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Travestismo, honor y violencia: así es el contradictorio mundo de la lucha LGTB

El público les grita "maricones"; ellos sienten que allí son más libres que nunca

En 2010, el hermano de Chris Kanyon se acercó al domicilio de este en Queens para ver cómo se encontraba. Acababa de suicidarse con una sobredosis de antidepresivos y a su lado yacía una nota de disculpa a su familia. Se sabía que Kanyon tenía trastorno bipolar, pero muchos achacan su suicidio (tuvo varios intentos anteriores) a las constantes humillaciones que había sufrido tras declarar públicamente su homosexualidad.

Kanyon era una estrella de la lucha libre norteamericana. Al menos, lo había sido, antes de dejar de esconderse y confesar abiertamente lo que todo el mundo sabía pero nadie quería ver. Después llegaron las notas de apoyo, las declaraciones de tolerancia los miembros de la WWE (World Wrestling Entertainment) y, por supuesto, todas las vejaciones encubiertas que muchas de estas muestras escondían: dejó un libro casi terminado, Wrestling Reality, que narraba la verdadera situación de ser un homosexual en el ámbito del wrestling y que fue finalmente publicado en 2011.

Antes y, sobre todo, después de él, muchos luchadores han hablado abiertamente de su homosexualidad. Pero en u n mundo marcado por la testosterona, las ideas conservadoras y una audiencia que normalmente refleja la vertiente más reaccionaria de América, pelear en el ring y ser gay es una ecuación que suele salir cara.

Hace unas semanas, la revista Jacobin publicaba un largo reportaje sobre los entresijos del wrestling, uno de los negocios de entretenimiento más lucrativos de Estados Unidos.

“Este espectáculo, que factura casi ochocientos millones de euros, se basa enteramente en una economía sin piedad, en la explotación mental y física de sus actores”, se afirma en él.

Se habla de actores, no de luchadores porque, según cuenta el reportaje, todas las peleas están pactadas. Y se define al negocio como un ámbito basado en la mafia entre sus promotoras, la presión sobre sus estrellas y su magistral habilidad para esquivar la ley.

Si el wrestling norteamericano no es investigado es porque no se ha constituío como un deporte, sino como una forma de entretenimiento millonaria. El programa Raw, que lleva en antena más de veitne años, sigue viviendo un éxito de audiencia aplastante y ha tenido estrellas invitadas tan dispares como Hugh Jackman, Snoop Dog, Ozzy o Ashton Kutcher.

“La WWE son veinte minutos de palabrería y dos minutos de lucha”, cuenta Cassandro en el extenso perfil que le dedica eñ New Yorker, refiriéndose a los estudiados guiones con que se prepara cada encuentro. Saúl Armendáriz, alias Cassandro, es una estrella de la lucha libre mexicana, una práctica mucho más arraigada al folklore de su país, mucho más teatralizada (que no guionizada) que la norteamericana y con unos rasgos tan paradójicos que la convierten en un microuniverso en el que las creencias generalizadas no se aplican:

En la lucha libre mexicana hay un público sediento de espectáculo y violencia, una audiencia que contempla los encuentros como si se tratara de un ritual y que insulta o anima a los luchadores como si le fuera la vida en ello. Un mundo, como en norteamericano, conservador y tradicional y , que, sin embargo, lleva nada menos que sesenta años dando cabida a la homosexualidad, el travestismo y lo queer de forma completamente natural.

Cassandro es el vivo ejemplo de ello. Es, quizá, el exótico más famoso de la actualidad o lo que es lo mismo, el último de los muchos luchadores travestidos que han triunfado en la lucha libre mexicana.

Los exóticos existen desde los años cuarenta, desde el momento en la que la estrella de la lucha Sterling davis se puso el apodo Gardenia Davis, comenzó a vestirse como una mujer y empezó a tirarle flores al público en sus encuentros. Desde entonces, los exóticos se convirtieron en un rol dentro del sector. Pelean entre sí o contra los rudos o villanos, que escenifican al macho violento.

Porque, a pesar de dar cabida al luchador travestido o ataviado con elementos femeninos, la lucha libre mexicana, fuertemente teatralizada, se basa en escenificar de forma hiperbólica papeles tradicionales; mientras los rudos interpretan al hombre en su vertiente más agresiva, los exóticos juegan a ser afeminados y, por extensión, sensibles. El público los llama maricones o jotos pero eso, curiosamente, también forma parte del espectáculo.

En cualquier caso, y a pesar de basarse en guiones reaccionarios, el hecho de que los exóticos protagonicen desde hace décadas uno de los rituales de entretenimiento más famosos de México, les ha permitido ser más libres dentro del ring que fuera:

Desde los años ochenta, muchos de estos luchadores no sólo se vistieron con atuendos andróginos o feminizados, también pudieron declarar abiertamente su homosexualidad. Eso permitió que muchos homosexuales mexicanos eligieran ser luchadores para poder mostrarse tal y como eran, algo que una sociedad fuertmeente conservadora no les permitía.

Es el caso de Cassandro, que tomó su apodo de Cassandra, la dueña de un burdel de Tijuana que ayudó durante su vida a los más desfavorecidos de la zona. Sufrió humillaciones durante toda su infancia y adolescencia, tuvo que convivir con un padre que le repudiaba por su condición y, cuando por fin se maquilló para subir al ring (la mayoría de los exóticos no llevan máscara) sintió que por fin podía mostrarse como era.

Eso no implicaba, sin embargo, que los exoticos no tuvieran que lidiar con las enorme presión que su condición de luchadores “afeminados” cargaba sobre sus espaldas:

Cuenta Cassandro en el New Yorker que ha sufrido varias agresiones por parte de la audiencia. En una ocasión, una mujer intentó apuñalarlo por la espalda por “haber derrotado a su luchador favorito”, otra, le lanzó a la cara durante uno de sus encuentros un plato de Chile.

En un ámbito lleno de paradojas, la libertad sexual y estética convive con un fuerte sentido del honor. Cuando un rudo pierde varios encuentros, se quita la máscara y muestra el rostro a su audiencia, porque este es el mayor signo de humillación que puede experimentar. Hay, del mismo modo, combates en los que la derrota se paga con pelo; el perdedor debe raparse la cabeza frente a cientos de personas.

Cassandro, que como muchos otros exóticos sobrellevaba las contradicciones consumiendo alcohol y drogas, intentó suicidarse al saber que le tocaba combatir con el Hijo del Santo, el rudo más reputado e imabtible de todo México. Lo hizo por el miedo al ridículo.

En 2008, ya completamente limpio, tuvo que enterrar al que fue su mentor y el de muchos otros exótico: Baby Sharon, uno de los primeros luchadores en mostrar abiertamente su homosexualidad. “Llamamos a su familia en Guadalajara, pero su hija no les quiso contar que había muerto. Se avergozaban de él”, confiesa.

Hoy Cassandro es una estrella también fuera de su país. Ha participado en varios canales de televisión y diarios internacionales narrando su historia de amores y odios y animando a los jóvenes homosexuales a sentirse libres. Hace un año, se estrenó un documental dedicado a su figura “Cassandro, el exótico” en el que cuenta sus avatares en un mundo, el de la lucha. tan machista como aparentemente liberado. Desde su posición de celebridad, ayuda a jóvenes luchadores a conseguir la documentación para emigrar a Estados Unidos. Tal vez odie el wrestling, pero es consciente de que es un medio necesario para lograr la libertad económica que muchos luchadores mexicanos no tienen en sus regiones de origen.

Mientras tanto, la lucha libre seguirá siendo un microuniverso lleno de contradicciones: el lugar donde los hombres pueden ser libres mientras son insultados por su condición, donde los exóticos pueden declarar abiertamente quiénes son sólo si dentro del ring soportan la presión y escenifican papeles humillantes. Una práctica con una audiencia conservadora, sedienta de espectáculo, que honra a sus ídolos y vapulea a sus contrincantes y, al mismo tiempo, un espectáculo que sirve de ejemplo a la comunidad LGTB mexicana para reivindicar sus derechos.

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