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La liga de las mujeres normales que lograron cosas extraordinarias

La novela gráfica 'Sufragista' explora desde una perspectiva original el movimiento por el voto femenino

La lucha de las mujeres es una historia de amor y de violencia.

De amor hacia sí mismas y de violencia recibida por parte de una sociedad hostil. Es la historia de Sally Heathcote, la empleada doméstica de Emmeline Pankhurst, fundadora en el Manchester de 1903 de la Unión Social y Política de las Mujeres, la WSPU.

Es la historia de Sufragista (Ediciones La Cúpula).

Junto a Pankhurst, Sally descubre que hay labores más allá de la costura. Hay una calle que tomar y una vida pública en la que estar presente, más allá de las cuatro paredes a las que las relegan los hombres. Sally va tomando conciencia de su opresión.

Y esta opresión es doble: como mujer y como trabajadora.

Radicalizarse, por tanto, no es una opción. Es el único camino. Tras superar su timidez inicial, ese rasgo que con tan buenos ojos ven algunos hombres, Sally participa más y más en los actos por el sufragio femenino. Las protestas también se endurecen.

Un Viernes Negro de noviembre de 1910, varias manifestantes sufragistas son brutalmente tratadas por la policía ante el Parlamento británico. Parte de la prensa, ante la escena de violencia, se pone del lado de estas mujeres. El gobierno británico tiene, a partir de este momento, un problema de imagen.

Sally también. Es encarcelada. Allí sólo conocerá más humillación y represión: lleva a cabo una huelga de hambre, que ve frustrada por una alimentación a la fuerza que hoy se consideraría como tortura.

Pero la presión que habían hecho estas valientes mujeres en las calles británicas iba dando resultados. Aunque no los esperados. Los liberales tienen que mover ficha: legalizarían el voto femenino si ganaban las elecciones.

Mujeres y trabajadoras

Cuando una delegación de sufragistas es recibida en 1911 en Downing Street, éstas tratan de ganar una doble batalla: exigen el derecho al voto de la mujer, pero también plantean una serie de reivindicaciones de carácter laboral. El movimiento ataca las raíces mismas del sistema.

Y el sistema no está dispuesto a ceder. Las promesas no se cumplen y cada vez más sufragistas son encarceladas.

En aquella rancia Inglaterra, Sally y sus compañeras eran guerrilleras. Un soplo de vida a la mortaja de la conservadora y machista moral eduardiana. Ser mujer consciente equivalía a estar fuera de la ley o a jugarse la vida por tus derechos. Una dura lucha que ilustra a la perfección Emily Davison, mortalmente atropellada en una carrera por el caballo del rey Jorge V. Reclamaba el voto femenino.

La I Guerra Mundial le arrebatará a Sally a su compañero Arthur. También verá cómo algunas de sus compañeras apoyan la guerra de los hombres, debilitando la unidad del movimiento sufragista.

Todavía tendrían que pasar más mártires y más años para que las mujeres pudieran votar. Primero, las propietarias mayores de 30 años. Tras conseguir el voto igualado al del hombre a los 21, en 1928, faltaba todavía mucho: un siglo de lucha que aún no ha acabado.

Cada milímetro de terreno es una conquista. Y no necesitan ser extraordinarias. Nadie les ha regalado nunca nada

Como nadie le regaló nunca nada a Sally. Aunque no existiera nunca, ella es millones de mujeres.

La lucha de las mujeres nunca tiene fin

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