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Libertad, igualdad y promiscuidad: cómo ser una puta revolucionaria

O la excitante y desgraciada vida de Théroigne de Méricourt, a quien se le atribuye el 'Catecismo libertino' de la revolución francesa

"Una puta es una muchacha que, habiéndose despojado de todo pudor, no se ruboriza al entregarse a los placeres sensuales y carnales con los hombres".

Esta definición pertenece al Catecismo libertino para muchachas de vida alegre y señoritas que decidan ejercer esa profesión, publicado por primera vez en 1791. Este texto se le atribuye a la revolucionaria Théroigne de Méricourt, de quien se edita ahora La furia, un completo estudio que incluye este manual para ser una buena prostituta. 

1. El libro: Catecismo libertino

Escrito en plena revolución francesa, y con la mirada puesta en la igualdad entre sexos, el texto se encuentra a mitad de camino entre la lujuria y un ácido humor sobre los hombres. Todo comienza con una oración a María Magdalena. A la patrona de las putas se le pide que la principiante llegue a conseguir una gracia tan célebre en París como la que la santa poseía en Judea.

Pero el Catecismo libertino es por encima de todo un pragmático manual profesional. Uno de sus consejos más útiles es aquel que no olvida el bolsillo de la interesada. Aunque sea revolucionaria, libidinosa y autónoma, al fin y al cabo esto es una empresa.

Veamos. Cuando el cliente entra en la habitación, la prostituta "con una mano sutil debe desatascar el botón del calzón mientras que con la otra debe sostener el miembro ya excitado por los primeros tocamientos. Es en ese instante cuando ella debe aprovechar para reclamar su salario, que el fornicador se apresurará a otorgar". Y es que sin sangre en la cabeza el tiempo es más que oro.

Contra el cliente tacaño, especialmente si es clérigo, la puta debe tener presente la frase "yo vivo del coño como usted del altar". Una puta astuta puede ser ingenua una o dos veces si luego se toma la revancha con veinte clientes.

¡Ah! Y en la habitación de una experta no debe faltar una buena fusta con los colores de la bandera de Francia, por si "la actitud perezosa de la verga" del cliente solo encontrase provocación en remedios violentos. Si treinta azotes patrióticos no sirven, "deberán emplearse los látigos y las disciplinas con alfileres".

Decrépito, libidinoso, fornicador, bobo, calzonazos o enclenque son otras maneras, según el texto, de llamar a los clientes. También se advierte a las prostitutas acerca de las condiciones de salud e higiene del solicitante: "Si se da cuenta de que el calzón parece un mapa geográfico, es signo inequívoco de que la verga está enferma".

También leemos un sorprendente ataque contra el preservativo, que en esa época era una funda de piel de cordero usado contra la sífilis. Este artilugio "no gusta mucho a las mujeres ardientes en el coito ya que el gozo se mitiga en ambas partes y hace falta una imaginación muy viva para mantener la excitación en este tipo de fornicio".

Con respecto a la edad de jubilación de la profesional en cuestión, depende. " Las rubias deben dejar el negocio antes que las morenas por ser más propensas al aflojamiento de sus carnes". Aunque el texto fija la edad de retiro en los 40 años, "una decrepitud lívida y las arrugas florecientes" son señales de que hay que ir pensando en actualizar el Infojobs del siglo XVIII.

El Catecismo libertino es hijo de un momento político en el que la libertad también tenía que haber estado en la cama. Pero, ¿qué mujer estaba detrás de este manifiesto en favor del orgasmo progresista?

2. El mito: histérica de ojos de fuego

Casi todo lo que conocemos sobre la autora procede de sus enemigos. Ni siquiera los historiadores se ponen de acuerdo sobre si Théroigne de Méricourt es la autora del Catecismo libertino o no.

Sus enemigos, en el intento de hacerla parecer una feminista histérica, fueron los que deformaron su vida hasta desdibujar la frontera entre mito y realidad. La temían.

De ella se dice que sirvió de modelo para la abanderada de La libertad guiando al pueblo, el archiconocido cuadro de Delacroix. Unos años más tarde, el poeta Baudelaire la describiría en Las flores del mal como "amante de las matanzas, excitando al asalto a un pueblo sin calzado, con las mejillas y los ojos de fuego".

3. La amenaza: feminista armada

Théroigne siempre incomodó al poderoso. Odió a la monarquía de Luis XVI. Por supuesto, participó en la toma de la Bastilla de 1789.

Después, se posicionó contra el proceso de violencia que llevaría al poder al misógino Robespierre. Ella quería la unidad de todas las facciones contra la reacción conservadora. La consigna era clara: que radicales y moderados dejasen de pelear entre ellos y que los clubes femeninos acabasen formando un ejército de amazonas armadas que defendiesen la revolución.

La relación entre derechos de la mujer e Ilustración era, digamos, difícil. Basta un dato para dejar en evidencia para quién estaban pensados los derechos "revolucionarios". En 1789 se proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; sin embargo, las mujeres francesas no pudieron votar hasta 156 años después.

En mitad de la espiral de violencia interna en el movimiento revolucionario, Théroigne fue un día rodeada en plena calle. La desnudaron y la azotaron en público. La acusaban de moderada y poco radical por sus críticas a los jacobinos. En ese momento comenzó su descenso a la locura.

4. La mujer: razón o muerte

Era 1793, el año en que el Terror jacobino de Robespierre se hizo con el poder. Una de las primeras medidas de aquel gobierno "radical" fue prohibir los clubes femeninos: la mujer debía volver a casa, al ámbito privado. Y aunque María Antonieta perdió físicamente la cabeza aquel mismo año, nuestra protagonista la perdió de una manera aun más dolorosa.

Decepcionada hasta el aislamiento, se encerró en casa por donde se cuenta que paseaba desnuda y arrojándose cubos de agua helada por la cabeza. Finalmente, sería internada en el manicomio de Salpétriére, donde pasaría los últimos 20 años de su vida.

Cuando murió, totalmente ida, en 1817, en Francia había de nuevo un rey, Luis XVIII. Fue impuesto por la reacción conservadora que Théroigne había identificado como el verdadero enemigo de la revolución dos décadas atrás.

Perder la razón la salvó de la guillotina.

Eso es justo lo que Théroigne tenía: la razón.

Lo más parecido a un machista conservador es un machista revolucionario

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