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¿Y si el Trastorno por Déficit de Atención fuera un gran invento de la industria farmaceútica?

El enorme crecimiento en los casos de TDA diagnosticados podría ser el resultado de una gran campaña de marketing orquestada para vender medicamentos

En 1990 había diagnosticados en Estados Unidos 600.000 casos de Trastorno de déficit de atención ( TDA). A día de hoy, hay más de tres millones y medio. ¿Significa esto que existe una epidemia de TDA? Para nada.

Un reportaje de The New York Times denuncia las malas artes con que las compañías farmacéuticas tratan de expandir sus mercados a través del marketing. Según afirma el prestigioso medio norteamericano, el enorme crecimiento de los casos diagnosticados no es producto de una enfermedad cada vez más extendida, sino el resultado de una gran campaña para vender medicamentos como Adderall.

Editar cómics con superhéroes naturalizando el trastorno. Anunciar que el TDA conduce al fracaso personal y escolar de los jóvenes afectados. Pagar a científicos para que asistan a congresos y publiquen artículos sobre este tipo de patologías. Fundamentar una publicidad engañosa que ningunea los terribles efectos secundarios de la enfermedad en esos mismos artículos científicos. Hacer propaganda sensacionalista para convencer también a los adultos de que sus fracasos matrimoniales pueden ser producto de un TDA no diagnosticado. Distribuir tests en internet que permitan el autodiagnóstico por parte de los internautas. Son sólo algunos ejemplos de las prácticas que compañías como Shire han estado realizando para convertir el TDA en el monstruo que conocemos.

A base de generar alarmismo social y manejar un lenguaje pseudocientífico ajeno al común de los mortales han conseguido que cuajara un mensaje —el trastorno de déficit de atención como un gran obstáculo en el camino hacia la felicidad—, que han vendido de forma traidora a los niños, pero también a los padres y a los médicos.

La ambigüedad de los síntomas —descuido, falta de concentración, impaciencia— permiten que ciertas conductas más o menos comunes sean etiquetadas como "enfermedad". Los detractores de estas prácticas, como el célebre psiquiatra Thomas Szasz, llevan años señalando que no se puede estigmatizar a los niños por su comportamiento: una patología sólo debe diagnosticarse en base a criterios objetivos y científicos sobre el mal funcionamiento del organismo, nunca debe ser un instrumento de regulación y normalización de las conductas. En caso contrario se corre el riesgo de acabar convirtiendo los problemas éticos y políticos en "enfermedades mentales" a ser tratadas farmacológicamente. Para engordar, de paso, la cuenta de resultados de algunas grandes compañías.

Puedes acceder al extenso artículo del The New York Times siguiendo este link.

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