami, Beberly Hills, Atenas, Vancouver, Cheshire y Londres, amén del decano: Orange Country (un pedazo de tierra al sur de Lon Ángeles, sin un centro urbano definido, economía dudosa, y una coqueta bandera toronja). Allí cinco o seis mujeres de clase alta escenifican sus problemas íntimos (celos, adulterios, un hijo demócrata, joyas, compras, abuelos seniles, piscinas colonizadas por hongos viscosos) en un escenario de obscenidad inmobiliaria.

No se trata de un concurso porque no hay premio (o yo no fui capaz de verlo). No termina de ser un un reality porque en lugar de “simular” que las situaciones son reales para que el espectador no aprecie el “guión”, se “representan” situaciones para que el espectador crea que se está “representando” una situación real. Tampoco es una serie porque los productores aseguran que se trata de “documentar la vida de mujeres de clase alta que viven una vida glamorosa”. ¿Tenemos que verlo como un documental? A la espera de que alguna cadena traslade el formato por aquí para aclarar el asunto, no me quito de la cabeza a los maridos que resoplaban en segundo plano mientras las Real Housewives siguen a lo suyo —estoy casi tentado de sugerir que atónitos ante el espectáculo de lo corriente y cotidiano venían a simbolizar al propio espectador—, pero como no sé muy bien dónde me llevaría la comparación mejor lo dejamos aquí.

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