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Rolezinho: la revolución divertida a la manera brasileña que combate el capitalismo

Se pone de moda en Rio de Janeiro el cierre de centros comerciales con tácticas propias del situacionismo, a partir de un flashmob bien orquestado, música y baile

Hasta hoy, el concepto ‘flashmob’ se identificaba con la reunión simplemente lúdica de un grupo de personas que aprovechaban un espacio público para causar perplejidad entre los transeúntes distraídos, que sin previo aviso se encontraban con un centenar de humanos haciendo la estatua, caminando a cuatro patas como perros, portando globos con la cara de El Fary o bailando una canción de Fatboy Slim, como en el mítico vídeo de Spike Jonze que ganó tantos premios. Pero más allá del shock inicial y la mera diversión, a pesar de las connotaciones situacionistas que algunos teóricos le han querido dar, al ‘flashmob’ aún no se le había encontrado un uso reivindicativo adecuado a los tiempos, y que fuera mejor que el tipo de reunión que hasta ahora conocemos: la manifestación pacífica o la manifestación violenta estilo Burgos.

En esto, que llegó el llamado ‘rolezinho’, que es el flashmob activista a la manera brasileña. Se trata de una práctica que en las últimas semanas ha ido cobrando fuerza y que está siendo utilizada por jóvenes de las favelas -por tanto, clase baja, la mayoría de etnia negra o mixta- para llevar a cabo acciones de protesta y sabotaje. Por ahora los rolezinhos la han tomado con los grandes centros comerciales de Rio de Janeiro, donde se reúnen para ver películas, comprar ropa y comer helado diversos estratos de la clase alta carioca, generalmente blanca y pudiente. Lo que hacen los rolezinhos es entrar en el centro comercial, invadirlo discreta y silenciosamente, y una vez dentro ejecutar un flashmob festivo, sin ninguna violencia, que sin embargo obliga a paralizar el funcionamiento del lugar. Ponen música, bailan en corrillos, y fuerzan el cierre de las tiendas. En caso de éxito, como ocurrió este fin de semana en Leblon, el centro comercial más grande de Rio, pueden llegar a provocar el cierre completo del complejo comercial durante un día.

Todo esto parece divertido e ingenioso, y seguramente Guy Debord estaría satisfecho de los rolezinhos cariocas, pero a medida que el fenómeno ha ido creciendo -en paralelo al crecimiento de la riqueza en Brasil, desigualmente repartida, que hace que los pobres sean aún más pobres- también se ha ido tiñendo de varios episodios de violencia, como apedreamiento de escaparates. Salvando estas excepciones, lo que dice el movimiento rolezinho es que la revolución, o es divertida, o no será. Hay que estar a favor de algo así.

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