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Sociología de gimnasio: la prueba final de que el fitness se nos ha ido de las manos

Si tú también tenías dudas sobre la actual fiebre por el fitness, Arlindo de Souza —es decir, el body building llevado al paroxismo—, te da la razón: están todos locos.

Después del ciclismo, probablemente no haya disciplina deportiva más tramposa que el culturismo. Que levante la mano y tire la primera piedra el musculitos con cuerpo de Heracles que pueda demostrar que hasta el tendón más tensado de su cuerpo y la fibra más brillante de su pectoral son absolutamente naturales y jamás han logrado tal lozanía y volumen con la simple receta del ‘pumping iron’ y el desayuno de doscientas yemas de huevo batidos. La presión por conseguir el cuerpo más fornido, alimentada por las portadas de las revistas de ‘body building’, que más parecen un catálogo de ganaderías taurinas que de hombres cuadrados, y también por las competiciones a nivel mundial, con la cima de Mr. Olympia entre ceja y ceja de los mayores cultivadores del cuerpo, han hecho que desde hace décadas los culturistas se inyecten todo tipo de mierdas. Los anabolizantes están a la orden del día, cualquier musculatura mínimamente desarrollada que veáis por ahí, incluso en el gimnasio de barrio al que vais a hacer spinning, es una gran trampa en el 99% de los casos. Carne que no serviría ni para hacer pinchos. Y donde hay trampa, siempre hay un más difícil todavía. Reíros de las sustancias para engordar ganado, los pinchacitos inofensivos, las hormonas y los polvos para disolver en agua que te convierten en un pariente próximo del increíble Hulk: el hombre con los bíceps más grandes del mundo también hizo trampa, y las hizo a lo bestia.

He aquí Arlindo de Souza, uno de los culturistas más preeminentes del momento, apodado “La Montaña”. Tanto es así que sus bíceps marcan un diámetro de casi 74 centímetros, exactamente diez veces más de lo que debe medir en erección su micro pene —ya sabéis que los anabolizantes no sólo reducen los testículos al tamaño de guisantes, sino también el grosor y la extensión del miembro—. Pero esos bíceps son falsos, algo que ya suponíamos. Lo que no imaginábamos era el método.

Resulta que De Souza se había estado inyectando un compuesto de aceite mineral y alcohol que, efectivamente, ha ampliado el volumen de sus brazos, pero le ha debilitado considerablemente en su fortaleza. “Al principio no sentí nada”, explicaba De Souza al Daily Mirror. “Sólo un poco de mareo. Y cuando volví a levantar pesas, todo iba bien”. Pero esa inyección no es buena: además de hacer crecer los músculos como si fueran un globo aerostático, debilitan el tejido —estamos hablando de carne humana, no de un chicle de fresa— y pueden causar bultos o pequeños tumores cuyas consecuencias podrían ser mortales, a menos que se haya tenido la prudencia de amputar el brazo antes. Su problema es que tendrá que cargar con el problema porque los médicos no quieren operarle: consideran que es un daño autoinflingido conscientemente y no supone un caso de urgencia.

Arlindo de Souza no es Arnold Schwarzenegger en sus días de “Conan”. Aunque sea una mole impresionante, tampoco es uno de esos hombres aceitosos con más curvaturas que las dunas del Sáhara que compiten en los certámenes mundiales de culturistas. Pero es un síntoma de la cantidad de mierda que hay metido en este mundo, donde por un puñado de músculos se hacen todo tipo de barbaridades. No queremos tirar de tópicos, pero además de reducirles la polla, muchos esteroides también parecen jibarizar guapamente lo que solemos conocer como materia gris, o seso, o cerebro. Así que sí: si tú también tenías dudas sobre la actual fiebre por el fitness y los gimnasios, este tipo te da la razón. Están locos.

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