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Terry Richardson se defiende de las acusaciones de abuso sexual (pero no demuestra nada)

En un artículo firmado en The Huffington Post, el fotógrafo sale al paso de las voces que le acusan de aprovecharse de las modelos con las que trabaja

Terry Richardson es un personaje especialmente odiable y él lo sabe: su bigote no gusta a mucha gente, y si nos ponemos muy apriorísticos podríamos decir que se le ve en la cara que tiene algo de sátiro, de guarro y mala gente. Al menos, en este tipo de premisas es en las que se basa el estereotipo del fotógrafo de moda como alguien que ha bordeado los límites de la legalidad y la moral en sus prácticas profesionales, llevándose al huerto a todas las modelos con las que ha trabajado, imponiendo el derecho de pernada y propasándose en el trato.

En los últimos tiempos parece como si se hubiera roto la veda, o el pacto de silencio, o de miedo, y muchas voces se han alzado contra él en un fenómeno que recuerda al de las revueltas de las nadadoras olímpicas de sincronizada contra su entrenadora, la ‘dictadora’ Anna Tarrès. La modelo Charlotte Waters le ha acusado de abuso sexual, y con ella se han disparado muchísimos rumores. Y ya iba siendo hora de que Richardson dijera algo en su defensa.

Finalmente lo ha hecho a través de un artículo en el Huffington Post publicado ayer con el título de ‘Correcting the Rumors’ (Rebatiendo los rumores) en el que afirma que todo lo que se está diciendo sobre su persona son “falsas acusaciones contra mí”, y que tras haber elegido mantenerse en silencio, ha llegado el momento de responder porque la cosa ya se estaba saliendo de madre. “Me he dado cuenta de que si mi voz está ausente en esta conversación, todo lo que va a quedar son las mentiras”.

¿Cómo se defiende Richardson? Primero, desarrollando la tesis de que su trabajo parte de una revisión de la estética del East Village neoyorquino de los años 90, sucio y sexual -y hasta aquí nada que objetar, porque esa estética ha dado varios ejemplos de arte mayúsculo en los últimos años, no sólo en su trabajo como fotógrafo, sino en las óperas de Mozart montadas por Peter Sellars e inspiradas en la misma imaginería, todavía hoy clásicos de las artes escénicas-, y más tarde asegurando lo siguiente:

“He colaborado con mujeres que han dado su consentimiento y que estaban plenamente al tanto de la naturaleza de mi trabajo, y como ocurre en cualquier proyecto de este tiempo, hay que respetar lo que se ha firmado. Nunca he utilizado una oferta de trabajo o una amenaza de despido para coaccionar a nadie para hacer algo que no hubieran querido hacer. A cualquiera que trabaje conmigo le concedo el suficiente respeto y considero que son libres de hacer lo que quieran en consecuencia. Por tanto, es difícil que no me vea como parte de un acoso y el objeto de un revisionismo histórico”.

¿Le creemos? ¿No le creemos? La leyenda urbana sobre Terry Richardson es plenamente conocida, y en su caso no se trata de que haga desvestirse a las modelos previa firma de un contrato laboral, sino que muchas de esas modelos ya tienen experiencia en el trabajo de desnudo y, aún así, han confesado ver cosas insólitas en los métodos de trabajo de Richardson.

Al fin y al cabo, aquí nadie ha demostrado nada aún: ni la culpabilidad de Richardson ni, a tenor de su carta de defensa, tampoco su inocencia. ¿Cuál será el próximo capítulo en este culebrón?

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