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Starbucks ya tiene su propio documental "Super Size Me"

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¿Existe algún tipo de crítica real en los programas tipo "21 días"?

eudald espluga

03 Enero 2014 11:20

Comer sólo en establecimientos Starbucks durante todo un largo año: ésta fue la peculiar misión que se encomendó una mujer de Seattle llamada Beautiful Existence. Este sujeto de inverosímil nombre anunció a principios de 2013 el original propósito de año nuevo en su blog. Trescientos sesenta y cinco días después, podemos confirma que lo cumplió.

Este reto es la reedición del famoso documental 'Super Size Me', ahora aplicado a la cadena Starbucks y aparentemente despojado de todo halo de crítica social. En cierta medida, hasta los programas de '21 días' que se emitieron en España, si bien se servían con grandes cucharadas de sensacionalismo y según la lógica del reality show, contenían algo de retrato cultural al vivir desde dentro una realidad degradante. Por lo menos veíamos a Samanta Villar humillándose. Era algo que llevarnos a nuestros insaciables estómagos carroñeros.

Sin embargo, ¿a santo de qué Beautiful Existence se autoimpone un castigo divino digno de Tántalo? Tras la que para muchos sería una dolorosa experiencia, solamente se lo ocurre decir que fue algo dura al final y que ya tenía ganas de comerse una buena pizza. No ha engorado, ni la vemos flacucha. No ha sido el peor año de su vida, tampoco el mejor. No parece que haya recibido grandes sumas de dinero de algún sponsor, tampoco de Starbucks, ni que la fama le esté esperando tras la proeza. El resultado de su tortura alimenticia es un vídeo de apenas un minuto y medio que recoge una sucesión de selfies que Existence se hizo comiendo en Starbucks. Vamos, que pintó su sorprendente récord con los pálidos colores de lo anticlimático.

Entendemos lo atractivo que es, en cambio, el reto de Mark Malkoff, que demostró que en Los Simpson no exageraban al imaginar centros comerciales y ciudades enteras pobladas únicamente de Starbucks: en Manhattan hay 171 establecimientos de la cadena. Su misión consistió en entrar y consumir en todos ellos el mismo día. Era un propósito gracioso, paroxístico y que destacaba una realidad social. Encarnaba otra forma de entender la reiteración absurda: convertir los hábitos de la gente —ya de por sí obstinados— en un comportamiento demente, para así poner al descubierto nuestro atolondramiento cotidiano.

Sin embargo, hay algo de falsa demonización y de argumento de cartón-pluma en este tipo de crítica social que sigue la lógica 'Super Size Me'. Alimentarse sólo en McDonald's es perjudicial, por supuesto. Pero lo llamativo de casos como éstos no es que la comida fast food sea dañina y malsana por sí misma: el punto está en la repetición obsesiva hasta el aborrecimiento. La espectacularidad la genera el volumen de consumo, no su objeto: por más que creamos que 'Macbeth' es la mejor obra de literatura que jamás se ha escrito, si la leemos cada día tres veces a lo largo de un año vamos a acabar muy, pero que muy mal. Como en el caso de Mark Malkoff, este tipo de comportamientos ejemplares y aparentemente moralizantes tienen más de show que de enjuiciamiento ético. '21 días' no era una desviación comercial cocinada en los bajos fondos de la televisión comercial: en este modelo siempre ha prevalecido la lógica del Guiness y de la foto sobrecogedora.

Por eso resulta jugoso pensar que, sin saberlo, Beautiful Existence ha actuado de forma revolucionaria, tanto que ha acabado por subvertir los patrones del 'género'. Su andanza anticlimática, su aparatosa dieta sin consecuencias, producen en el espectador una importante disonancia cognitiva, pues al leer la noticia se ve impelido a gritar ¡sólo ha comido en Starbucks durante un año! para luego comprobar que nada le ha pasado, que no va a ver una foto de las manchas amarillentas que hipotéticamente le estarían saliendo por todo el cuerpo a la protagonista.

Cuando a la tediosa repetición le quitamos el cuadro grotesco, nos quedamos con una cinta que gira sobre sí misma. Un hígado que termina siempre por regenerarse. Y ya ni tan sólo nos da tanta grima y sudores fríos ver al águila encarnizarse con Prometeo.

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