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"Esto es Sicilia sin violencia": una visita total a la guarida de Jordi Pujol

Kiko Amat se fue a investigar a Queralbs, epicentro del #PujolGate: mal rollo.

1. Es 19 de agosto, y estoy pensando en visitar Queralbs, el escondrijo ripollés del ex-presidente de la Generalitat Jordi Pujol. Mi mujer, Naranja, ha encajado un severo golpe moral con el caso más grave de corrupción política que ha visto Catalunya en años, y ese parece ser el único tema de conversación que vamos a acometer este verano del 2014. La pobre mujer va por el mundo entablando tertulias con gente desconocida y, francamente, estoy empezando a temer por su salud mental (de por sí en estadio precario tras 17 años a mi lado). Pujol es su obsesión.

—¿Cómo no puede fascinarte esto? —me pregunta a cada hora en punto, y a veces también en los cuartos, sentada tras un zigurat de prensa, escrutando cada sección en busca de más noticias sobre el Pujolgate.

—Sí me fascina. Claro que me fascina —le digo—Pero me lo esperaba, en cierto modo.

—No me lo creo. Esto no te lo esperabas.

—Es verdad —contesto, tras pensarlo unos segundos—. Esto no me lo esperaba.

No, no me esperaba eso; tiene razón. Toda mi infancia y juventud transcurrió bajo la sombra ominosa y omnipotente de una figura orwelliana que, hablando pausado y con patentes bolsas de fatiga bajo los ojos, nos exhortaba a levantarnos al alba y deslomarnos en cualquier empleo inmundo, porque éramos un país noble que hacía eso: levantarse con las malditas gallinas y hacer lo que “tocaba”, sin chistar. Por supuesto, yo ignoré su precepto y no di golpe, pero mucha otra gente tomó al pie de la letra a aquella afable mezcla de abad monacal y abuelo cascarrabias, y se dejó la piel para levantar la nación.

Por añadidura, e independientemente de si uno arrimaba el hombro o no, se asumía que el viejo prelado socarrón oraba et laboraba y que la ociosidad era el enemigo de su alma y el presunto monje vivía del trabajo de sus manos. Yo, como tantos otros catalanes, me tragué el disfraz: Pujol era Martín Lutero, austero de comer pa torrat amb oli i sal, de misa del Ángelus y cilicio, pencando de balde, sacrificándose por Catalunya, arremangado y mirando al cielo con los párpados a media asta. Y es que el traje de superhéroe era impecable: las americanas bolsudas y de apariencia barata, los pujolismos de corregidor rural, las coletillas socarronas y los deslices políticamente incorrectos, aquella esposa amortajada en beige que tenía y tiene aún, con su moño siciliano, devota y mísera y casta pero con un útero más prolífico que el de Doña Goebbels, su camada de hijos calladitos y modosos, todo el incontestable aura de “cercanía” y moderación que les rodeaba.

Por supuesto, si uno ha pasado algún verano en Port de la Selva, rodeado de ancianos desharrapados con espardeñas en ruinas y gorras de capitán de navío cubiertas de salitre que luego resultan ser presidentes de banca y patronos de periódicos, uno se huele el truco. Es el tradicional talante de la burguesía catalana: horror a la ostentación gratuita, fortunas subterráneas y campechanía externa. Como el Laszlo Carreidas de Tintín: millonarios apesadumbrados que solo beben Sani-Cola, rodeados de un halo de abnegada sencillez, arrastrando su pesada carga por este valle de lágrimas.

Y aún sabiendo esto, el truco óptico de Pujol logró engañar a nuestros sentidos. ¿Cómo pudimos caer en una estafa tan burda, tan barata? Somos gilipollas, de verdad. O yo, al menos.

2. A no ser que hayan pasado ustedes los últimos meses de su vida amordazados en un zulo del Frente de Liberación Corso, ya conocen los hechos de tal estafa: hace más de un mes, Jordi Pujol se autoinculpa y confiesa por escrito ser un evasor fiscal. Se trata de una sustanciosa herencia de su padre que no legalizó porque “no encontró el momento”. Pero al poco de aparecer en fotos vagamente turbado y pedir “perdón” (literalmente), salta la liebre, y es de las gordas: se divulgan las “mordidas” del hijo mayor, Jordi Pujol y Ferrusola; el blanqueo de dinero y los maletines mafiosos que cruzan la frontera andorrana; la corrupción política generalizada; el caso ITV de Oriol Pujol; el grotesco parque móvil de “junior” (Jordi de nuevo), que posee decenas de Ferraris, Lotus, Porsches (por los que paga seguros de 45 euros; ríanse aquí). Y un largo e insultante etcétera. Pujol asume que va a colar lo del perdón y, haciéndose el mártir como siempre, se recluye trece días en su Berghof de las montañas, en la ladera del Puigmal: Queralbs. Cuando, tras esos trece días, reaparece ante la prensa, ya está de nuevo en modo reprensor y mandón, casi chulesco, recolocando a los periodistas ( No tan aprop) y sentando los límites de lo que corresponde preguntar y lo que no.

Allí pienso que Pujol ha sido siempre así: un cacique con hábito de franciscano. Un caragirat, como los franquistas devotos y sermoneadores que luego se iban de putas. Decido visitar Queralbs. No me interesa tanto el fraude —ya documentado en los periódicos— como el hombrecillo ruin que cuenta sus monedas bajo tierra, como los enanos codiciosos de las fábulas centroeuropeas. El presunto “hombre común” que —nos explican los periodistas— se mezcla con la gente del pueblito y pregunta por la cadera del Pepet y el huerto del Manelic. Lo que no parecen pillar algunos reporteros es que esas no son preguntas de ciudadano de a pie: esa es la interacción llana del hacendado de Nuevo México paseando a caballo por sus propiedades en 1887, interesándose por la salud de sus aparceros pero perfectamente dispuesto a quemarles las casas y echarles a zurriagazos si contradicen sus deseos o se retrasan en los diezmos.

Queralbs, ¿eh? Caigo de repente en que conozco a una chica, Rebeca, que tiene una casa allí. Lo recordé cuando vi a Pujol realizando su entrada de sheriff atribulado en el bar del pueblo, ceño fruncido y paso firme hacia la barra —para tomar un humilde cortado, qué si no—, entre el boquiabierto e incrédulo (no pre-linchatorio) silencio general.

— ¿Tu madre querría hablar conmigo? —le digo a Rebeca por teléfono.

—Mi madre está tan indignada que hablaría con cualquiera —me contesta.

3. —La hija de una vecina —me cuenta Rebeca— fue a comprar huevos una vez al colmado, y le dieron los últimos que quedaban. Entonces entró Marta Ferrusola, la mujer de Pujol. ¿Y sabes lo que pasó? La señora del colmado le quitó los huevos a mi vecina, y se los dio a ella. Así, tal cual.

Me río, y ella también. Estoy con Rebeca en una fonda del Empordà. Me está poniendo en antecedentes antes de mi próxima visita a Queralbs y la entrevista con su madre. Lo que Rebeca me cuenta es, en cierto modo, previsible; solo que nadie habla de ello. Los Pujol, me dice, van por el pueblo como si fuese suyo. Al menos por la parte del pueblo que es afecta al clan.

—Un día, hace poco —prosigue, sonriendo— estaba con los niños en un parque infantil, y vino la hija de Ferrusola y me preguntó “¿Quién eres?”. Sin presentarse primero. Yo le dije que veraneaba aquí, que mis padres tenían una casa. Y ella me dijo: “ Jo soc la filla de la Marta”. Como si fuese la hija del amo. Yo le contesté: “ Doncs jo soc la filla del Manel”.

Según Rebeca, Ferrusola es la filla del pueblo, no él. La mansión de los Pujol, que mis amigos llaman la “Casa Tricolor” por los tres llamativos tonos Colajet que solía ostentar en el pasado, fue una herencia del padre de Ferrusola. Queralbs es, a todos los efectos, la hacienda de Pujol y su familia. Es natural que la consideren así, como su señorío. Cuando le botaron de la Generalitat el año 2003, la mujer del ex-honorable declaró que se sentía “como si la hubiesen echado de su propia casa”. El clan Pujol tiene esa alarmante tendencia a considerar que muchas cosas son su jardín privado: la Generalitat, Catalunya entera y, por defecto, el diminuto Queralbs. Allí, Jordi Pujol es el remoto señor feudal, acompañado de sus principitos abusones y malcriados, que se pasean por las tierras robando ganado, azotando a lacayos, desahogando sus esfínteres en huertos ajenos y yéndose sin pagar de las tabernas.

Al día siguiente, ya en Queralbs, su madre (a quien voy a bautizar Vicenta, pues ha manifestado el deseo de que no utilice su nombre real) me contará una historia que proviene de fuentes fidedignas: que tras las elecciones generales de 1977 Jordi Pujol Jr. entró —a sus dieciocho años— en cierto comercio de Barcelona donde le conocían y preguntó:

—¿Qué os ha parecido el resultado electoral?

—Muy bien —respondieron ellos. Habían ganado las izquierdas.

—¡Pues no pienso volver a poner los pies aquí! —les espetó casi a voces, con admirable resolución política para su corta edad.

“Y no lo hizo”, añade Vicenta. Robert, cuando se une a nosotros, me pinta a Pujol como el Rey Sol de Queralbs, un jerarca intocable y casi invisible. Aparentemente, en la época anterior a su reciente confesión pública solía ir a misa algún domingo, y luego bajaba de la iglesia farfullando un hola distante de vez en cuando, y tras aquella aparición se encerraba en la Tricolor y nadie le volvía a ver en un mes. Lo paradójico, añade Robert, es que ahora la familia se pasa el día en la calle, dejándose ver, tratando de perpetuar aquella imagen de “cercanía” de la que empiezan a quedar solo unos cuantos pedazos hechos añicos. Oleguer Pujol, el menor, que según me cuentan ni miraba a sus convecinos, deambula ahora por la aldea (me insinuan) como si estuviese en el plató de Siete novias para siete hermanos, medio abrazando a la gente y dando brincos con una sonrisa afable incrustada en mitad de su cara; y lo mismo hace Pujol sénior.

Vuelvo a acordarme de cuando Pujol entró en el bar del pueblo y fue recibido como un magullado ex-combatiente de las Ardenas, no como un caballero a quien acababan de pillar en un asaz ignominioso acto de bandidaje. Todo el mundo le dió los buenos días, y creo que yo hubiese hecho lo mismo. Nunca me he sentido cómodo en la confrontación dialectal con ancianos, aunque en el pasado hayan hecho cosas espantosas. Me dan cierta pena, y sé que el viejo zorro Pujol va a usar esa pena nuestra para irse de rositas de todo esto.

4. Según te acercas a Queralbs, la temperatura desciende. De 20º a 17º, como si te adentraras en Mordor. Un momento: ¿en Mordor no sube la temperatura? Da lo mismo, la metáfora funciona igual: negros nubarrones se ciñen sobre nosotros —he venido con mi familia entera, para utilizarles de escudos humanos si algún pujolista trata de partirme la cara— y vamos en busca de la fortaleza elevada donde mora un oligarca malvado que ha amasado su poder a costa del sufrimiento del pueblo.

En la plaza central de Queralbs me espera mi espía, Vicenta. Lo primero que hace es señalarme la casa de Pujol, la Tricolor, que (literalmente) domina el poblado como el castillo del pérfido noble medieval. Está allí, semioculta por frondosos árboles camufladores, en lo más alto de la aldea. Vigilando a los vasallos. Tiene una apariencia de casoplón pirenaico-suizo que su notable tamaño no hace más que magnificar. Vicenta me cuenta de inmediato una gran anécdota sobre Pujol y su antiguo director general de patrimonio artístico de 1984-1986, el historiador y sacerdote Antoni Pladevall. Se ve que el tipo llegó algo tarde a Queralbs para dar una conferencia sobre el románico, hace años, y a la que había acudido el propio presidente acompañado de su esposa. Su tardanza impidió que nadie pudiese briefearle antes de subir al estrado, y cuentan que, tras una breve alabanza de la arquitectura románica, Pladevall soltó algo así como:

La casa de tres colors que hi ha a l’entrada del poble, per exemple, no és la més adequada a la arquitectura del Pirineu.

Se cuenta que a Pujol y a Ferrusola les iba a tragar la tierra. Tal vez como consecuencia de aquella cándida amonestación estética por parte de un reputado experto, los Pujol-Ferrusola repintaron la Tricolor, que cubrió sus coloradas vergüenzas de jalea infantil con un ocre más acorde a la anonimidad y armonía que busca Queralbs.

—¿En Queralbs manda CIU? —le pregunto a Vicenta, mirando la casa.

Ella ni responde. Solo se carcajea, como el que dice “¿A ti qué te parece, pimpollo?”.

El día anterior, en el bar de otro pueblín cercano llamado Pardines, yo le había pedido a la camarera:

—Un carajillo de ron, por favor.

—¿Pujol? —me preguntó ella.

Los dos nos reímos, como se ríen los que han pillado a la vez un chiste de esos que te mondas.

También tengo Cacique —me dice, y volvimos a reír.

No sé hasta qué punto el fraude de los Pujol va a alterar el panorama político catalán, pero desde luego ya está proporcionando pingües momentos de hilaridad sarcástica a sus súbditos.

5. Queralbs es uniforme y precioso de una manera inmaculada e inquietante que no es tan común en los pueblos de por aquí, más funcionales y chiruqueros. Rebeca me había contado que un vecino trató hace años de escapar de la normativa estética local realizando alguna innovación en su finca, colocando uralita o pladur o qué se yo, y a la mañana siguiente aparecieron enormes pintadas imperativas de FUSTA I PEDRA ante su casa. Pensando en ello, me sobreviene un escalofrío cervical. Rebeca también me había contado un aluvión de historias apócrifas de huertos envenenados, brujería y perros colgados por esto o aquello en Queralbs. No las cuento aquí porque carezco de prueba alguna, pero digamos solo que mi tendencia natural es creer en esos rumores de vileza aldeana y envidias centenarias y malojo dinástico.

Queralbs es todo piedra, madera e hierro forjado, efectivamente. Todas las casas se parecen, y nada resalta a simple vista. El castillo de gelatina de tres sabores era el único edificio que tenía permiso (no-democrático y auto-otorgado) para pegar el cante, y ahora ni eso. Todos a una, como en Fuenteovejuna. Qué digo: es lo contrario que en Fuenteovejuna. Aquí el cacique morirá de viejo, y nadie osa toserle, ni siquiera en su frágil declive; como al Franco de los últimos días.

—Esto es Nissaga de poder —suelta mi espía— Con mi marido decimos que es una mezcla de Shakespeare + Mafia + Vodevil.

—Las dos primeras las entiendo perfectamente —digo yo—. Pero, ¿cuál es la del vodevil?

—Cuando Maria Pujol, la hermana, dijo “Però de quina herència parles, Jordi?”. Eso es el vodevil.

Vicenta me señala ahora una casa limítrofe a la Tricolor, situada en la parte inferior de esta.

—El holandés que vive allí trató de abrir una ventana trasera que casualmente daba a la casa de los Pujol, y la Ferrusola le puso una denuncia por lo penal. El holandés se quedó sin ventana.

Así las gastan en esa familia. Ferrusola domina Queralbs, y presuntamente compró terrenos a todos sus hijos para que vivieran cerca: Tor o Bolvir, en La Cerdanya. Vicenta me dice que lo primero que la indigna es que Ferrusola consiguió concesiones de jardines de todas las industrias de la zona, fuere en Barcelona o allí arriba en el monte. Muchos periódicos ya han apuntado que lo de contratar a la empresa de floristería de la señora Pujol era en Catalunya casi un “impuesto revolucionario”, pero pocos saben que —según mi espía— Ferrusola iba a imponer su ley en persona y casa por casa si era necesario.

—¿Y cuál es la segunda cosa que te indigna? —le pregunto a Vicenta.

—Que todo el mundo lo sabía —me contesta.

6. En la puerta de la casa de Pujol ya no se agolpan periodistas, así que decido tomarme una foto turística ante la cerca de madera. Solo permanecen allí dos cámaras de televisiones nacionales, sentados en el suelo y apoyados en un coche. “Todo está muy tranquilo”, me dicen los dos retenes, casi bostezando. En la polvorienta puerta del conductor distingo una pintada hecha a dedo sobre la mugre: “ Teles fills de gossa”. Sonriendo, señalo a lo que parece una senyera justo al lado, asumiendo que algún necio ha vuelto a realizar la asociación Pujol-Catalunya que tan catastrófica ha resultado en el pasado.

—No, eso lo hice yo el otro día sin querer —me dice un cámara, el mismo que a la mañana siguiente filmará de nuevo la escapada de Pujol a bordo de su coche, saliendo por esta misma puerta.

Desde donde estamos no se distingue el jardín familiar que fue escenario de tantos avistamientos televisivos de Pujol. Para ello tienes que acceder a la terraza privada de un vecino, que imagino que se habrá forrado con todo esto, alquilando el lugar por horas.

—¿Sabes lo que me indigna a mí? —le digo a Vicenta, mirando a las cámaras depositadas en el suelo—. El silencio de los columnistas catalanes. Cómo todos los opinadores a sueldo han cerrado la boca precisamente ahora, y solo siguen interesadas en esto las teles españolas en modo picota. Lo segundo que me indigna es que encima de robarme, me sermoneen.

—A mi no me la cuelan con eso —me dice Vicenta, torciendo la boca—. Yo fui a un colegio de monjas, ¿sabes? Después de un sermón sobre la compasión, siempre le acababan gritando a alguna: “¡Tú, la gorda!”.

7. Mi espía me lleva al Xix (que no XIX, en numerales romanos, como adujeron la mayoría de periódicos), el café central del pueblo, escenario de la primera aparición mundana de Pujol en modo expiación.

Mis dos hijos se están meando al unísono, así que Vicenta, amablemente, se ofrece para acompañarles a mingitar. Tras unos minutos, y temiendo que uno de los dos —o ambos— estén desmontando pieza a pieza los urinarios o comiéndose el jabón, decido entrar al Xix a buscarles.

—Perdón, ¿a dónde va usted? —me espeta la camarera. El tono es el inconfundible “Usted no es de por aquí, verdad, forastero?” de los westerns. Tras él aparece un señor con apariencia de Dueño de Todo Esto y ceño fruncido hasta el disloque muscular.

—Mis hijos están en el lavabo —contesto, sin hacer movimientos bruscos, consciente de que estas cosas siempre terminan con alguien atado a un caballo al galope y gritos de ¡Yii-ja!—. Iba a buscarles.

—Los lavabos son solo para clientes —me escupe la camarera—. Tiene que consumir.

—Bueno, total, ahora ya habrán acabado, no hará falta consumir —digo, sonando a listillo sin pretenderlo en absoluto.

La camarera me mira con una mezcla de ciego odio y estupor paralizante. Una señora en la barra, hablando de mí pero dirigiéndose a dueño y camarera, suelta con desprecio mal contenido: “Dejadlo. Con esta gente no vale la pena”.

Salgo a la calle, humillado y algo furioso por haber sido llamado “esta gente” (la señora quería decir “ esta ESCORIA”). Cuando aparecen mis dos hijos junto a Vicenta, ella me dice:

—Me han dicho los del bar que te pida disculpas —y está a punto de echarse a reír—. Que no sabían que ibas con alguien del pueblo.

Así que es eso. Si eres de aquí, intramuros, como si acuchillas a un bebé cieguito, pero si eres de fuera no te permiten ni echar gota. El ambiente del bar se me ha antojado sorprendentemente parecido al del pub de Un hombre lobo americano en Londres, cuando los dos yankis preguntan por la estrella de cinco puntas en la pared y se solidifica en la sala un silencio terrible, preludio de pavuras por venir.

Esto es Sicilia sin la violencia —me dice Robert, ya en su casa—. Pura omertá.

Aquí nadie habla, nadie quiere saber. Hear no evil, see no evil, speak no evil. Solo entrar al pueblo mis topos me avisaron de que no me molestara en hacer preguntas, porque la gente no decía esta boca es mía. Y cuando lo hacían, era solo para deshacerse en elogios hacia el ex-honorable. Robert me cuenta que, asimismo, el cierre de filas funciona solo en Queralbs. Que hace un par de días nuestro hombre fue a Ribes de Freser y se escucharon berridos de “ ¡Lladre! ¡Lladre!” por las calles, y que lógicamente Pujol no ha vuelto ni volverá a arriesgarse a salir del coche fuera de los márgenes de la aldea. Su aldea.

En el comedor de mi anfitrión ojeo ahora Records d’un pastor trashumant, el libro de memorias de un ovejero local que prologó Pujol hace poco, y cuya intervención introductoria culmina con el consabido sonsonete pujoliano de “ el goig de la feina ben feta”. Y me pregunto si este señor ha estafado al fisco por mezquindad y avaricia pura o porque no sabía siquiera que estaba obrando mal, porque vivía desde siempre en un entorno pudiente y fortificado donde estas cosas eran la norma, no la excepción, y se hacía la vista gorda por defecto. Un señor nacido en el dogma ideológico y la presunción de privilegio que creía realmente que el país era suyo, el gobierno era suyo, el pueblo era suyo, y que, como al Rey Sol, solo el Ser Supremo tenía la potestad de juzgarle.

Me despido de mis espías. Sus últimas palabras son, textualmente:

—No pongas nombres, que no quiero que me quemen la casa.

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