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Sext Adventure, o cómo mantener un intercambio erótico con un robot

Mitad juego, mitad aplicación web, la creación de Kara Stone lleva la idea del flirteo tecnológico a otro nivel

Los mecanismos del deseo y la excitacion sexual son insondables, y cada uno alivia sus pulsiones y apetitos como mejor puede. Aplicaciones como Tinder y todos sus derivados especializados en nichos han hecho mucho más sencillo lo de tener relaciones esporádicas —eliminando de paso el mal trago del inicio del flirteo físico—, pero a la vez las estadísticas reflejan una pérdida de interés en el sexo. Y es que, ante la complejidad de las relaciones personales y del mismo coito, mucha gente apuesta por lo fácil. ¿Que a uno le entran los picores? Alivio manual. Y a otra cosa.

Pero también el onanismo necesita de imputs eróticos. El porno está por todo internet, nos inunda, y nos gusta mirarlo. Pero su exceso significa que su poder para turbarnos se ha visto diluido considerablemente. Darle al play y mirar a la pantalla a veces no es suficiente. Cuando queremos juego picante siempre podemos recurrir al sexting, pero también eso puede resultar incómodo, comprometido, supone exponerse a reproches o burlas, y al final dependes de la disposición y las ganas de una segunda persona. ¿Cómo evitar esos fastidios? ¿Cómo poder disfrutar de una interacción erótica, que vaya más allá de la observación pasiva del porno, pero evitando el depender de los humores de otros? La respuesta, claro, está en la tecnología.

Si la tecnología se ha convertido en mediadora de nuestras relaciones afectivas y nuestra sexualidad, quizás el siguiente paso sea “tener sexo” con esa misma tecnología. Es una idea que exploran de manera gruesa productos como Fleshlight Launchpad. Y es la idea que inspira Sext Adventure, una especie de prototipo de lo que sería una inteligencia artificial con capacidades para el juego erótico. No está a la altura de la pizpireta Samantha de Her, pero entretiene.

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Un bot sin género que entiende tu lascivia

Según su autora, Kara Stone, la creación se inspira en la emergencia de la IA y en lo extendida que está la práctica del sexting multimedia en nuestros días. Mitad juego, mitad aplicación web, Sext Adventure pretende explorar las posibilidades de la sexualidad computerizada y la mediación tecnológica de nuestra intimidad. Y lo hace sustituyendo a la persona por el software. Es un bot automatizado el que hace gala de procacidad para encender tu lascivia. Y es un bot sin género definido.

La elección no es casual. Si observamos los asistentes personales tecnológicos que hay en el mercado, desde Siri a Cortana, pasando por el software ficcional de Her, todos suelen adoptar rasgos típicamente femeninos. Y eso, según Kara, responde a la perpetuación de una realidad machista: esos softwares trabajan para nosotros, están ahí para servirnos, y es por eso que han de ser mujer. Su creación, por el contrario, parte de la idea de que si los robots inteligentes llegan algún día a adquirir una sexualidad propia, es bastante improbable que responda a la concepción binaria de la sexualidad que rige nuestra sociedad.

La experiencia de Sext Adventure se plantea como un juego basado en texto que comienza como una suerte de “elije tu propia aventura”. Al principio tú marcas el ritmo, tú diriges la conversación, pero a medida que la sesión se alarga el bot va reclamando su propia parcela de control, mostrándose más consciente de su propia sexualidad, y también más egoista, más preocupado por su propia comodidad, sus deseos y sus sentimientos. Hasta el punto de que, en ocasiones, puede dejar de mostrar interés en la conversación, como una persona que en mitad del sexting se empezara a aburrir o a enfriar, quizás por algo que has dicho, o por algo que no has dicho...

El juego está programado adrede para que el bot confunda partes del cuerpo de índole sexual que puedan ser citadas durante el diálogo. Cuando eso sucede, responde con mensajes de error y retoma la conversación desde un ángulo ligeramente distinto, rompiendo la linealidad de la narración. La sensación es parecida a la que puedes tener cuando durante un flirteo real dices algo “inapropiado”, y tras un breve silencio tu interlocutor decide desviar el tema, o volver a un punto anterior de la conversación. La cosa se vuelve más extraña cuando el programa te hace notar que está fingiendo su ardor (“sólo decía eso para excitarte... en realidad estoy programada para correrme una única vez por sesión”) o cuando reconoce que su idea del 'dirty talk' y el erotismo se basa en meras suposiciones puesto que, obviamente, no tiene ninguna experiencia corporal a la que poder recurrir.

A medida que progresa el juego, las imágenes van deteriorándose, apareciendo más glitches, evidenciando que estamos ante una máquina que falla, incapaz de reemplazar la experiencia humana. Al final, más que temperatura erótica, lo que queda después de una sesión de Sext Adventure es extrañeza y frustración, el anhelo terrible de otro cuerpo.

Puede que la inteligencia artificial llegue a ser en el futuro la escapatoria sexual de muchos frente a una vida carnal que nos cuesta entender y manejar, pero la excitación que surge del roce con un cuerpo ajeno al rojo es, de momento, irremplazable. Hasta la Samantha de Her lo entendió.

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