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Dios no vive en el cielo, Dios vive en Silicon Valley

Cómo el singularismo y el transhumanismo han creado la religión de la que todos somos fieles

En una charla TED en marzo del año pasado, el fundador de Google Larry Page dijo que, cuando él muriera, preferiría dar su fortuna de miles de millones a Elon Musk antes que a una organización filantrópica. Elon Musk es un empresario de Silicon Valley como él, fundador de Space X y en cuyos planes está colonizar Marte.

No es más que una muestra del aire que se respira en Silicon Valley.

El éxito empresarial y personal de los grandes CEO del mundo tecnológico ha sido tan grande que ya no pueden amasar más poder y dinero. Son una especie de faraones del siglo XXI que, teniendo ya todas las comodidades y poder posibles, y habiendo reunido todo el conocimiento de la época, solo les queda conquistar el terreno de lo que la Naturaleza todavía se resiste a revelar: quieren jugar a ser dioses.

Solo les queda conquistar el terreno de lo que la Naturaleza todavía se resiste a revelar: quieren jugar a ser dioses.

Silicon Valley es un lugar de frenetismo empresarial. Un epicentro del éxito y también el último lugar donde uno podría plantearse temas espirituales y antropológicos profundos. Sin embargo, ocurre todo lo contrario.

Jaron Lanier, inventor de la realidad virtual y crítico del sistema que ha creado Internet, cuenta en su libro Who owns the future? ( ¿A quién pertenece el futuro?) que Silicon Valley sea posiblemente un lugar donde haya más movimiento religioso y espiritual que en el propio Vaticano o que en el monasterio del Dalai Lama.

Del matrimonio de las corrientes espirituales New Age con el boom tecnológico salieron unos hijos que son los actuales CEO que lideran esta nueva espiritualidad, la del transhumanismo y el singularismo.

Estas corrientes se basan en la libertad total del individuo y en el control sobre todas las limitaciones impuestas por la Naturaleza a través del desarrollo tecnológico. Su mayor referente es la filósofa Ayn Rand, que postuló que el egoísmo racional, el individualismo y el capitalismo sería lo único que permitiría vivir al ser humano, en contra del socialismo, el altruismo y la religión.

Por eso, Larry Page y Sergey Brin (Google), Elon Musk (Space X, Tesla), Jeff Weiner (LinkedIn), Sean Parker (uno de los fundadores de Facebook) o Peter Thiel (PayPal) no son solo multimillonarios y filántropos.

Ellos representan algo que va mucho más allá del simple dinero y del poder: son la máxima representación de esta espiritualidad que todos vivimos de una manera involuntaria. Y son los diseñadores de la agenda moral y de los cambios que viviremos en las próximas décadas.

En su ADN tienen el afán por controlarlo todo y una creencia en el progreso que va más allá de lo imaginable.

Hijos del matrimonio entre el New Age y el boom tecnológico

Su plan es lograrlo todo. Crear lo que jamás se hubiera imaginado nunca, no una vez, sino año tras año. Un iPhone, una red social de masas… Todo. Su palabra favorita es la disrupción: romper con todo lo que existe para superarlo. Dar a luz, por ejemplo, a una aplicación como Uber que acabe con lo que entendíamos como transporte hasta ahora y que, nos guste o no, adoramos, porque nos hace la vida mejor. O, al menos, más cómoda.

Desde un ciudadano medio de una urbe como México D.F. hasta un terrorista del ISIS usan el correo de Gmail e interactúan con sus amigos en Facebook. Uno adorará al Dios cristiano y el otro al Dios musulmán, pero su dios verdadero podría ser Google: los han hecho a su imagen y semejanza, saben más cosas de ellos que su propia madre. Saben qué les gusta o qué les deja de gustar, dónde han estado o qué mensaje han enviado.

Se han apuntado a la religión más grande e inclusiva de todos los tiempos sin saberlo. Una religión que no entiende de culturas diferentes o de credos antiguos: navegan como pescadores en la barca del Chrome, convierten a los escépticos a su credo a través de lo que comparten en las redes sociales. “Si no están en Facebook, no son nadie”, se dicen.

Y también rezan cuando tienen miedo: buscan en la única fuente que les guía, que es Google, y maman de ella. Se fían más de Google que de sus propias parejas. Preguntan al omnipotente buscador cómo hacer esto o aquello.

Si no cumplen con sus mandamientos, desaparecen de la Red: no pueden publicar pornografía, no pueden repetir contenidos… Tienen que progresar y crecer como seres humanos. No en vano, aunque no lo ponga frontalmente en la página del buscador, el lema de Google es “Don’t be evil” (No seas malo).

Pero cuidado, no se trata de una estrategia de dominación mundial, sino de progreso total.

Es como si los CEO del mundo tecnológico hubieran coronado el Everest de la historia de la humanidad y lo único que les quedara por encima fuera el cielo. Y quieren dominarlo con sus propias manos, porque aún no lo pueden tocar.

No se trata de una estrategia de dominación mundial

Quieren empoderar al ser humano hasta los límites más insospechados. Quieren hacer del mundo un lugar mejor, sin hambre, enfermedad o tristeza. Por ejemplo, Sergei Bryn está obsesionado con superar el párkinson, al igual que lo estaba Steve Jobs con vencer al cáncer o Elon Musk en establecer colonias humanas en otros planetas. Y no lo hacen por diversión, sino porque realmente creen en el progreso más radical de la humanidad.

Nada de esta religión que vivimos es azar: está todo pensado, se reúnen para ello e invierten miles de millones de dólares en sus proyectos.

Como dice el periodista George Packer en una entrevista a El Confidencial, creen en el mundo feliz, en el que, con la máxima libertad, todos alcanzaremos lo que queramos, en el que sabremos vencer al dolor y cubrir todas las necesidades físicas y psíquicas para tener una vida feliz: no es de extrañar que los últimos avances tecnológicos vayan del sexo virtual en 3D a los avances médicos más innovadores para vencer al cáncer o al ébola.

En definitiva, podemos controlarlo todo, y cada vez más. Incluso hay voces que auguran cambios radicales e inimaginables. Según el empresario de Silicon Valley Ray Kurzweirl –uno de los gurús, además, del transhumanismo–, en 2045 habremos dominado a la muerte. Eso supondrá la conquista de todo lo alcanzable: no seremos seres dependientes de lo biológico y podremos ser seres completamente espirituales. Según él, solo nos quedará el terreno de lo divino. Nos quedará Dios, el cielo por encima del Everest.

Según Raymond Kurzweil, en 2045 habremos dominado a la muerte

Sin embargo, para críticos como Packer, esta religión y diseño del mundo a los que todos seguimos involuntariamente nos llevarán a un incremento de las desigualdades y a un mundo peor. En definitiva, a la desaparición total de la clase media.  

Según él, estaremos en un escenario como el que se presenta en las películas de ciencia ficción: macrocorporaciones tecnológicas que, al querer curar los males de la humanidad superando los límites de la naturaleza se han convertido en máquinas perversas que esclavizan al resto de seres humanos, meros fieles de lo que nos impone cada época.

Un período en el que se supere la materia y tengamos una autonomía y una libertad tan absolutas, sin depender de nuestro cuerpo, que tendamos a hacernos eternos. Infinitos, como pretendía la filósofa Ayn Rand.

¿Las predicciones se están haciendo realidad?

¿Un mundo feliz o un mundo más controlado?

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