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Saqué cuentas y descubrí que pierdo dinero comprando ropa barata

¿Estamos gastándonos un dineral en ropa sin que nos demos cuenta?

Limpieza de primavera

Sé que la primavera ha llegado porque la siento en los ojos, en el picor de la garganta y, sobre todo, en el sudor que empieza a producirme la ropa de invierno. Es momento de hacer el cambio de armario.

Primero guardo la ropa que he comprado esta temporada:

Tengo una sudadera a la que ya le salieron pelotillas incluso antes de lavarla por primera vez.

Unos pitillos comprados hace solo 3 meses a los que se les ha roto la cremallera.

Este jersey de rebajas que me ha durado menos que algunos rollos ya a que, tras 5 lavadas, se ha roto por el cuello.

Una camiseta básica con cuello perkins que, a duras penas, tendrá 6 meses y ya está descolorida como si la hubiera usado durante más de un año.

Una chaqueta de pelo negra comprada al inicio del otoño a la que parece que le hubiera salido caspa.

Casualmente, la compra que mejor ha resistido al paso de las semanas es una camiseta en la que invertí el doble de lo que habría pagado normalmente en una tienda de moda rápida.

Automáticamente, la lógica me grita cosas como que, a mayor precio, mejor calidad. Aunque la experiencia también me recuerde que eso tampoco es siempre del todo cierto...

Lo que sí sé es que habría estado dispuesta a pagar más por todas y cada una de esas prendas a cambio de una calidad mayor que me permitiera usarlas más tiempo.

Por primera vez en mi vida, me pregunto si ese dicho que siempre he considerado perverso, no será cierto... ¿Es posible que lo barato salga caro? Empiezo a sacar cuentas:

Este invierno he gastado alrededor de 250 euros en 20 prendas de las que solo podré seguir usando 7 (incluyendo la camiseta desteñida y la sudadera con pelotillas).

Es decir, que me he dejado 163 euros en ropa que solo he podido usar durante un corto periodo de tiempo. Por lo tanto, solo han resultado bien invertidos 87 de esos 250 euros. Menos de la mitad del presupuesto.

En otras palabras, que cuando vuelva el frío tendré que volver a gastarme el mismo dinero en las mismas prendas otra vez.

En busca del pitillo de oro

Para mi investigación, tomo como referente el básico principal de mi armario: los pantalones pitillo. En 9 meses he comprado y he tenido que tirar dos pares diferentes comprados en tiendas “fast fashion”.

Teniendo en cuenta que, de media, me han durado 4 meses cada uno, si siguiera el mismo patrón, en dos años gastaría 180 euros solo en comprar una y otra vez el mismo modelo. ¿Podría invertir todos esos euros en un solo par que durara todo ese tiempo?

No sé cuánto dinero debo de haber perdido en total en ropa fabricada para usar y tirar pero sospecho que es mucho más del que esperaba.

Además, no solo está implicado mi sueldo. El ciclo de vida de una prenda no empieza y acaba en mis manos. La fabricación masiva de ropa tiene un impacto ambiental y social que, en muchos casos, es superior al aprovechamiento de la misma. En otras palabras, parece que te has llevado una ganga pero, por todos lados, te sale a deber.

Un estudio realizado por American Apparel y Footwear Associations determinó que, tan solo en Estados Unidos, un consumidor promedio adquiere aproximadamente ocho pares de zapatos y 68 prendas de ropa cada año, con un tiempo de vida máximo de tres meses.

"Un consumidor promedio en EEUU compra cada año, 8 pares de zapatos y 68 prendas con un tiempo de vida de 3 meses"

Empiezo la segunda parte del cambio de armario con todos estos datos en la cabeza.

Repoblando el armario

Reforzando mi tesis, me doy cuenta de que, a duras penas, tengo dos o tres prendas procedentes del otoño y la primavera pasada que desempolvar. Me sorprendo a pesar de que, en realidad, es un resultado consecuente con la política que siguen las tiendas en las que compro siempre: producir rápido para trasladar a la calle las últimas tendencias de la pasarela y hacerte sentir que tienes que renovar tu repertorio constantemente. Al final, si haces cálculos, no has acabado gastando una suma mucho menos que en ropa cara. La única diferencia es que el número de prendas es más elevado.

Salgo de compras.

Como por inercia, me dirigo a las tiendas de siempre. Tengo la misma sensación que cuando salgo a hacer la compra semanal y me dirigo automáticamente al súper habitual. ¿Dónde podría ir si no?

Incluso el ambiente dentro de la tienda es igual de agobiante que el supermercado. Dependientas doblando pantalones como si repusieran botellas de agua, pilas de productos idénticos, largas colas para pagar y cierto ambiente postapocalíptico en el que la gente pareciera estar haciendo acopio de provisiones con ansiedad

"Salgo de comprar y me dirijo por inercia a las mismas tiendas de siempre como quien va al supermercado a hacer la compra"

Escojo algunas prendas fijándome, previamente, en la etiqueta. No mentiré, no busco el lugar en el que se han fabricado, sino el material. Varios de los vestidos y camisas que me gustan están hechos de una tela viscosa que encoge drásticamente al lavarla y que hay que planchar a conciencia para conseguir que vuelva a su estado original. Son el máximo exponente del lema comprar, usar, tirar y comprar otra vez. Obviamente, su precio es muy atractivo pero, en comparación con el trabajo que da la prenda si pretendes ponertela más de una vez, no merece la pena.

Me pruebo algunas. Evidentemente, no me quedan igual que a la modelo del catálogo. Pero no solo porque no tengamos el mismo cuerpo sino porque, durante la sesión de fotos, la modelo lleva pinzas que le ajustan la ropa al milímetro y hace que las costuras queden exáctamente donde tienen que quedar.

Hablando de costuras, algunas están mal cosidas. Aunque, da igual, incluso la ropa que está en perfecto estado empieza a darme bajón porque sé que ese es su momento álgido que, en el momento que salga de la tienda en una bolsa, se devaluará más rápido que un coche fuera del concesionario. A partir de la primera lavada, ya no parece la misma prenda y empieza quedar cada vez peor.

"Nos venden y compramos bajo el lema comprar, usar, tirar y comprar otra vez"

Salgo de la tienda y me dirijo a un establecimiento con buena fama por sus calidad y políticas antiexplotación. Me he dado muchas vueltas por sus estantes sin comprar nunca nada por considerar que, por el mismo precio por el que allí adquiriría una prenda, en otra podría comprar tres. Las mismas tres que ahora mismo están en la basura.

Le enseño al dependiente mis pitillos desteñidos y le digo que busco algo que me pueda durar un par de años. Me mira sorprendido y dice que él nunca ha visto nada así aún con los pantalones de la tienda. Me aconseja sobre algunos modelos y acabo llevándome un par que me cuesta algo menos de 90 euros.

Imagino lo que me diría mi madre, o yo misma hace unas semanas: ¡qué caro! Porque nos hemos acostumbrado a pensar que la ropa es un trozo de tela frívolo sin ningún valor más allá que el de cubrirnos. Ahora sin embargo, ha empezado a pasarme lo contrario. Encuentro unos pantalones que me gustan, miro la etiqueta, veo 26 euros y pienso: "¡Qué caro!".

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