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Two Girls One Cupcake: ¿por qué nos disgustan los pastelillos de colores?

Más famosa que la de Proust, la magdalena de colorines revolotea en el imaginario colectivo como un objeto a evitar. Hablamos con gente que dedica su vida al cupcake para discutir mitos y leyendas

Clara y Lidia son al azúcar lo que Walter White y Jesse Pinkman a la metanfetamina. Conocen la materia, la cocinan de puta madre y logran que el cliente se vuelva loco con su producto. Su material es casero, desbordante, contundente sin ser pesado al estómago, muy bien decorado y realmente barato. Las dos son muy jóvenes y creativas. La primera viene del mundo del diseño gráfico; la segunda es estudiante de Literatura, y las dos, apasionadas de la pastelería, intentan que en su cocina se note el cariño y la inquietud artística que las caracteriza.

Recientemente encontré su Cat Factory de regreso a casa; en carrer Lleó, su levanta muchas preguntas: ¿otro sitio de cupcakes en el Mundo? ¿Dos chicas jovencitas comenzando una aventura en esta calle desconocida de Barcelona? ¿Son el equivalente a 2 Broke Girls en nuestro país? ¿A quién se le ocurre? ¿Cuánto durarán? ¿Qué clase de emprendedoras confían en la harina y en el azúcar? Entré y me atendieron con gracia. Me explicaron de qué estaba hecha cada tarta, cada galleta, cada cupcake. Me animaron a admirar la exposición que había en sus paredes (en aquel entonces eran fotografías de Mara Blackflower). Me invitaron a su próxima inauguración. Me explicaron que aquel lugar pretendía ser un espacio de encuentros culturales. Me cortaron una porción de delicioso pastel de zanahoria. Me fui de su pequeño paraíso no sin antes hacer una foto de Instagram. Me senté en el sofá de mi casa con el pastel en las manos. Temblorosa de placer, me lo comí.

Reivindicando el cupcake, el pequeño negocio y las meriendas

Reivindicando el cupcake, el pequeño negocio y las meriendas

Llevo varios días merendando tartas o cupcakes de The Cat Factory: la merienda es un viaje a la infancia y la adolescencia, como si pasados los veinte nos estuviera prohibido tener un capricho entre la comida y la cena. La merienda es un acontecimiento bonito e importante, presente cada vez en menos sitios, como cree Clara. Con ella hablo tomando un café, las dos sentadas en unos cojines de colores que hay frente al mostrador de su pastelería. Clara quiere recuperar la costumbre de merendar a gusto, tomando un té y un dulce que nos permita avanzar sin deprimirnos en las frías tardes de invierno.

Su reivindicación, sin embargo, va más allá. The Cat Factory es una suma de apuestas. La primera es gastronómica y tiene que ver con su obsesión por los sabores e ingredientes más puros. La segunda es estética, en un mundo en el que la pastelería americana y en conreto los cupcakes parecen los hermanos menores y modernitos de la repostería. Una tercera es cultural, con un espacio en el que pretenden complacer a nuestro estómago y nuestra mente. La última apuesta es generacional, pues Clara y Lidia, con 28 y 21 años, han elegido no quedarse en casa de brazos cruzados, ni en la precariedad de una oficinas en las que siempre se nos dará trato de becarios. Las dos han invertido su dinero y esfuerzo en un pequeño negocio con el que han puesto una nota de color y sofisticación a las calles de un barrio en el que solo parecía haber bares, tabernas y kebabs.

Esto no es Excalibur, es una cuchara

Reivindicando el cupcake, el pequeño negocio y las meriendas

Dicen los chicos de No más platos de mamá que “ comer bien siempre ha sido, es y será trending topic”. De ahí que los cupcakes estén tan mal vistos en el mundillo gastronómico: a pesar de ser uno de los hashtags más repetidos en Instagram, también es uno de los productos peor tratados en la historia reciente de nuestras cocinas. Para empezar, un cupcake no es una magdalena con un pegote de Nocilla encima. Tampoco es un bizcocho grasiento descongelado y cubierto por una capa de azúcar, en la que después de clavar la cuchara, ni el propio Rey Arturo podría recuperarla. Como esos restaurantes que llaman sushi a la bola aplastada de arroz con palito de cangrejo, Clara admite que buena parte de las pastelerías de este país no conoce el verdadero arte de cocinar cupcakes. Por eso en el imaginario colectivo esas magdalenitas cursis y empalagosas nos han acabado resultando tan horribles.

Ahora que lo sabemos, merecen una nueva oportunidad.

En la crema de la cocina de Clara y Lidia, la cucharilla se hunde con suavidad, y en nuestras venas el azúcar viaja despacio y poderoso, como la mejor de las drogas de Pinkman y White.

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