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Sociología playera: 10 especímenes que no pueden faltar en ningún paseo marítimo

De la señora que madruga para coger sitio al turista montado en un remolque, las costas nacionales son una mina para antropólogos y sociólogos

Lo bueno del verano es, sin duda, el destape. Pero no el corporal, sino el espiritual. Los escenarios estivales sacan a relucir lo mejor (y lo peor) del ser humano. Y lo hacen, además, de una manera perversa: el postureo veraniego, del que no se salva nadie, acaba siendo tan impostado que deja al descubierto la verdadera naturaleza de cada uno.

De entre todos los marcos posibles, la playa es, sin duda, el que más y mejor material aporta a un antropólogo o a un sociólogo. La mayoría son libres, democráticas y gratuitas. Además, no hay nada que hacer en una playa, salvo bañarse, echarse una cabezadita, fingir leer novelas y analizar a los especímenes de tu alrededor.

Que levante la mano el que no haya comentado con su compañero de toalla el estilismo, la actitud o las aficiones de alguno de los bañistas que le rodean. Unos dan rienda suelta a su vertiente exhibicionista, otros ponen en práctica extraños consejos de belleza que a saber de dónde han salido; muchos tienen una idea un tanto perturbadora de lo que significa la normalidad y a otros, directamente, se creen que todavía no han salido del salón de su casa.

Los personajes que pueblan año tras año las costas nacionales nunca pasan de moda, son eternos. A medida que avanza la tecnología o aparecen nuevos estilos de vida, se van sumando especies a la taxonomía playera. Aquí les enumeramos el que probablemente sea el top ten de este verano.

1. Señoras que madrugan para coger sitio.

Si la playa tuviera puertas, ella las abriría cada mañana. Si la playa fuera una propiedad privada, ella sería la portera. Se levanta antes del amanecer, se planta su gorro de lona, coge la nevera, la esterilla, la toalla, el antimosquitos, el bronceador, la sombrilla, la silla plegable, el tupperware y la revista del corazón y repta hasta la arena antes de que las cafeterías, las tiendas y hasta el transporte público hayan abierto. Quiere llegar la primera a una explanada en la que no hay árboles, zonas de sombra o lugares privilegiados, pero ahí está, cogiendo sitio antes de que las hordas de bañistas acudan en masa.

Y que nadie se atreva a posar su toalla en un radio de diez metros a la redonda de su sitio. Ella lleva seis horas cogiendo sitio y es capaz de llamar a la guardia costera o atacarte con cualquiera de sus mil gadgets playeros si cae un grano de arena ajeno en su radio de acción. Por supuesto, no se levanta a pasear o a bañarse, no vaya a ser que la usurpen su trono.

2. Abuelos runners.

Él estaba antes que todos esos chiquillos uniformados que corren en manada por el paseo marítimo. Él ya se plantaba su calzón y su gorra del Caprabo para hacer flexiones en la orilla cuando toda esa gente ni siquiera estaba gateando. Tiene más de sesenta, pero nunca lleva camiseta, hay que presumir de bronceado y de años de entrenamiento en las costas nacionales. Sabe que despierta admiración entre la gente de su edad, y se detiene en lugares estratégicos a secarse el sudor mientras se imagina los recatados comentarios que están soltando las señoras que le rodean.

3. Turistas que se atreven con medios de transporte insólitos.

Hace unos años, sólo tenía un modo de diversión, el bote a pedales. El progreso ha permitido que este sujeto intrépido ahora se pasee por las costas en quad, lleve a sus hijos en bici taxi, a sus mascotas en transportines motorizados o alquile segways (ese híbrido entre un patinete y un ciclomotor) para acercarse al chiringuito. Tiene que reprimirse para no levantar el brazo y saludar a la audiencia cual Papa en su papamóvil.

En el fondo, piensa que todos estos artilugios que ni son veloces, ni son funcionales, son la última moda en lo que a tecnología costera se refiere. No sabe que su público lo observa con un gesto entre la mofa y la aberración. Y si lo sabe, no le importa. Al fin y al cabo, en este lado del mundo no le conoce nadie y con su inestimable aportación, está sacando adelante las ideas peregrinas de un buen puñado de emprendedores.

4. Acróbatas encubiertos.

Es probable que sus amigos no le conocieran esta faceta hasta que pisaron con él una playa. Cada vez que este sujeto llega a una explanada de arena (da igual lo repleta de gente que esté) le posee el espíritu de un acróbata circense y pierde el control. Hace el pino, el pino puente, la voltereta lateral, el mortal hacia delante y, por supuesto, la croqueta, cada vez que se le presenta la ocasión. Realiza una media de una acrobacia cada diez minutos. Si mira al horizonte, le verá con medio cuerpo sumergido saludando con los pies a los bañistas. Cuando acaba su exhibición, recoge la toalla y camina hacia el paseo marítimo con la cabeza bien alta y una mirada llena de dignidad.

5. Jóvenes que comen cosas raras.

Llevan bikinis de firma, tienen la piel perfectamente bronceada, el moño bien hecho y realizan rituales extraños. Se rocían el pelo con veinte sprays diferentes, beben cosas verdes, se exfolian la piel con parches y esponjas y, sobre todo, tienen los tuppers más fascinantes de toda la playa. Lo mismo mordisquean ramas de apio que mezclan la piña con el taboulé. El bocadillo de tortilla y la bolsa de panchitos son obsoletos y demasiado mainstream. Cuentan que una vez, en su cruzada por la experimentación culinaria, las vieron comer kiwi con ajo.

6. La estatua humana con los brazos en jarras.

Se levanta pausadamente con su bañador de flores (el sombrero de paja es opcional), camina lentamente hacia el mar, se para en la orilla y pone los brazos en jarras. El inexperto playero podría pensar que está buscando a alguien o vigilando a sus hijos, pero el bañista asiduo sabe que no, que no está mirando a nadie, sólo está oteando el horizonte y lo oteará durante horas. Si la marea sube y el agua le llega a las rodillas, retrocede. Si baja, da un par de pequeños pasos para seguir mojándose los pies. Sólo cuando el sol se está poniendo, se gira, se coloca el bañador, recoge sus cosas y se va por donde ha venido.

7. Chavales que desconocen la invención de los auriculares.

Si no los necesitan en el metro, las salas de espera o las calles más transitadas, cómo iban a necesitarlos en el entorno anárquico de una playa. Es más, llevan meses confeccionando una lista en Spotify con el título "Playita". Con suerte, quizá algún miembro del grupo se lance a hacer los coros y amenice la sobremesa de la señora que madruga para coger sitio.

8. Los que graban a todos los demás con su GoPro.

Porque, para muchos, ya no sirve el smartphone ni la cámara reflex y desde hace unos meses circulan por las ciudades tipos con su minicámara y su trípode al hombro. No vaya a ser que de repente ocurra algo extraordinario en la salida de una estación de metro o en la puerta de un supermercado. La playa puede darles material para un documental, una peli de terror o un par de virales absurdos con los que demostrar al mundo su talento cinematográfico y su buen ojo para el costumbrismo.

9. Maduritos fosforitos.

Lleva todo el año esperando este momento, haciéndose el alisado japonés, matándose en el gimnasio y pagando bonos de rayos uva. Su moreno anaranjado es su manera de demostrar que sigue siendo joven. Y, por si quedaba alguna duda (de su moreno y de su juventud) realza sus encantos artificiales con bañadores fucsia, amarillo o blanco. Va desprendiendo retinas a su paso. Y desafiando al buen gusto. Porque, para no esconder ni un milímetro de su trabajado cuerpo, lleva uno de los complementos más aberrantes de la historia de la moda: la riñonera.

10. La evolución 2.0 de Pepito Piscinas.

El tamaño de su bañador es inversamente proporcional a los kilos de laca que lleva en el pelo. No se baña porque no puede soltar el móvil, es su herramienta de trabajo en verano. Pedirá un cocktail muy decorado para fotografiarlo y no se lo beberá. Tardará una media de treinta minutos en situar las piernas en un ángulo parfecto para retratarlas mientras toma el sol y se hará selfies con el mar de fondo. No conversa, sólo se comunica por hashtags como #instagood #veranito #summerbodyinprogress o #beachfashionista.

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