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Smart Cities, o la pandemia de las papeleras parlantes

Hoy todo el mundo habla de la Smart City, pero una ciudad inteligente no sirve de nada si no se solventan sus problemas de base

En 2050 se espera que la población urbana suponga el 75% de los habitantes de la Tierra. Este dato aislado sería suficiente para hacernos una idea de hasta qué punto la ciudad ya es hoy foco de los retos a los que nos vamos a enfrentar en las próximas décadas. El crecimiento demográfico exponencial, la confluencia entre lo rural y lo urbano, las crisis ecológicas y las brechas económicas de clase son sólo algunos de los importantísimos conflictos que tendrán lugar en nuestras megápolis. La pregunta es: ante semejante panorama, ¿es la Smart City realmente la respuesta a nuestros males?

Convertido en concepto de moda en los últimos tiempos, la Smart City alude a toda una serie de tecnologías avanzadas, fuertemente basadas en la interactividad y la interconectividad (el famoso internet 3.0 o “internet de las cosas”) y el uso de Big Data. Esta síntesis en principio dotaría a la ciudad de recursos para funcionar de forma más eficiente, más limpia y más sostenible. Igualmente mejoraría toda una serie de aspectos que van desde el flujo de personas y vehículos, hasta la agricultura urbana, el acceso a la información, la comunicación interpersonal, la relación ciudadano-administración, etc.

El concepto lleva años haciéndose fuerte, merced sobre todo a una serie de grandes compañías tecnológicas (IBM, Cisco, Samsung...), en colaboración con programas privados y públicos, que han creado un potentísimo lobby alrededor del mismo. Basta con hacer una breve búsqueda online para darse cuenta del volumen del fenómeno. Simposios, expertos, fundaciones y congresos proliferan como setas en día de lluvia por el mundo entero. En sus páginas web todo son relucientes renders en 3D, jardines colgantes, ciudades brillantes de acero y cristal que recuerdan al Los Angeles en tonos pastel que Jonze retrata en su reciente “Her.” Hablamos de ciudades genéricas, a la manera enunciada por Rem Koolhas, desligadas de toda tradición, movidas por el ímpetu imparable del futurismo aséptico y la optimización tecnocrática de la vida cotidiana.

Sin embargo las preguntas no tardan en surgir y son múltiples. La primera y fundamental es, ¿qué hace realmente de una ciudad un buen lugar para vivir? Sin necesidad de recurrir a estudios urbanísticos más o menos sesgados, cualquiera de nosotros podría esbozar una serie de respuestas y coincidir en muchos puntos: un acceso igualitario a espacios dignos de vivienda y relación, un contacto lo más directo posible con los órganos de gobierno, convivencia cercana con otros humanos, servicios públicos universales y de calidad... Cierto es que estas demandas tienen poco que ver con que los semáforos de la ciudad estén conectados a internet, o que las papeleras te agradezcan que seas un buen ciudadano: lo primero es lo primero, y las políticas urgentes pasan antes por la definición de una serie de políticas sociales, y no únicamente soluciones tecnológicas.

¿Hacia nuevas burbujas?

 Smart City

Cierto es que día a día surgen cientos de tecno-propuestas interesantes, que pueden permitir conocer mejor la vida en común de nuestros espacios públicos, dotarnos de herramientas para intervenir directamente en nuestras instituciones y crear comunidad. Sin embargo, el peligro de generar una burbuja vacía de contenido, impulsada por inversiones de lobbies millonarios que compren la planificación urbana de las ciudades y atilden todavía más sus desigualdades internas está ahí. Y eso por no hablar de la amenaza a la privacidad que supone que una serie de compañías amasen toneladas de datos personales de los ciudadanos. Por supuesto, estos peligros no han pasados por alto a algunos expertos, que llevan advirtiéndolo ya años. Aún así, de momento, la maquinaria Smart parece seguir avanzando con buena salud.

Curiosamente, en la vida cotidiana la planificación urbana efectiva depende las más de las veces de cosas muy pequeñas: un banco en una plaza, una calle que se hace peatonal, un fácil acceso de una parte a otra de una carretera, o que al lado de tu casa haya una cancha de basket donde reunirte con tus amigos.

Si se utilizan convenientemente, esos pequeños elementos pueden crear una nueva realidad a su alrededor. Son elementos muy económicos, que sin embargo generan vida, actividad, relaciones humanas y bienestar a su alrededor. Los parques minimalistas de Aldo Van Eyck en Holanda ya demostraron hace más de 50 años que con poco pueden crearse mundos nuevos. Como Ulises enfrentado a los cantos de las sirenas, no deberíamos perder de vista nunca el poder de unas pocas sillas y una pizarra en la que apuntar ideas.

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