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Sangre, versos y dolor: esta es la historia de todas las mujeres marginadas de México

Porque la poesía muere cuando muere la vida

Hay lugares en el mundo en los que una vida no vale nada, y menos aún si esa vida sangra cada 28 días exactos, si esa vida tiene los pechos hinchados, y si esa vida guarda dentro de sí todos los elementos que la definen como mujer. Lo femenino entonces puede ser una piedra en el camino: una piedra que si la pisas arde y trae dolor, y trae incomprensión, y trae, incluso, preguntas que en otros lugares de este planeta quizá jamás tendríamos que preguntarnos.

Para preguntar, y para reivindicar, la joven poeta mexicana Esther M. García ha escrito Bitácora de mujeres extrañas(Fondo Editorial Tierra Adentro), un libro en el que se pretende dar voz a todas aquellas mujeres reales o imaginarias que habitan algunas de las zonas más difíciles de México. García procede precisamente de Ciudad Juárez, en el estado de Chihuahua, un lugar conocido desde hace décadas por su violencia y por sus feminicidios. Un lugar en el que de nuevo la vida no vale nada, y menos aún si esa vida sangra y lleva sobre su carne el bello nombre de una mujer.

Las células negras del silencio

Esther M. García tiene 27 años y en estas páginas cuenta la historia de un montón de mujeres que como ella son jóvenes, y que como ella tratan de sobrevivir en un lugar hostil. Poemas que en realidad son pequeños cuentos en verso y que narran situaciones de la vida moderna, en las que distintos personajes han de enfrentarse a situaciones que les hacen sufrir: la incomprensión, el rechazo de los hombres, la homosexualidad, el aborto, el abandono, las eternas ganas de salir de un lugar que repudian, al que no sienten pertenecer.

El diario de las mujeres extrañas se convierte en realidad en la bitácora de las mujeres reales, porque si algo hay entre estas páginas es una realidad tremenda y desbordante. Aquella que los medios de comunicación a menudo callan, aquella que en ocasiones incluso llega a convertirse en un motivo literario que roza lo anecdótico y que sirve para que algunos escritores demuestren cómo de comprometidos están. El libro de Esther M. García es de todo menos anecdótico. De hecho, ella incluso consigue alejarse de la literatura y nos entrega poemas feos, tan feos como la vida fea que retratan.

Lo dice en uno de sus versos: La poesía ha muerto. La poesía ha colapsado. Cómo no va a morir la poesía si la vida aquí no existe, si sólo hay miedo y sólo hay sangre y sólo hay un futuro incierto lleno de espanto. Para la poeta sólo hay una verdad a la que podamos agarrarnos, y es que las mujeres estamos solas frente al mundo, y sólo nuestro grito unido será capaz de crear comunidad, para hacernos escuchar, para agitar la literatura  hasta que en todas partes del mundo el hombre despierte. Ese hombre que tantas veces nos acuchilla, que tantas veces ha decidido humillarnos, que tantas veces nos ha abandonado, como la misma García escribe en estos versos:

Así me dejaba con las vísceras al aire

Y él se iba camino a casa

Sin nada que temer.

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